Sensatez y sentimientos (Sense and Sensibility, Reino Unido/Estados Unidos/2026). Dirección: Georgia Oakley. Guion: Diana Reid, Jane Austen. Fotografía: Arnaud Poitier. Edición: Izabella Curry. Elenco: Daisy Edgard-Jones, Esmé Creed-Miles, George MacKay, Caitriona Balfe, Bodhi Rae Beathnach, Fiona Shaw, Herbert Nordrum, Tom Brooke, Stacy Martin, Frank Dillane. Calificación: No disponible. Distribuidora: Universal. Duración: 132 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Nadie mejor que Jane Austen reveló en su tiempo las condiciones económicas que afectan a las mujeres desde la matriz del amor y el matrimonio. Y, de alguna manera, sus adaptaciones al cine también retrataron la idiosincrasia de una época, aún fieles al texto de la escritora de la Inglaterra georgiana. En 1995, Ang Lee y Emma Thompson unieron fuerzas para dar cuerpo a una versión de Sensatez y sentimientos guiada por el apogeo de la comedia romántica, donde el brillo del paisaje y el colorido del vestuario revitalizaron el espíritu rebelde sin traicionar la emoción contenida en el texto original. En este presente, esquivo a ese romanticismo pop y colorido, la austeridad de Jane Austen logró asomar en la reinvención de las hermanas Dashwood bajo un ambiente más ceniciento, un paisaje de texturas ocres y grisáceas, una tensión entre la pasión y el deber que asume sus contradicciones irresueltas sin la euforia de su validación.
Como siempre ocurre en el universo de la autora de Orgullo y prejuicio, una muerte augura una discusión sobre el patrimonio y el futuro. La muerte del patriarca Dashwood deja a su viuda y sus tres hijas sometidas a la caridad arbitraria del legítimo heredero y su esposa, nuevos dueños de Norland Park, en la coqueta Sussex. La convivencia trae revelaciones: Elinor (Daisy Edgar-Jones) resulta la más cerebral y diplomática; Marianne (Esmé Creed-Miles, una gran revelación), portadora de una honestidad descarnada y una pasión arrolladora; Margaret (Bodhi Rae Beathnach), todavía movida por las travesuras de la infancia. La madre (Caitriona Balfe) enfrenta con dignidad los comentarios hirientes de Fanny (Stacy Martin) sobre esa salvaguarda obtenida y, ante la llegada de la señora Jennings (Fiona Shaw), una pariente lejana y algo estruendosa, acepta la mudanza a una nueva casa en la costera Barton. Atrás queda la infancia y los recuerdos familiares, y para Elinor, el coqueteo casto con Edward Ferrars (George MacKay), hermano íntegro de Fanny, atado a los mandatos de la herencia y el prestigio del linaje.
Geogia Oaklay, autora de aquella fábula queer ambientada en pleno thatcherismo que fue Blue Jean, aborda el lugar de la mujer en la época siguiendo las enseñanzas austeras de Austen: silencios, mandatos, resignaciones. Pero en Barton llegará la espera, y los encuentros amorosos derivarán para Marianne en la puesta a prueba de su temperamento y su vocación de heroína -que siempre pareció seducir Austen como gran creación literaria-; y para Elinor, la convicción de un amor que nunca promete los exabruptos de la pasión sino los calmos paisajes del respeto y la confianza.
“¿Qué es el amor, en definitiva?”, quizás se preguntó la autora que llegó a publicar su primera novela de manera anónima en 1811. ¿Es ese arrebato febril y descarado, capaz de sacudir la cortesía de una sociedad atada a esos cimientos desde hace siglos? ¿O es quizás la capacidad del sacrificio y la entrega, una virtud que luego las románticas Brönte revolucionarían en su propia literatura clandestina?
Esta nueva Sensatez y sentimientos es menos una interpretación de la letra de Austen, como entonces la propia Thompson lo hiciera con el desenfado de hacerla propia y al mismo tiempo eterna, sino una meditación sobre su vigencia, su capacidad de tensar esas dicotomías, de afirmar en las vidas concretas y los paisajes materiales, la permanencia de su legado. Así como en un mundo de letras masculinas, Austen reclamó para sí la palabra escrita, las hermanas Dashwood defienden la hermandad en sus discusiones y divergencias, el legado en su forma de prevalecer y el amor mucho más allá (y más acá) del romance.
Por Paula Vázquez PrietoSource: La Nación · Paula Vázquez Prieto
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