La artista Patti Smith, considerada “madre del punk”, ha cantado a capela en un escenario inopinado: la solemne ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias, que ha congregado a las élites de la política, la empresa, la cultura o el periodismo, en el Teatro Campoamor de Oviedo. “Cerca de cumplir ochenta años, creo que el premio es un incentivo para seguir trabajando y evolucionando, para encontrar nuevas formas de ayudar del mejor modo posible a la gente y dar esperanza y estabilidad a las nuevas generaciones”, ha dicho. Y una vez más, ha llamado al poder de la movilización popular contra esta crisis de civilización, tal y como reza su famosa canción People Have The Power, que se ha hartado de interpretar durante la Semana de los Premios. Lo que ha cantado en el escenario fue un fragmento de Wing, un tema de corte místico que llama a elevar el espíritu y alcanzar nuevas dimensiones de libertad.
Como centro de gravedad de la ceremonia, en esta edición 46, los miembros de la Familia Real. Fuera, alrededor de la alfombra azul oscuro que recibe a los invitados, una multitud de curiosos y un desfile de gaiteros —con 860 participantes— por la calle Uría, principal de Oviedo. En la aledaña plaza de la Escandalera, dando un toque de realidad en estos días de excepcionalidad, donde se congrega la manifestación republicana ondeando la tricolor, se levanta también la acampada por la vivienda que se replica en tantas ciudades de España.
Sobrios trajes, coloridos vestidos de gala, uniformes militares repletos de medallas y un par de monjas: entre los invitados ilustres, Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados; Pedro Rollán, presidente del Senado; María Isabel Perelló, presidenta del Tribunal Supremo; Cándido Conde-Pumpido, presidente del Tribunal Constitucional, y tres miembros del Gobierno: los vicepresidentes Carlos Cuerpo y Sara Aagesen, y el ministro Luis Planas. Y llegó la Familia Real, y los gaiteros tocaron el Asturias Patria Querida.
Después de que la princesa Leonor diera el acto por comenzado, y entraran los premiados entre aplausos, Julian Barnes, premio de las Letras, ha sido el primero en tomar la palabra, con exquisito acento culto británico, para reflexionar sobre el progreso en general —de la ciencia, de la tecnología, de la sociedad—, pero muy especialmente sobre el de las artes: “Las artes pueden dar la impresión de progreso, aunque a menudo expresan versiones nuevas de verdades antiguas”. El escritor ha aprovechado para mencionar el Quijote y su carácter posmoderno y autorreferencial, como si todo estuviera ya inventado, como si se diera en la cultura una continua reformulación de lo anterior. “Prefiero pensar que todos estamos sentados a una enorme mesa redonda, quizás en una venta manchega, hablando entre nosotros de nuestro trabajo en el curso de los siglos”, ha dicho, trazando un hilo entre Renoir y Velázquez, entre Voltaire y Shakespeare, entre Flaubert y Cervantes. “Ya no pienso que las artes sean progresivas y que cada evolución mejore la precedente”, ha concluido.
La astronauta Christina Koch, que sobrevoló la Luna y ahora comparecía en las tablas del Campoamor, ha ofrecido uno de los discursos más emocionantes. Recordó su primera visita a España, en 2003, cuando vino a ver a su hermana estudiante, emocionada por su primer trabajo como ingeniera en la NASA. Vio un titular en el periódico: la tripulación del transbordador Columbia había muerto en una explosión en el espacio. La muerte de sus héroes la llevó al llanto. “Diez años después recibí una llamada informándome de que podía formar parte de la tripulación de una nave espacial”, ha dicho.
Y trece años después volvió a llorar; “esta vez estaba a unos cuatrocientos mil kilómetros de distancia y la Luna se hacía cada vez más pequeña a través de la ventana de la cápsula”. Su marido le contaba por videollamada que aquí abajo la humanidad se estaba uniendo para seguir su misión. Se enjugó las lágrimas y se dijo: “Eso es lo que siempre quisimos”. Ha acabado Koch su discurso con un alegato por la unión de la humanidad, que no debería necesitar para ello de una misión espacial: “No esperen a la próxima misión a la Luna para darse cuenta de que sus semejantes son sus compañeros de tripulación. Artemis no tiene por qué ser una anomalía en un mundo que, por lo demás, es ‘una locura’. Elijan el mundo en el que quieren vivir en cada interacción, en cada calle. Elijan vivir sabiendo que la verdadera plenitud está en dar, no en recibir. Confíen, sean agradecidos, muéstrense vulnerables”.
Timothy Garton Ash, premio de Ciencias Sociales, articulista de EL PAÍS, ha querido abordar sus dos grandes temas: Europa y la libertad. Se dirigió la princesa Leonor, nacida en Europa en 2005: nacer en ese año “significaba llegar al mundo en un momento de expansión sin precedentes de la libertad, la paz y la integración europea”, dijo el historiador, que incluyó Gran Bretaña en Europa — “al fin y al cabo”, ha señalado, “la primera princesa de Asturias fue Catalina de Lancaster”—. Desde aquel momento “dorado” se han sucedido las crisis y todo lo conseguido desde 1945, que se daba por sentado, está en riesgo. Tres cosas hacen falta, según Ash, para volver a una Europa en libertad: un esfuerzo en la búsqueda de la verdad (truth), la recuperación de la confianza (trust), especialmente de los jóvenes, y otra palabra con t: el tiquitaca (en un guiño futbolístico, y humorístico, a Leo Messi, premio de los Deportes). “¿Acaso es posible hablar en España, en 2026, y en presencia de Lionel Messi, sin mencionar el fútbol?”, ha dicho el historiador entre las sonrisas cómplices del público. Pero, ¿a qué se refiere con el tiquitaca? “La lección que el fútbol ofrece a Europa es que el éxito requiere tanto del genio individual como de un sofisticado trabajo en equipo”, dijo el analista.
La princesa Leonor, en los compases finales, ha recordado la primera comparecencia de su padre en este teatro, en 1981, a los 13 años. Realizó el elogio de los premiados y reflexionó en clave generacional: quiso mostrarse “sincera, ni ilusa ni apocalíptica, ni cínica ni dramática”, se preguntó cómo los jóvenes pueden mantener el tipo en un mundo que parece abocado a todos los desastres y si tiene sentido todavía venir cada año a los premios Princesa: “Lo tiene”, zanjó, apelando a la esperanza de la que María Zambrano le habló al joven príncipe Felipe en este escenario hace 45 años.
El rey Felipe VI, que ahora se acerca a los 60 años, ha tenido un recuerdo para Leopoldo Alas Clarín, autor de La Regenta, de cuyo fallecimiento se cumplen 125 años y que promovió la construcción de este teatro. El monarca ha alertado sobre los peligros de la inteligencia artificial —y de su evolución futuro, la super inteligencia— y ha abogado por darnos tiempo en mitad de la aceleración tecnológica. Tiempo también para la democracia: “No se agota en las elecciones”, ha dicho, y ha añadido: “La democracia requiere un compromiso diario, cívico y exigente”.
Presentes, pero sin discurso, estaban los otros premiados: Kenichi Yoda, presidente de Studio Ghibli, premio de Comunicación y Humanidades (que recogió el premio con su inseparable peluche de Totoro); Leo Messi, premio de los Deportes; David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer, premio de Investigación Científica y Técnica; y los representantes del Bóveda Global de Semillas de Svalbard, premio de la Cooperación Internacional.
Al final de la ceremonia, los galardonados han bajado del escenario y han salido por el pasillo central, atravesando dos hileras de gaiteros de la Real Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo que interpretaban el pasacalles El Xarreru. Como colofón, la princesa Leonor ha convocado la próxima edición de los Premios Princesa de Asturias.
Source: El País · Sergio C. Fanjul
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