Los años secos (Temas de hoy) sigue la trayectoria de Clara, una joven que vuelve a su pueblo después de romper con su novio. Un viaje que le sirve para desentrañar los posibles motivos de su rechazo al sexo. La comunicadora y periodista Raquel Zas (Viveiro, 1989) encontró la inspiración para esta, su primera novela, en el documental Venus: confesiones desnudas, en el que cien mujeres hablan de sus experiencias sexuales. El desequilibrio entre cantidad y calidad de los encuentros que relataban las entrevistadas encendió la chispa de su creatividad y retomó un manuscrito empezado y abandonado en 2020. La autora ha reflexionado mucho sobre “cuánto de lo que consideramos deseo es propio” y a través de Clara indaga en esa cuestión pero también en las diferencias de clase social, el valor de la amistad o las relaciones familiares. Siempre con un poco de retranca, como buena gallega.

Pregunta. Se ha teorizado mucho sobre el deseo de las mujeres. ¿Por qué sigue habiendo tantos desencuentros en la práctica?

Respuesta. Esta una novela sobre el deseo, pero más sobre la obligación de tenerlo, de demostrarlo. A las mujeres se nos ha dicho durante mucho tiempo que no podíamos desear y ahora parece que tenemos que demostrar constantemente que somos sexualmente libres. Yo no soy ni sexóloga ni psicóloga, es un tema que a mí me se me queda grande, por eso digo que en el libro se plantean muchas preguntas pero yo las respuestas no las tengo.

P. Para entender el rechazo al sexo de Clara, su novio entra en foros de mujeres online en vez de hablar con ella. ¿Escuchamos poco a quienes nos rodean?

R. Yo creo que no nos comunicamos. Pero sobre todo hay una desconexión con nosotros mismos, estamos muy disociados de nuestro cuerpo. Aunque él le preguntase a Clara qué le pasa, ella no tiene ni idea, se cree una mujer defectuosa y creo que representa a muchas mujeres.

P. La protagonista no sufre una agresión sexual violenta, pero sí abusos aparentemente leves desde niña. ¿Cómo afecta esto a su sexualidad?

R. Cuando pensamos en una mujer que tiene problemas con el sexo o lo rechaza, siempre pensamos en un gran trauma sexual. Y yo diría que muchas veces no sucede así, simplemente son pequeñas anécdotas de la vida cotidiana desde que somos niñas hasta el presente a las que ni siquiera damos importancia pero quedan en nuestro subconsciente.

P. La psicóloga le dice a Clara muchas cosas que le habían dicho sus amigos antes...

R. Yo estoy muy a favor de la terapia, pero creo que nos estamos volviendo demasiado conscientes de nosotros mismos, a veces el autoconocimiento no es tan bueno. Nos encanta un síndrome, yo esto lo hablo mucho con mi psicólogo: intentamos justificar a veces las cosas que hacemos mal, tapamos un poco la autocrítica. La terapia es muy valiosa, pero el lenguaje terapéutico puede convertirse en una nueva forma de vigilancia. Todos tenemos que estar supertrabajados, superintegrados y sanados y en ocasiones convertimos un problema social en un defecto individual. Pero siempre viene mejor la opinión de alguien que no te conoce porque la de la gente que nos quiere está un poco intoxicada.

P. Se dice que “pueblo pequeño, infierno grande”, pero para Clara el suyo es un lugar seguro. ¿Tiene suerte?

R. Es un privilegio tener un sitio al que volver. Pero no quería romantizar el pueblo ni convertirlo en un lugar de sanación porque creo que ahora en la literatura y el cine se tiende mucho a eso. Es un lugar donde todo el mundo sabe tu biografía y al final vuelves a enfrentarte a esa imagen que se tiene de ti de la que no puedes escapar. Por eso digo que el pueblo sostiene, pero también asfixia.

P. En la familia no hay comunicación verbal, se demuestran amor con gestos. ¿Son tan válidos como las palabras?

R. Totalmente. Para mí el cocinarle a alguien es el lenguaje de amor más primigenio y esto lo utiliza mucho su madre. No quería retratar a esa generación de padres como analfabetos emocionales para nada, pero sí que es verdad que tuvieron menos educación emocional. Y creo que a mi generación le pasa al revés: tenemos nombres para todo, pero eso no nos está ayudando demasiado porque no nos está yendo muy bien.

P. En el libro hay una crítica patente a la diferencia de clases.

R. No quería convertir la clase en una tesis porque a veces en el cine o en la literatura hay personajes un poco forzados para transmitir las ideas políticas del autor. Me interesaba que se viese en la vivienda, en los trabajos, en la dependencia familiar, quién cuida a quién, en la relación con el dinero. Y he intentado transmitir que la clase social decide cuánto tiempo puedes permitirte el no saber qué hacer con tu vida.

P. Clara piensa que una amiga de verdad es aquella que puede caerle mal pero sigue siendo su amiga. ¿Piensa como ella?

R. Si hay alguna historia de amor en esta novela, que creo que no la hay, sería totalmente la que tiene con sus amigas. No es impoluta, idealizada, todo lo contrario. De hecho, son un poquito miserables pero las quería hacer así porque al final todos somos contradictorios, un poco egoístas y egocéntricos. He reflexionado muchísimo sobre las relaciones de amistad, muchísimo más que sobre las relaciones amorosas, y creo que la clave es que te quieran con tus defectos y con tus virtudes. 

Source: El País · Carmen López

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