Creo que no seré el único cuya segunda reacción tras el choque de trenes en Urda, después de sentir una gran tristeza, fue preocuparse por la que se iba a liar después (y encima en campaña electoral, pensabas inmediatamente), por el estruendo que seguiría a los primeros momentos de silencio. Momentos en los que solo se puede callar, pues sabes que cualquier palabra se queda pequeña, es inconveniente, está fuera de lugar. Y efectivamente, es lo que empezó a pasar. Es significativo que hayamos interiorizado como reflejo de autoprotección, de resignación, el temor a la apoteosis de declaraciones, insultos, recriminaciones, conspiraciones que enseguida se adueñan de la conversación pública, y hacen que una comunidad devastada por el dolor a primera hora de la mañana se vea arrojada ya a media tarde en un griterío insoportable. Que no deja llevar ese dolor de forma humana y que enseguida se vuelve otra cosa.
Esa comunidad somos nosotros, los que vivimos en este país, usted, yo, nuestros familiares, nuestros amigos, los vecinos y todos los demás a los que la tragedia alcanza de igual manera. Porque viviéndola desde el extranjero, oyes comentarlo en el supermercado y la gente dice: pobres españoles. De lejos se ve como lo que es, una herida común. Ese dolor compartido, que no es que unos sientan menos por ser de este partido o del otro, debería ser algo muy presente antes de que nadie abriera la boca y lo estropeara. En toda familia cuando sucede una desgracia se aparcan las viejas disputas, los rencores, y viene de forma noble y natural ver en el otro simplemente a otro ser humano. Pero vivimos en un país donde tenemos un especial talento para despedazarnos mutuamente, una habilidad multiplicada por las redes sociales, que en días como estos es mejor no mirar. De verdad, lo mejor es leer, escuchar o ver dos o tres medios de cada palo, dejarlo reposar y esperar. La muerte no da muchas explicaciones, esas nos las tenemos que dar nosotros, pero no suele ser fácil. Qué diferencia escuchar a quienes estaban allí, hablando desde la dura realidad con una pátina de respeto sobrenatural. Más allá de los expertos, y sobre todo de los que no tienen ni idea, nos haría bien a todos escuchar al farmacéutico de Urda, uno de los primeros en llegar al lugar del accidente, entrevistado en varios medios. Se llama Antonio García y quizá no podía llamarse de otra manera ese señor normal con el que cualquiera se puede cruzar y deja la sensación de que el mundo al final no ha salido tan mal, que hay una educación antigua que es una garantía de humanidad, el imperio del sentido común y del deber. No me lo imagino tuiteando nada, y me parecerá bien cualquier cosa que vote. Este hombre se expresaba en un castellano casi literario en su llaneza y contaba lo que vio nada más llegar, y cómo le impresionó un hombre que le pidió avisar a su mujer, Maite, para decirle que la quería y que cuidara de los niños. Allí lo dejó a punto de morir, “lo único que tenía era la conciencia, el cuerpo estaba destrozado”. Luego, en Antena 3 hubo un momento milagroso: ese hombre le llamó por teléfono para decirle que estaba bien. El farmacéutico solo dijo dos palabras, lo que le salió del corazón: “¿Has vivido? ¿Has vivido?”. Descubrió que se llamaba Mario. Antonio y Mario, dos españoles que no se conocían, unidos por una tragedia, contentos de estar vivos. Los que seguimos vivos les debemos a los muertos la verdad y la memoria, y hacer lo necesario para que este desastre no se repita, pero también preservar la preciosa e irrepetible vida común que tenemos entre todos. Si es que alguien recuerda a estas alturas cómo se hace eso. Solo los desalmados y cuatro imbéciles quieren caña en un momento así.
Source: El País · Íñigo Domínguez
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