A Paloma le dijeron que su hija, con altas capacidades, era neurodivergente. Poco después le sugirieron que su hijo, con hipersensibilidad emocional, quizá entrara también en esa categoría, que a Paloma le sonó sugestiva y misteriosa, con un toque exclusivo, como de mente fuera del rebaño. En ambos casos se lo comunicaron en el colegio donde lleva a sus retoños, durante sendas reuniones con el equipo de psicopedagogía. Paloma se lo comentó entonces a su psicóloga, quien aportó una nueva evaluación: con dos niños así, lo más probable era que la madre fuese, asimismo, neurodivergente.

La etiqueta no solo corre como la pólvora entre profesionales. Con 20 años, Elvira es una brillante universitaria. Saca excelentes notas y discurre con una agilidad de vértigo. Hace años le hicieron un diagnóstico por TDAH. Ningún experto ha insinuado aún que sea neurodivergente, aunque ella se pregunta si encaja en esta denominación. Cuenta que así se llaman a sí mismos muchos de sus amigos. Porque se lo ha dicho algún especialista o porque, tras ver un par de entradas sobre el tema en redes sociales, han decidido subirse al carro motu propio. “Es una palabra que utilizamos con frecuencia”, confirma.

A medio camino entre el eufemismo anti-estigma y la lucha de minorías, lo neurodivergente está de moda. Arrasa en internet y en las librerías. Protagoniza decenas de eventos y mil conversaciones sobre lo heterogéneo de la mente humana. Ya es moneda corriente, otra tendencia sociolingüística al alza en psicología, otro neologismo que ha llegado para quedarse, sobre todo entre las nuevas generaciones. Y su empuje se va colando en las políticas de inclusión de empresas e instituciones. Mientras se hincha la burbuja, el fenómeno ha provocado unas cuantas polémicas con una pregunta de fondo. ¿Ayuda o perjudica a individuos con un cerebro fuera de lo común?

La idea nació en Estados Unidos —como tantas otras con frágil base científica y fuerte tirón popular— y se ha ido propagando a ritmo viral en el resto del mundo. Como concepto, fue acuñado un poco al alimón por dos mujeres autistas: Judy Singer, quien empezó a hablar de neurodiversidad a finales de los noventa, y Kassiane Asasumasu, que a principios de siglo dio con el término neurodivergente.

Este parto a dos bandas ha producido confusión, ya que, en teoría, Singer y Asasumasu hablaban de cosas distintas. La primera constató una obviedad: cada cerebro es único. En nuestros sistemas neurológicos, no hay dos casos idénticos. Singer añadió que era hora de dejar de considerar nuestras diferencias desde una óptica médica. Por su parte, Asasumasu afinó esa evidencia: en la diversidad, hay gente que no es neurotípica, es decir, que se sale de la media en cuanto a procesos cognitivos. Son los neurodivergentes. Resumiendo, todos somos neurodiversos, pero solo algunos neurodivergentes.

En la actualidad, ambas nociones se entremezclan y solapan. Se supone que el movimiento de la neurodiversidad (así se denomina a la faceta activista del asunto) defiende a las personas neurodivergentes, una aparente contradicción que ha contribuido a liar más un ámbito de por sí bastante escurridizo. Vago en su definición, plagado de demandas que en ocasiones chocan entre sí, con la ciencia y la ideología en un permanente tira y afloja.

Brumas léxicas aparte, Singer y Asasumasu sí compartían un objetivo: despatologizar el autismo. En origen, tanto la neurodiversidad como la neurodivergencia surgieron para referirse de otro modo (y con otras connotaciones) a la gente con trastorno del espectro autista (TEA). Básicamente, sin el trastorno en la ecuación. “El mensaje era claro: no queremos cura, sino derechos e integración; no tenemos una patología, sino una condición atípica en el neurodesarrollo”, explica Francisco Ortega, de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados, quien ha seguido al movimiento desde sus inicios, cuando era coto privado de las personas autistas. Con el tiempo, añade Ortega, “se ha ido extendiendo enormemente, en parte porque los autistas, que suelen tener dificultades de sociabilidad, son muy activos en internet, donde se sienten cómodos”. Su mensaje fue calando en otras comunidades que compraron la premisa básica: donde antes había enfermedad, ahora hay mera diferencia.

En la actualidad, nadie sabe exactamente dónde se sitúan los límites de la divergencia en cuestiones neurológicas. Ni qué significa (e implica) tal idea. Muchas clasificaciones incluyen, además del TEA, el TDAH, el síndrome de Tourette y la dislexia. Otras, como la de la Cleveland Clinic, tiran de manga ancha y amplían el paraguas hasta el síndrome de Down, el TOC, el trastorno bipolar o la ansiedad social. En los listados aparecen dolencias de raíz genética y otras más sujetas a las circunstancias. Se juntan la discapacidad intelectual y el diagnóstico psiquiátrico. Conviven la enfermedad (o lo que el consenso científico dice que lo es) y lo simplemente variopinto.

Orgullo neuro

En esta difusa amalgama, la investigadora británica Nancy Doyle pone orden reservando la etiqueta en un tercio de la población, según sus datos. Matiza que el término se refiere ante todo a perfiles spiky (algo así como picudos o con altibajos): personas que destacan en ciertas habilidades y presentan dificultades en otras. Son, aclara Doyle, aproximadamente la mitad del conjunto de personas neurodivergentes. El ejemplo paradigmático sería el autista con elevado cociente intelectual, el Sheldon Cooper de The Big Bang Theory. Doyle admite que “hoy parece que todo el mundo es neurodivergente” y que esa barra libre, sumada al “elemento identitario, podría desvirtuar el movimiento”. Sin fronteras nítidas ni requisitos diagnósticos, nada impide que alguien se autoperciba como neurodivergente. Aunque a todas luces tenga un cerebro de lo más corriente.

La tensión entre lo identitario —ya hay Día del Orgullo neuro, el 16 de junio— y lo patológico (o no) ha generado la principal controversia en torno a la neurodiversidad. De un lado, los militantes más radicales del movimiento, la mayoría personas con TEA altamente funcionales. Del otro, las familias con hijos autistas en el escalón más discapacitante del espectro. “Hay padres que reprochan a esos activistas que, mientras ellos van a la universidad, sus hijos no hablan, se dan golpes en la pared o tienen incontinencia urinaria”, apunta Ortega. En estos casos, indica, más que el orgullo, les preocupa encontrar tratamientos.

Alfonso Troisi, que el pasado 2025 publicó un artículo científico sobre el debate enfermedad vs divergencia, va más allá al advertir de una cierta glamurización rodeando al concepto. “Hay algo guay en considerarse neurodivergente, como si uno fuera especial, distinto de la mayoría. Nadie quiere ser esquizofrénico, pero bipolar quizá no suene tan mal. ¡Van Gogh era bipolar!”. Tanto Troisi como Ortega han conocido casos de personas que, sin ningún indicio de TEA o síndrome de Tourette, se empeñaban en adjudicarse tales diagnósticos.

Con lo heterodoxo por bandera, batallando el estigma de lo patológico, hay quien alerta de que la lucha por normalizar la neurodiversidad podría, paradójicamente, socavar derechos entre algunos colectivos. Ortega cuenta que el propio Steve Silberman —autor de referencia tras la publicación de su obra Neurotribes (Una tribu propia, en su edición en español)— señaló que, “si los autistas salían del ámbito de la discapacidad, perderían protección”. Troisi, por su parte, traza un paralelismo con el llamado movimiento sordo. “En EEUU hay gente que aboga por que la sordera, para la que existen tratamientos muy eficaces en algunos casos, deje de considerarse una enfermedad y pase a ser el rasgo que une a una minoría cultural”.

Para Doyle, estas polémicas —nutridas casi siempre en la polarización digital— nos alejan de la senda principal del movimiento: hacer la vida un poco más fácil a la gente que no tiene una mente estándar. Se trata de lograr que ciertas anomalías cognitivas dejen de suponer un problema “por culpa de sistemas educativos rígidos, entornos de trabajo inflexibles y lugares públicos abrumadores”. Doyle anima a repensar “algunas de las normas que hemos diseñado sobre cómo estudiamos, trabajamos y vivimos” para que “esas divergencias sean menos discapacitantes”.

Esta investigadora subraya que su país, el Reino Unido, se ha situado a la vanguardia en la creación de espacios neuroinclusivos. Por ejemplo, salas de descompresión (con estímulos visuales y auditivos de baja intensidad) en las empresas. O sesiones de cine y teatro autistic friendly en las que no está mal visto que la gente se mueva o haga ruido. “Necesitamos más estudios sobre qué tipo de intervenciones resultan más beneficiosas”, subraya.

Según Alfonso Troisi, estos cambios en el ambiente, por fuerza limitados, deberían acompañarse de una reflexión sobre qué estimamos o no aceptable. Un juicio que es “siempre un constructo en el que influyen valores éticos y culturales”. Con frecuencia, argumenta, el reto de la integración no tiene tanto que ver con lo neurológico en sí, sino con ciertas conductas que tildamos de raras, extravagantes o incluso censurables. “La sociedad”, resume Troisi, “puede ser muy represiva si haces algo que a la mayoría no le gusta”.

Source: El País · Rodrigo Santodomingo

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