El fin de la odisea de Machado es una buena noticia, porque promete un reseteo de la política en Venezuela y puede recargar de energía y dinamismo un proceso de transición centrado alrededor de una mesa de negociación que padece tres graves problemas: no representa el sentimiento popular, está micromanejada desde Washington por Marco Rubio y ha ralentizado el cambio de régimen mediante un proceso opaco y burocrático. Pero ni ella ni nadie debe engañarse: del mismo modo que haber regresado a Ítaca no significó el fin de la misión de Ulises, el regreso a Venezuela tampoco implica el fin de la misión de Machado. Se trata, acaso, del principio de una nueva etapa en la que tendrá que hilar más fino de lo que lo ha venido haciendo desde el 3 de enero, cuando, tras la extracción de Maduro, una jugarreta de Trump la dejó fuera de la transición democrática del país que Machado se preparaba para comandar como protagonista.
Hay muchas imágenes que ya forman parte del archivo visual de María Corina Machado, pero las que muestran su expresión de intensa alegría mientras abraza a sus seguidores a su regreso a Venezuela, después de más de diez meses de andanzas y tribulaciones por el mundo, representan un nuevo hito en su épica personal y política. Escogió además el escenario con un agudo sentido del tiempo y el lugar: una misa de domingo en la iglesia de Santa Rosa, en Barquisimeto, hogar de la Virgen de la Divina Pastora, una de las advocaciones marianas de mayor raigambre popular en Venezuela. Machado fue hasta allí para agradecer haber vuelto a casa sana y salva.
La Divina Pastora es un poderoso símbolo nacional que trasciende lo estrictamente religioso: representa la protección, la guía espiritual, la unidad colectiva y el cuidado maternal. La líder opositora la ha utilizado hábilmente a lo largo de los últimos años para presentarse como la madre universal de los venezolanos dentro y fuera del país. Con esta elección, aviva y amplifica su conexión con el imaginario mágico-religioso que atraviesa la sociedad venezolana. El mensaje es claro: la esperanza está vivita y coleando, y ella es quien puede hacerla realidad. Pero para lograrlo debe convertir la esperanza en acción y poder.
Es fácil hoy ser escéptico sobre el margen de maniobra del que dispondrá la premio Nobel para concretar el fin de la dictadura chavista, y pensar que su regreso ha sido producto de la concertación entre el gobierno de los hermanos Rodríguez, el Departamento de Estado, la Casa Blanca y el sector opositor representado por Dinorah Figuera. Sería comprensible, ya que se trata de los factores que han limitado su actuación política en estos meses. En un posteo en X, el secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, trató de incluirse en el relato del regreso, afirmando que era el resultado directo de las conversaciones de reconciliación que Washington respalda. Personas del círculo de Machado ofrecen una versión mucho más matizada: “Se vencieron los obstáculos logísticos y políticos”. Estados Unidos cambió de posición frente a los intentos anteriores y esta vez no puso trabas. Pero Machado no habría negociado ni con el sector de Figuera ni con el gobierno chavista. Su regreso tuvo diversos aliados, pero lo principal fue María Corina y su equipo.
Incluso si su propósito es acelerar la transición, es previsible que Machado busque adaptarse hasta cierto punto a un nuevo escenario político marcado por la impronta del tutelaje estadounidense, por las enormes promesas económicas, pero también por el evidente colapso de la infraestructura y la situación de sobrevivencia crítica que viven millones de venezolanos con un régimen represivo aún en el poder. Sigue caminando sobre el filo de una navaja con Trump y evitará desafiarlo de manera abierta. Aunque se diga que llega a retar a los Rodríguez en su terreno, es probable que lo haga de manera estratégica, evitando alienar a Estados Unidos, su paradójico valedor.
Su objetivo inmediato es convertirse en el eje de una plataforma política y social que organice la transición y le permita seguir siendo la vocera de las mayorías. Carlos Blanco esboza de manera compacta los cuatro objetivos de corto y mediano plazo de Machado tras su regreso: “1. Movilizar al país para revivir la esperanza y traer el futuro más cerca. 2. Crear una organización popular que reúna a partidos, sindicatos y organizaciones de la sociedad civil. 3. Promover una amplia alianza de factores políticos opositores y fuerzas democráticas. 4. Forjar un gran acuerdo nacional para salir de la crisis política a través de un camino organizado”. Con ese acuerdo, Machado espera que haya elecciones presidenciales en el primer semestre de 2027. A mediano plazo, busca llevar adelante la reconstrucción del país.
Para ello cuenta con activos considerables: un apoyo popular hasta ahora prácticamente irreductible (52% de intención de voto y 61% de valoración personal positiva), una estructura nacional que en el pasado facilitó la movilización de millones de personas y un alto perfil internacional gracias al Nobel y al intercambio constante con líderes políticos y capitanes de industria. ¿Usará ese capital para una realineación hacia posiciones más pragmáticas y menos maximalistas?
De modo que es bastante posible que el regreso de Machado catalice el cambio y acelere el reloj de la transición. Sin embargo, sería ingenuo pensar que esto ocurrirá sin activar una inmensa resistencia del gobierno chavista, de distintos factores políticos del antiguo oficialismo y de la oposición, y de los camaleones económicos de siempre, que han vivido de la renta venezolana sin importar quién esté en el gobierno.
Machado tendrá que buscar la salida menos traumática del chavismo sin sacrificar la sed de justicia de la mayoría. Y no olvidar la frase atribuida a Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano y Autócrata Civilizador: “Venezuela es como un cuero seco: lo pisan por un lado y se levanta por el otro”.
Source: El País · Boris Muñoz
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