El salón del joven interiorista Remy Renzullo fotografiado por Ryan Lowry para ICON Design en 2020.Ryan Lowry

Todo vuelve: hay muebles que se cobran su particular venganza después de años condenados al ostracismo, y la del sofá de flores empieza a parecer digna del conde de Montecristo. Su sentencia de repudio la podríamos fechar hace ahora exactamente treinta años, cuando el gigante Ikea se presentó al mercado británico con un anuncio en el que, bajo el lema “¡Tirad el chintz!” (esa tela con estampada tan ligada al gusto inglés), se exhortaba al público a deshacerse de sus “muebles de la abuela”. Coreando ese grito de guerra, las mujeres del spot empezaba a despojarse de las antiguallas de sus casas; entre ellas, un florido sofá que luego, después de que estas furias del estilo escandinavo lo arrojasen a un contenedor, quedaba reemplazado por uno liso y austero en rosa apagado.

Allí quedó olvidado los años siguientes —junto a otros desfases como los tapetes de ganchillo—, pero la venganza se sirve fría. En los últimos tiempos, este tipo de sofá ha ido infiltrándose de nuevo en el hogar, primero con subterfugios (los cojines de flores que la madre de este redactor fue colocando poco a poco sobre su sofá blanquísimo, por ejemplo) y amenazando luego con apoderarse totalmente del salón.

“Sí”, confirma por teléfono el interiorista Lorenzo Castillo. “Aquel minimalismo de los noventa y los dosmiles fue una reacción a todo ese recargamiento de épocas anteriores, aunque tampoco creo que Lee Radziwill tirara los sofás de flores de su piso de Manhattan. Lo que estamos viviendo hoy no es solo el renacimiento del sofá con estampado floral sino en general la recuperación de un estilo decorativo mucho más rico. Ten en cuenta que, después de tantos años, lo minimalista se ha convertido en un estilo decorativo tan clásico como cualquier otro”.

Lo están notando en sus pedidos tapicerías de toda la vida como la centenaria Celanova de Madrid, cuyo gerente, David Anguita, confirma que la demanda ha crecido: “Y no solo nos traen sofás antiguos, sino modelos contemporáneos de firmas como Vitra que nos están pidiendo tapizar con telas de flores clásicas como las de la firma inglesa Morris & Co”, dice a ICON Design.

En Instagram es cada vez más habitual cruzarse con iconos del diseño del siglo XX como el sofá Togo, de Michel Ducaroy, vestidos de flores, así como con jóvenes talentos como Remy Renzullo, Jamie Sharp o Max Hurd que han abanderado la renovación del English country style y están empleando el sofá de flores en sus proyectos. “Siento que, a medida que el mundo gira más y más rápido y nos acostumbramos a avances tecnológicos que superan nuestra propia imaginación, nuestra alma pide a gritos algo familiar”, opina Hurd. “El maravilloso mobiliario de estilo chintz nos remonta a momentos cálidos y acogedores casi siempre ligados a la familia, lo cual resulta profundamente tranquilizador”. En un reciente reel, la artista y creadora de contenido Violet Clair exponía el dilema de que, tras años tachándolo de “cringe” —argot contemporáneo para vergüenza ajena—, la vuelta de estos sofás haya pillado a la industria sin stock: ahora, o encuentras uno regalado en Wallapop (pero por lo general bastante feo) o te toca gastarte una fortuna, porque los de más calidad solo existen en el mercado vintage de lujo o hechos a medida, protestaba.

“Llevamos años sumidos en una estética monocromática y absurdamente aburrida, así que la gente ha empezado a preguntarse: ¿y si me arriesgo?”, expone desde su estudio de Madrid el interiorista Jean Porsche. “Yo lo veo como el giro de guion en una película: un mueble que pasaba desapercibido asume de pronto el papel principal en el salón gracias a un simple tapizado de flores”.

Como ocurre en la moda, a los sofás de flores se les puede sacar lecturas en clave sociológica y ver reflejados en sus altibajos los anhelos de cada época. Un momento de particular esplendor se vivió en la Inglaterra de finales del siglo XIX al amparo del movimiento Arts & Crafts. En plena Revolución Industrial, surgió la urgencia de devolver la frescura del campo al interior de las casas, una necesidad que encontró en los muebles y textiles estampados su mejor refugio y de la que teorizó ampliamente William Morris, padre del movimiento y responsable de sembrar de motivos botánicos los salones victorianos. En su célebre conferencia Some Hints on Pattern-Designing (1881), el maestro defendió que la ornamentación vegetal no debía entenderse como un lujo vacuo sino como una necesidad humana de contrarrestar el aislamiento urbano. Sin embargo, no valía cualquier flor. Morris rechazaba la imitación hiperrealista y, abogando por una naturaleza sugerida mediante la abstracción y la geometría, advirtió que un diseño puramente imitativo de la flor terminaría por agotar el ojo: “El cansancio se apoderará de ti y suspirarás por una pared blanqueada con cal”, dijo. Toda una profecía del minimalismo que propuso combatir con patrones botánicos estilizados: hojas de sauce o madreselvas estampadas minuciosamente a mano con matrices de madera como los que aún pueden admirarse en Kelmscott Manor, su antigua casa en Oxfordshire.

Entrado ya el siglo XX, el rechazo a los ornamentos propia del movimiento moderno hizo que muchos vieran en el sofá de flores poco menos que un anatema: “Lo único que sabe Dorothy Draper es que Dios creó algunas flores”, soltó Frank Lloyd Wright en un discurso al coincidir en una gala de premios con la decoradora, madre del opulento estilo Hollywood Regency. Aunque sería injusto reducir los interiores de esa corriente del diseño a una sucesión de espacios blancos y grises amueblados con piezas tubulares y diseños de Florence Knoll. Si algunos lo arrinconaron como un capricho tonto, el sofá de flores encontró también dentro de la vanguardia su propia forma de resistencia como una réplica serena pero firme al funcionalismo austero de maestros como Mies van der Rohe.

Pocos casos lo ilustran mejor que el de Josef Frank, un pionero que, sin renunciar a su condición de diseñador moderno, se rebeló contra el exceso de austeridad abrazando un estallido botánico lleno de vida. Sus estampados repletos de frutas fantásticas y flores vibrantes, que la firma sueca Svenskt Tenn continúa produciendo para vestir diseños del propio Frank como el célebre sofá Liljevalchs, demostraron que la modernidad también podía ser cálida y profundamente libre. “Frente a la rigidez de la época, Frank apostó por lo que él llamaba el accidentismo, una filosofía donde el hogar se siente espontáneo y vivo sin esa sensación de estar milimétricamente planificado”, explica Tora Grape, directora de marketing de Svenskt Tenn. “Lejos de saturar la vista, él defendía que estampados de flores como los suyos nos aportan calma porque dan al ojo un lugar donde descansar. En la actualidad, asistimos a un claro renacer de los espacios coloridos: en tiempos de incertidumbre, buscamos refugio y optimismo, y el sofá de flores se ha convertido en una pieza clave para devolver esa alegría de vivir al salón”.

Esta búsqueda de calidez y esperanza se notó con especial fuerza tras la Segunda Guerra Mundial, cuando además el sofá llegó a su punto álgido empujado por un cambio clave en las casas: la llegada de la televisión. Al convertirse la pantalla en el nuevo centro de gravedad de la vida doméstica, este mueble en particular tuvo que ganar en dimensiones y confort para albergar a toda la familia, y a la hora de vestir semejante altar las revistas de la época dejaban poco margen para la duda: la gran referencia de esos años era el refinado estilo de las mansiones británicas que decoradoras e interioristas como Sister Parish, John Fowler y Nancy Lancaster adaptaron para los Astor, los Vanderbilt, los Rockefeller y otras familias de la jet estadounidense a base de elaborados chintz.

El problema quizá fue que, igual que el beige no queda igual en cachemir que en una tela modesta, en su empeño por trasladar ese lujo a las masas, las firmas inundaron los salones de con cretonas asequibles y sucedáneos de peor factura que imitaban torpemente la sutileza de los empleados por aquellos decoradores. Una sobreexposición de estampados de dudosa calidad que acabó cansando y desgastando la idea, aunque el sofá floral aún disfrutaría de un extravagante canto del cisne en los opulentos años ochenta de la mano de Mario Buatta (bautizado no por nada como “El príncipe del chintz”), justo antes de que el diseño a lo Ikea mandase sus sofás al paredón.

Sea o no nuestro destino regresar a esos salones asfixiados por el chintz (“ese extremo aún nos queda un poco lejos”, opina Castillo, “pero creo que al final terminaremos volviendo a eso”), la clave ahora está en cómo integrar estos sofás en el hogar contemporáneo. “No cualquier sofá admite flores, ni cualquier estampado funciona en todas partes. Hay modelos como los de respaldo abatible que jamás deberían tapizarse así”, considera Porsche, quien recomienda aligerar los sofás de flores integrándolos con alfombras lisas y elementos de contraste alrededor. “A mí me chiflan los estampados florales grandes, llenos de color y sin complejos. Firmas como Colefax & Fowler o Bennison son las ideales”, dice Max Hurd. “En cambio, huyo de los dibujos muy pequeños porque dejan el mueble un poco cursi y resabiado. ¿Un truco? Usar la tela que sobre para hacer cojines y repartirlos por otros sofás; así integras el estampado por toda la habitación”. Por su parte, Castillo aconseja “los estampados indios y los motivos chinos y japoneses, mucho menos recargados que la flor naturalista europea”. También ha detectado “un repunte del estilo decorativo de Renzo Mongiardino, con tejidos que reproducen antiguos tapices flamencos y combinan muy bien con paredes en verde, burdeos o terracota”.

Para los admiradores de los sofás de flores, era solo cuestión de seguir ese consejo que da el conde de Montecristo al final del libro: “¡Confiar y esperar!”.

Source: El País · Diego Parrado

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