Aquiles es un toro que pace casi todos los días en un prado de la meseta etíope. Allí su rebaño se encuentra con otro, formado por ganado vacuno y algún que otro équido. Entre ellos hay uno que es especial para él. Se llama Patroclo y es un burro. Todos los días que coinciden, Aquiles se acerca a Patroclo. Ambos pasan casi todo el tiempo juntos. El toro le acaricia el lomo, lametea el hocico a modo de besos, olisquea su trasero y acaba montándolo. El burro no rechaza al toro. De hecho, tras la cópula, intercambian gestos que solo pueden ser considerados como afectivos. El grupo de biólogos que ha estudiado a la pareja reconoce su desconcierto. Las teorías sobre la función evolutiva de la homosexualidad en el mundo animal no encajan en esta historia.

“La observación de Aquiles, un toro, y Patroclo, un burro macho, fue totalmente inesperada”, dice Elisabetta Palagi, etóloga de la Universidad de Pisa (Italia). Palagi dirige un grupo que lleva años siguiendo a las comunidades de geladas, una especie de monos, en la altiplanicie etíope. “Mientras estudiábamos a los geladas, mi equipo vio que Aquiles montaba a Patroclo. Lo que más les llamó la atención fue la reacción del burro: no evitó al toro ni mostró los comportamientos defensivos que habían observado en otros burros”. Los pastores de los dos rebaños ya conocían los encuentros, que se venían produciendo desde mucho antes.

Eso les llevó a tomarse un descanso con los monos e investigar la relación entre el toro y el burro, a los que llamaron, respectivamente, Aquiles y Patroclo. Aunque en la Ilíada Homero no habla de sexo entre ambos personajes de su obra, sí de la profunda amistad entre estos dos hombres. Aquiles lloró desconsolado la muerte de su amigo, queriendo morir, negándose a comer y buscando la venganza durante el asedio griego de Troya. Los resultados de este trabajo los acaban de publicar en la revista científica Current Biology.

Aquiles y Patroclo: amor entre vaca y burro

Durante ocho días, repartidos en dos semanas, los biólogos espiaron a los dos animales. En esa semana y poco, Aquiles montó a Patroclo decenas de veces. Nunca vieron a Patroclo montando a Aquiles. Antes y después de la monta, registraron gran cantidad de contactos afiliativos: “Son interacciones físicas amistosas, como lamer, frotarse contra el otro animal o acariciarse con el hocico”, explica Palagi. Los etólogos, los que estudian el comportamiento animal, usan este término para “describir conductas observables asociadas con la cercanía social”, define la investigadora. A ojos humanos, parecen caricias y actos de amor.

Estos contactos afiliativos iniciaban la monta, pero los retomaban una vez finalizada la cópula. “Sería cautelosa al llamar a estos contactos juegos preliminares: el término sugiere que su función era la de prepararse para el sexo, mientras que nuestras observaciones sugieren que formaban parte de la relación social más amplia de la pareja”, opina la investigadora. El patrón siempre fue el mismo: cada vez que los rebaños coincidían, Aquiles y Patroclo, sobre todo el primero, se buscaban y pasaban mucho más tiempo juntos que separados. Y eso que en sus respectivos rebaños había machos y hembras de sus especies respectivas.

“Durante nuestras observaciones, registramos 51 eventos de monta entre ellos, incluyendo 34 con penetración”, cuenta Palagi. Aquiles no siempre fue fiel. Aunque nunca lo vieron con los toros o las vacas de su rebaño, le pillaron intentando montar a otros burros. Sin embargo, las cosas no le salieron bien. “Los otros burros mostraron conductas de evitación o defensivas, como coces o expresiones faciales amenazantes, mientras que nunca observamos estas respuestas en Patroclo durante sus interacciones de monta”, añade. En uno de esos intentos de Aquiles con otro burro, Patroclo se acercó interrumpiendo el acto. Aquiles desistió y se volvió hacia Patroclo que, como dice la investigadora, “también le ofreció repetidamente sus cuartos traseros”.

Palagi y sus colegas de las universidades de Pisa y Adís Abeba (capital de Etiopía) tuvieron que regresar a su proyecto con los monos, dejando atrás la historia de Aquiles y Patroclo y unas cuantas preguntas sin responder. En el ganado doméstico se han observado montas entre machos en condiciones especiales, como la escasez de hembras o la cercanía entre varios machos. Pero el entorno de este toro y este burro es muy diferente. “Ambos tuvieron acceso a otras parejas potenciales, incluyendo individuos de su misma especie y de ambos sexos. Por lo tanto, lo que distinguió su relación fue su selectividad y consistencia”, recuerda la investigadora italiana. Aquí no valen las explicaciones más simples, como la coerción sexual, la confusión de identidad o el acceso limitado al sexo opuesto.

La homosexualidad animal no es rara. De hecho, su presencia en un sinfín de especies de mamíferos respondería a una explicación relacionada con la evolución diferente de la mera reproducción. Que exista en todos los grupos de primates, por ejemplo, mostraría que viene de antiguo. Pero la historia de Aquiles y Patroclo tampoco encaja aquí. Los autores advierten de que el estudio de un solo caso de sexualidad entre dos machos de especies distintas no puede elevarse a categoría.

“Mi interpretación es que sus interacciones sexuales estaban estrechamente ligadas a un vínculo social selectivo. Ambos animales tenían acceso a otras parejas potenciales, pero buscaban repetidamente la compañía del otro”, opina Palagi. Pero la investigadora es cautelosa cuando se le pregunta por emociones: “El término afecto describe ese patrón de forma comprensible, y no daría por hecho que la capacidad para las relaciones afectivas sea exclusivamente humana”, dice. Sin embargo, añade, “desde un punto de vista científico, debemos distinguir entre lo que observamos y lo que inferimos sobre su experiencia emocional”. Así que completa: “Podemos documentar su preferencia mutua, sus contactos amistosos repetidos y sus interacciones sexuales; sin embargo, no podemos determinar con exactitud lo que sintieron”.

Palagi ahora está en Italia, pero varios de sus alumnos siguen en Etiopía. Allí están en la estación seca, y el prado testigo de los encuentros entre Aquiles y Patroclo está yermo, así que los pastores de sus rebaños buscaron otros pastos. “Mis alumnos están intentando organizar un encuentro entre los pastores para que Aquiles y Patroclo puedan reunirse después de varios meses separados”, cuenta la etóloga. Si lo consiguen, volverán a encender las cámaras. Verán entonces si la historia del toro Aquiles y el burro Patroclo continúa.

Source: El País · Miguel Ángel Criado

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