Un hombre de negro con capucha y otro de blanco. Una estrella del rock y un Papa. Dos figuras mundialmente conocidas y, para algunos, ambas con halo sagrado, aunque por muy distintos motivos y, como todo en cuestión de fe, obviando que el ser humano es errático por definición y que, en este estropeado mundo, lo único sagrado es la muerte, que nos iguala a todos y contra la que no se puede hacer nada. Ayer, se difundieron imágenes en las que se ve al Papa León XIV con Bob Dylan en el Vaticano. Y el impacto, más por el misterioso artista que por el Sumo Pontífice, ha sido inmediato.
Por las redes sociales han surgido comentarios de todo tipo a la indumentaria de Dylan, vestido con sudadera negra y calzada la capucha. De los que le comparan con uno de los agitadores callejeros de Blocus hasta los que ven en él al emperador Palpatine de la conocida saga de la Guerra de las Galaxias. Esto último tiene especial retranca cuando se trataría de una lucha del bien contra el mal, o de la fuerza contra el lado oscuro, dando a entender que Dylan representaría el lado oscuro como Palpatine y el Papa sería una especie de Obi-Wan Kenobi con su aspecto de blanco impoluto.
Para los que creemos que, si hubo algún representante de Dios -de cualquier dios y religión- en la tierra tuvo que ser Elvis Presley, la indumentaria de Dylan, una simple sudadera, no nos asombra tanto como la que lleva el Papa de la Iglesia católica y noveno soberano de la Ciudad del Vaticano. ¿Acaso no es más anacrónica a día de hoy la vestimenta del Sumo Pontífice cristiano que la de ese hombre con unas sencillas pintas de anciano conjuntado con anarquía, esto es, sudadera negra con camisa blanca, corbata de lunares, pantalones oscuros y guantes de cuero? También lleva paraguas, porque, al parecer se había levantado el cielo gris, pero también podría ser usado de bastón ante los evidentes problemas de cadera del músico.
Intentar descifrar la figura de Bob Dylan, tan escurridiza y enigmática y que se inventó su propia biografía a su llegada a Nueva York cuando era un mocoso veinteañero rodeado de músicos y activistas políticos, siempre ha sido un asunto imposible. Sin embargo, a medida que uno se adentra en este personaje que atraviesa la historia cultural del siglo XX como un forajido sin ley, se entiende que el autor de Like a Rolling Stone nunca ha dejado de querer, a su manera, dejar su huella. Se podría incluso pensar que su indumentaria es una forma de llamar la atención de su inquebrantable lucha, tanto artística como personal, por su independencia y libertad individual. Sería un pensamiento que encaja con una actitud que lleva practicando el músico desde hace décadas y que bien sufrieron los miembros del comité del premio Nobel de Literatura, que se llevaron las manos a la cabeza por sus formas y silencios mediáticos al recibir el mayor galardón de las letras universales y convertirse en el primer y único músico con este reconocimiento.
Dylan odia los protocolos y se los salta, esquiva o torea. También los trolea, como también en la ceremonia del premio Nobel que envió a Patti Smith a interpretar una de sus canciones, en uno de los momentos más inteligentes y emotivos que se recuerdan en esos galardones. En esta ocasión, Dylan, de negro como la noche, se podría decir que ha toreado y ha hecho un pase, quizá una verónica, al protocolo eclesiástico, como cuando en 2012 fue a recoger con gafas de sol la medalla de las Artes Escénicas que otorga la Casa Blanca y que le puso en su cuello el presidente Barack Obama. Visto lo visto, una vez más, hacerse un Dylan sería algo así a ir radicalmente a tu bola, incluso también en el Vaticano y la Casa Blanca. Por tanto, aparte de él, ¿cuántos seres tienen ese superpoder en la tierra?
Bob Dylan, que se adentró en el catolicismo de una forma fanática en su día y dejó una serie de discos -ejem, sí, reivindicables-, es él y, luego, si eso, que el mundo siga girando. Toda respuesta a por qué va con esas pintas podría reducirse a que, simplemente, va siempre vestido así. El músico viste con esta indumentaria de sudadera y capucha a la cabeza cuando intenta pasar desapercibido en aquellas ciudades que visita en su gira interminable. Muchos medios de comunicación se hicieron eco de aquella vez que lo detuvieron en Nueva Jersey porque andaba merodeando para conocer la casa de nacimiento de Bruce Springsteen en Freehold y la policía no lo reconoció en ese camuflaje. Aquel incidente, no le hizo cambiar: son habituales sus fotos con sudadera y muchos músicos que se han encontrado con él brevemente en camerinos lo han tratado con el mismo conjunto. En este sentido, los promotores de la gira española de Dylan en marzo de 2018 me contaron que pedía bajarse de su autobús a unas cuantas manzanas del Auditorio Nacional de Madrid y así pasear a solas bajo la capucha por las calles de la ciudad. En la primera de sus tres noches, se puso a andar y se pasó el auditorio. Tiró Príncipe de Vergara calle arriba y hubo que ir a buscarlo ante el desconcierto de su equipo. Allí, en mitad de un cruce, vieron a un hombre encapuchado a punto de adentrarse en un parque.
A sus 85 años, Bob Dylan es hoy el hombre encapuchado. Y también lo es en sus conciertos. Esto es actualmente menos conocido: a diferencia de giras anteriores, el músico no lleva trajes al más puro estilo Hank Williams ni hace gala de su elegancia crooner. En la gira de 2026, que pasa ahora por Italia y acabará en diciembre en Reino Unido, esta capucha llevada al escenario ha llamado la atención de sus fans. Se pone al piano y toca y canta con la capucha. Hay algo llamativo en ello y, más, cuando no parece tener ninguna explicación. Y hay algo también especialmente llamativo en que no pierda su look en una audiencia de este nivel con el Papa. Más aún cuando el músico, tan reacio a las fotografías y que no permite que haya cámaras ni móviles en sus conciertos, sabe que van a ser imágenes difundidas por el Vaticano con alcance mundial. Volvemos a lo de antes: visto lo visto, aparte de él, ¿cuántos seres pueden vivir tan al margen del mundo? ¿Tan a su bola?
De siempre se ha especulado con su actitud. Hay teorías que dicen que actúa así por una especie de fobia social, otras que ha perdido la cabeza en estos últimos años. Hay quien lo quiere ver con el halo sagrado del bardo que mantiene a toda costa su espíritu contracultural (seguramente esta visión él la odiaría la que más), y hay quien simplemente lo ve como un extravagante, un auténtico tocahuevos. Toda idea es válida y ninguna sirve para nada. Dylan está en otro paso, marcando su ritmo, alimentando mejor que nadie su leyenda. Porque parte de su grandeza -y lo que más molesta a sus detractores- es que se sabe leyenda por encima que estrella.
Por eso, en el universo Dylan, todo es digno de ser estudiado en busca de un significado, cuanto más transcendental mejor, aunque muchos hechos, palabras o asuntos puedan no tenerlo o guardar un simple motivo cotidiano, fuera de toda magnificencia. Y, en este sentido, y para llevar la contraria a todo lo anterior dicho -al más puro estilo Dylan-, hay un detalle que quizá no debería pasar desapercibido: las fotografías del encuentro llegan justo después de la derrota estrepitosa de Donald Trump en las elecciones legislativas de Estados Unidos. El Papa León XIV se ha manifestado en contra de las guerras trumpistas y ha lanzado mensajes en la dirección contraria a la ultraderecha internacional liderada por Trump y su movimiento MAGA. Trump, denominado a sí mismo rey, ha cargado contra el Papa. El simbolismo de estas imágenes es innegable. Ofrecen algo más que un encuentro entre un músico católico y el alto representante del Vaticano. Transmiten algo político, otra posibilidad, que afecta al corazón de Estados Unidos, ese país al que ha descifrado como nadie Dylan en sus canciones.
También ha trascendido que el Papa le ha regalado un rosario y Dylan al Pontífice su espléndido libro de memorias: Crónicas Vol. 1. En una de las imágenes, se ve cómo se lo firma y dedica. Con la capucha negra puesta. Ese libro es una oda de la fe de Dylan al rock’n’roll, un libro sagrado para cualquier amante de la música popular, con todas esas palabras escritas de admiración y profundo significado sobre los grandes creadores que le llevaron a lanzarse a su odisea artística que llega hasta nuestros días. “Roy Orbison cantaba desde el Olimpo”. Es una de las muchas frases que se pueden subrayar del libro en las que cita y explica la grandeza de los seres del mundo al que, casi como un sumo pontífice, todavía representa Dylan. Ese libro, ya en manos del Papa, termina así, refiriéndose al momento al que se lanzó al rock’n’roll y se convirtió en el músico más importante del siglo XX: “Ante mí se desplegaba un mundo extraño, como un frente tormentoso con los bordes irregulares e iluminados por los destellos de los relámpagos. Muchos no lo pillaron y ya no fueron capaces de rectificar. Yo me lancé de cabeza a ese mundo. Estaba abierto de par en par. Una cosa era evidente: no solo no estaba regido por Dios, sino que tampoco lo estaba por el demonio”.
Al leer el Papa ese último párrafo del libro, uno fabula que el Sumo Pontífice le dará por pensar, sentado en la butaca o tumbado en la cama, qué clase de mundo es ese que no está regido por Dios, pero tampoco por el demonio. Sería el mundo regido por Dylan, Patti Smith, The Beatles, The Rolling Stones, Aretha Franklin, The Clash y tantísimos otros. Un mundo regido por los hombres y las mujeres que, con música, soñaron con cambiar a mejor el antiguo mundo, y, aún hoy, sueñan con hacerlo con el actual. Y, puestos a fabular, a veces, también, a uno le da por pensar que ese hombre encapuchado vestido de negro es, en verdad, un infiltrado, un quintacolumnista, dispuesto a hacer la revolución desde dentro, su revolución, a su manera, como desde el primer día. Pero eso es solo un pensamiento sin más. Una idea en la que creer, como en la religión. Porque, seguramente, todo se reduce a algo mucho más prosaico e incluso contradictorio. Más humano. Es decir, al simple hecho de que Bob Dylan pasaba por ahí en mitad de su gira, dijo que quería saludar al Papa de la Iglesia Católica, le regaló su libro y el Vaticano hizo publicidad de ello.
Esa es la realidad, y, encima con la capucha negra en la cabeza, como si fuera un día más en la tierra, tampoco es poca cosa.
Source: El País · Fernando Navarro
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