En el último aliento del concierto, cuando todo el Movistar Arena estaba rendido a los Fontaines D.C., Grian Chatten, cantante y compositor del grupo irlandés, se tiró de la camiseta con fuerza como si ya no tuviese nada más que cantar. Para los presentes, lo había cantado todo con la precisión de un amigo que te recoge del suelo en esa borrachera de la que te arrepentirás media vida. Con su voz vacilante, recitaba los versos de Six Shot Morning, esa canción que habla de las imágenes perturbadoras que desfilan en la pantalla de nuestros móviles a poco que bucees, y el público quedó suspendido en un suspiro final.

Fontaines D.C. no es una buena banda más. Ni siquiera una gran banda más. Hay algo en estos tipos irlandeses que, con asombrosa inteligencia, los hace adentrarse como centinelas en la noche en la crueldad del mundo. Los últimos versos de Six Shot Morning, la canción que abre su último y maravilloso disco titulado Dopamine Chamber, repetían una idea concluyente: “Somos corazones melancólicos en una película en movimiento”. El movimiento, como esa necesidad de no repetirse, es un rasgo que forma parte de este grupo en el que, al igual que tu amigo de verdad, las guitarras, los sintetizadores inquietantes y la caja de ritmos etérea te empujan a despertarte. Aún más: te llevan a una epifanía solo apta para inadaptados.

Pasó desde el primer minuto de su concierto, en un pabellón casi lleno que incluía entre los asistentes el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cuando Grian Chatten cantó Tongue por el pasillo central y hubo como una revelación. La gente enloqueció. Todo el mundo entró en comunión rápidamente con el tipo de los andares arrastrados y la cadena plateada colgando como el amuleto de un príncipe callejero. Se tiraba de la camiseta negra, con esos pantalones anchos rematados con deportivas blancas, y podía parecer un rapero, pero era un cantante de postpunk de primer nivel: lo suficientemente nihilista, lo suficientemente herido, lo suficientemente atractivo, lo suficientemente corriente, como para ofrecer el perfil del frontman perfecto de la deconstrucción masculina en el siglo XXI, un ángel de alas rotas dentro de un mundo sin santos. Boys in the Better Land, Marianne y Jackie Down the Line recordaban que ese ángel cantaba sobre un malestar latente.

“Bueno, Madrid, ¿cómo estamos?”, preguntó poco después Chatten, quien tocó la pandereta y se contorneó, al más puro estilo Liam Gallagher, mientras el público se desgañitó bajo el impulso de una banda rabiosa. Nada de medias tintas, nada de cabezas bajas. El grupo era un séptimo de caballería, una banda de punk-rock celebrando la conquista del palacio. Soldados tiesos, casi desafiantes, dando una pegada propia de un gran combate, aunque hubo breves fases de la actuación en la que el sonido se apelotonó: Conor Deegan III (bajo), Conor Curley (guitarra), Carlos O’Connell (guitarra y sintetizadores) y, especialmente, Tom Coll, cuya labor a la batería merece la pena distinguirla por su contundencia y aplomo, cimiento perfecto para las atmosferas crudas, entre el desgaste y el anhelo, de esta formación que rompe todos los espejos en este mundo de postureo y posverdad.

A día de hoy, la realidad está del lado de Fontaines D.C. O viceversa. Porque existe una ansiedad que atraviesa todo Occidente ante el estado de las cosas que ellos captan en canciones cantadas ayer, tales como Bug y Starbuster, como un hombre del tiempo acierta con la temperatura. Y, encima, lo hacen como un grupo que transmite cierto aire de banda de colegas. Tipos serios que, juntos desde que se conocieron de adolescentes en Dublín y conectados por su afición a la poesía, han conseguido parecer una pandilla del parque capaz de entender como pocos el absurdo de los tiempos, de esa sociedad en la que, detrás de los centros comerciales y las tiendas de diseño, asoman ruinas. Como ya habían demostrado en otras visitas a España, son exploradores y, como en los mejores relatos del indie original, del postpunk de raza, su música se eleva entre los escombros para fusionar el nihilismo con las dosis exactas de ternura, a veces, y de rabia, otras tantas. Hay algo en ese rock de telones guitarreros, en ese synth-pop estrujado con saña, de su tránsito que va de Depeche Mode a The Stooges, pasando por Interpol, que conecta con esa peña que se siente solitaria, quizá incomprendida, por supuesto hastiada, al formar parte de una sociedad que solo busca rendimiento. Anoche, Chatten, con una voz amenazante, sin recreos, tomando de modelo a Matt Berninger, de The National, era como si pidiese a todos los corazones solitarios que se tambaleasen con él hacia el vacío, tal y como demostró en las bellísimas y duras You Miss Me y Roman Holiday.

Y el mismo Chatten lucía el tatuaje de un trébol, a la altura de la muñeca derecha. Es un signo que lo conecta con su esencia irlandesa. El grupo, que ya se ha hecho grande y dio un salto de exposición internacional tras su sobresaliente disco Skinty Fia en 2022, tiene algo profundamente arraigado a su tierra, no tanto por estilo tradicional, sino por espíritu. Algo que lo conecta con Shane MacGowan, cantante y compositor de The Pogues, quien buscaba “hallar el olor de la primavera en un viento lleno de humo de la ciudad vieja y sucia”. Ese viento hoy en día recorre Europa, más allá de Dublín, la ciudad a que se debe Fontaines D.C. y a la que han cantado con desaliento por culpa de las fuerzas gentrificadoras que han acabado, según ellos, con el romanticismo callejero.

Ese viento sopla fuerte en Europa. Pero allí donde había una nueva franquicia, un fondo buitre tomando la manzana o un rico despreciando a un santo inocente, hay ahora un fuego dispuesto a revelarse dentro de su hastío o desesperación, como en las canciones de Fontaines D.C. Composiciones que, en su malestar e incomodidad, anhelan conexión, escenificando mejor que ningún grupo de su generación lo que es vivir en 2026 y en este presente distópico donde florecen las manifestaciones, revueltas y acampadas. Mostrando ese algo más grande que un simple deseo, como si hubiese surgido la epifanía más allá del colapso. Esto es, como si existiese aún la “dicha momentánea” en mitad del “ataque de pánico”, como cantó anoche en Starburster, acompañado de sus colegas dublineses, el inmenso Chatten con ese aire de guerrero sin aspavientos, que se tiraba de la camiseta al tiempo que pedía el aliento de la gente. Porque, a su manera, a la de muchos, cantaba a la dicha de una epifanía, o la revelación de otro mundo posible pese a los anteriores fracasos.

Source: El País · Fernando Navarro

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