El acto de Gabriel Rufián en Barcelona el pasado sábado junto a Irene Montero ha dejado unos protagonistas inesperados: sus pantalones. Grises, anchos, largos y combinados con cazadora vaquera y camisa negra, las redes sociales se lanzaron a buscar su origen (hay quien los ha identificado como de Zara, otros de Bershka) y a juzgar, de modo socarrón, si eran o no lo más adecuados para un político en pleno mitin.
Pedro Sánchez llamó la atención el pasado jueves durante su visita a La Revuelta por su apuesta por el total denim y por sus vaqueros gastados de corte ajustado. Ahora el político catalán apuesta por el baggy. Si atendemos a los mensajes de la moda, las siluetas oversize o holgadas están asociadas a la cultura urbana, movimientos juveniles e informalidad, tres puntos con los que se podría asociar a Rufián, que ya en 2024 causó controversia al acudir al Congreso con un chándal negro de Adidas.
En X las opiniones son de todo tipo. “El problema de este look de Rufián no es que los pantalones sean demasiado anchos. Es que no hay una intención clara detrás de los volúmenes”, ha escrito una tuitera. Otra dice que ”este es el estilo de moda entre muchos señores cuarentones y cincuentones: pantalones extra palazzo, anchos desde cintura, cazadora vaquera o de cuero y deportivas desgastadas. Masculino y elegante". Carlos Primo, jefe de moda y belleza de ICON, cree que el pantalón que ha elegido Rufián “no es nada raro: es uno de los ajustes habituales en cualquier tienda de vaqueros o de ropa más o menos informal, se ve en la calle y está alineado con las tendencias. Irrumpió con fuerza hace pocas temporadas, impulsado por dos tendencias coincidentes. Por un lado, el cansancio respecto a los cortes entallados, slim o pitillo, que llevan sin marcharse de las tiendas desde que se pusieron de moda a principios de los dosmiles. Por otro, el revival tardonoventero o dosmilero, cuando los pantalones, inspirados por el hip hop, se ensancharon hasta lo inverosímil. Hasta aquí, nada extraño. Es comprensible que Rufián haya querido huir de su estética de siempre, especialmente en un momento en que la querencia de ciertos políticos por el pitillo se ha convertido casi en un cliché, y en algunos casos, si hablamos de malla elástica, en una imagen casi autoparódica”.
“Los especialistas llevan tantos años hablando de la muerte del pitillo que, en cierto modo, es razonable querer escapar de él”, continúa Primo. “El problema del pantalón de Rufián, si es que tal problema existe, es más de percepción y de proporción. El modo en que percibimos nuestra propia silueta y morfología es mucho menos flexible de lo que querrían los diseñadores y estilistas. El pantalón entallado, por muchos detractores que tenga, estiliza. Hace que la pierna parezca más larga y que la silueta se prolongue”.
El redactor jefe de moda y belleza de ICON sostiene que “por eso tantos hombres de estatura media (y en España la estatura media para el hombre es de 1,76) se resisten a abandonar el pantalón entallado a pesar de que los expertos les indiquen que ha pasado de moda. Y por eso en las tiendas de moda vintage se venden muchas más camisas, chaquetas, abrigos y jerséis que pantalones. No es tanto una cuestión de estilo como de percepción del propio cuerpo. Las reacciones al cambio de look de Rufián derivan de esto: de que no estamos acostumbrados a verlo así. También es cierto que se ha ido al extremo opuesto de la tendencia: quizás habría sido más prudente apostar por un pantalón de corte recto, ni entallado ni baggy, como un paso intermedio. A veces parece que la moda avanza dando bandazos, pero en el día a día de una persona que se sitúe en el espectro medio de la tendencia —ni el early adopter ni el último en enterarse del cambio de gusto— los cambios son siempre graduales. Es más fácil asimilar cambios intermedios que rupturas completas de la silueta a la que estamos acostumbrados. Cuando alguien cambia de la noche a la mañana, puede que el tiempo consolide la transformación, pero el primer impacto es siempre el mismo: el disfraz. Con independencia de que siente bien o mal”.
Si en las elecciones generales de 2023 se comentaron especialmente las prendas con las que los candidatos cubrían la parte superior del cuerpo —las camisas vaqueras de Sánchez, las camisas blancas de Feijóo y los polos ajustados de Abascal—, parece que en 2026 la mirada se posa sobre el pantalón. Y ha resultado ser una prenda tan polarizante como los propios políticos.
Source: El País · ICON
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