Cuando el cardenal estadounidense Robert Prevost fue elegido Papa en mayo de 2025 no pocos católicos —y no católicos— auguraron un pontificado de carácter menos rompedor, al menos en los gestos, que el protagonizado por su predecesor argentino, Jorge Mario Bergoglio. No parece que vaya a ser así. El anuncio oficial emitido ayer por el Vaticano de que el Papa ha votado por correo en las elecciones legislativas parciales estadounidenses que se celebran el martes no solo constituye un inédito hecho histórico, sino que reviste un hondo significado político en tiempos de deslegitimación de los procesos electorales y de desafección ciudadana de la política.

La Oficina de Prensa de la Santa Sede reaccionó con transparencia y enseguida confirmó y amplió ayer las informaciones filtradas en Estados Unidos que apuntaban a que el Papa había solicitado a su circunscripción electoral en Illinois las papeletas para votar en las denominadas midterms, donde se renueva la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y se elige a 36 gobernadores del total de 50 Estados, entre ellos el de Prevost. El comunicado revela además que el Papa ha votado siempre que ha podido en EE UU –donde ha participado en primarias tanto demócratas como republicanas— y en Perú, país del que también es ciudadano. Y, lo más significativo, finaliza con una rotunda defensa del Papa del “derecho y el deber” de los ciudadanos de participar en los procesos democráticos de sus países.

Más allá del lógico debate que suscita tanto que el jefe de un Estado pueda participar en los procesos políticos de otro como el hecho de que el líder espiritual de 1.500 millones de personas pueda influir en el voto de sus correligionarios –solo en Estados Unidos los católicos son 62 millones y constituyen el 22% de los votantes registrados–, cabe destacar el importante mensaje explícito e implícito que acaba de enviar León XIV a los católicos. Pero también a personajes como el presidente Donald Trump y el vicepresidente J.D. Vance, a quienes les irrita que les lleven la contraria.

El mundo se encuentra inmerso en un ciclo electoral caracterizado por el ascenso generalizado de un populismo extremista que demoniza al inmigrante, trata de apropiarse de los valores cristianos, elige la confrontación y la guerra como rutina política, rechaza el diálogo y desprestigia la democracia poniendo constantemente en duda la limpieza del proceso –acaba de suceder en Brasil—. En este contexto, el voto de Prevost lanza un poderoso gesto en defensa de la democracia de la manera más elemental: participando en ella. Lo hace además utilizando un método, el voto por correo que, aunque en su caso resulte obligado, se ha convertido en uno de los objetivos preferidos del populismo para poner en duda procesos electorales. Que un Papa vote es desde luego inusual y abre la puerta a las críticas, pero que defienda de forma inequívoca los procedimientos democráticos es, como mínimo, merecedor de elogio.

Source: El País

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