La librería más antigua de Madrid protagoniza estos días un thriller inmobiliario en el que no todo es lo que parece. Para contar la historia que hay detrás, hay que presentar a sus tres protagonistas: la dueña del local y de la librería, Ana Serrano, una mujer que heredó el negocio de su familia y que lo regentó junto a su hermana toda la vida; Juan José Janeiro, un inversor extranjero que aprovechó el momento en que se anunció el cierre hace algo más de cuatro años y quiso rescatarla; y Pablo Cerezo, un joven entusiasta comprometido con la cultura. El conflicto amenaza con hacer desaparecer Pérgamo, una librería con estanterías de otro siglo y por la que han pasado los autores más reconocidos del mundo.
El mismo Cerezo reconoce ahora que en estos años nunca le han subido el alquiler del local. También admite que se subió a la ola del caso Maricarmen para hacer ruido con la situación que vive el sector, aunque no era su caso. Y avisa a quien quiera escucharlo de que la librería se irá con él allá donde vaya. La dueña, Ana Serrano, atónita, insiste en que la marca no es del joven, sino de su familia, que inauguró la librería hace 80 años. Pérgamo se ha convertido en una guerra sin cuartel. ¿A quién pertenece ahora? ¿A la mujer de 72 años que no quiere perder su legado familiar y lo cedió en alquiler, o al hombre de 27 que, después de cuatro años detrás del mostrador, la registró como suya?
Para entenderlo, conviene volver al origen, es decir, a enero 2022, año en que Serrano y su hermana Lourdes deciden liquidar y jubilarse. Estaban cansadas y querían que alguien continuara con el negocio, pero no encontraban a nadie. La librería, abierta por sus padres en 1946 y todavía amueblada a día de hoy con sus viejas estanterías, vivía sus últimos días hasta que la visitó Juan José Janeiro por casualidad y, en un arrebato, decidió hacerse con ella: “Mi intención era salvar Pérgamo y después ver cómo hacerlo”, recuerda ahora el empresario. A ellas les pareció bien. El negocio que tanto querían continuaría vivo, pero con ellas como caseras y sin pasar horas y horas tras el mostrador.
El inversor, sin embargo, no sabía quién sería la nueva cara de la librería, hasta que un amigo de México le habló del escritor Jorge F. Hernández, quien acababa de dejar su puesto como agregado cultural de la Embajada de México en España: “Pensé que podía terminar mi vida como librero”, cuenta por teléfono desde México. Poco después, incorporó como aprendiz al sevillano Cerezo, a quien había conocido en una conferencia sobre literatura latinoamericana en la Universidad Complutense.
El trato de ese trío fue el siguiente: Janeiro ponía el dinero, Hernández los contactos literarios y Cerezo se haría cargo del funcionamiento cotidiano del local. Dicho y hecho. En junio de 2022 se registró Xeito Libreros, sociedad en la que Janeiro figura como administrador y Cerezo como apoderado. Después llegaron las trabajadoras María Treviño y Érika Ambrosio. Entre las estanterías y los muebles de siempre empezaron a celebrarse presentaciones, talleres y vermús los sábados. Y los tres jóvenes libreros pusieron su toque en la histórica Pérgamo.
A cambio, debían pagar un alquiler de 2.600 euros ―que la dueña jamás subió y se sitúa un 40% por debajo del precio medio de mercado― que cubrían Janeiro y la Fundación Mario Vargas Llosa, que daba su parte a cambio de que el local recibiera los manuscritos que aspiraban al premio Vargas Llosa. Durante un tiempo, todo fue sobre ruedas: el negocio funcionaba y, mientras, la cultura madrileña seguía contando con un espacio tan icónico como Pérgamo, la librería más antigua de la ciudad.
Impagos y conflictos: el fin de Pérgamo
A los dos años, sin embargo, todo empezó a torcerse. “Yo la puse a andar y la resucité”, reivindica Hernández. Cerezo, por su parte, subraya que el proyecto no existiría sin él, pero que la relación se volvió muy difícil; Hernández no traía a tanta gente ni generaba beneficios. El escritor mexicano salió del proyecto a comienzos de 2024. El joven sevillano se quedó: “Ha sido la oportunidad de mi vida”, reconoce Cerezo, que cuenta que ha puesto todos sus ahorros, tiempo libre y esfuerzo en el proyecto. En Instagram ha creado una comunidad de 61.600 seguidores.
Después de la marcha de Hernández, el inversor Janeiro ofreció a Cerezo y Treviño entrar como copropietarios en la empresa (Xeito Libreros) que gestiona la librería. “Les cedí un 30% a cada uno para comprometerlos con el proyecto y porque eran quienes llevaban el día a día” del negocio, recuerda. El Registro Mercantil confirma que la empresa dejó de tener un único socio en noviembre de 2024.
Mientras la dueña del local y de la marca de Pérgamo recibía el dinero del alquiler, se quedaba tranquila porque el legado seguía funcionando. Pero, sin que ella se diera cuenta, en 2024 algo cambió el trato para siempre. La empresa Xeito Libreros registró la marca Pérgamo en la Oficina Española de Patentes y Marcas: el nombre, la característica caligrafía inclinada de la fachada original, la línea que lo subraya y el color morado. La OEPM concedió el registro en junio de 2025 a nombre de Xeito Libreros SL. Lo hicieron a espaldas de Serrano, la dueña, que se enteró cuando este periódico le preguntó por ello.
Cerezo no siente que esté robando nada, sino que lo hizo por consejo de un amigo y ante la visibilidad que estaba adquiriendo la librería. Serrano, sin embargo, sostiene que esa marca pertenece desde hace décadas a su familia y que se ha quedado anonadada ante lo que considera “un juego de trileros”.
En 2025 la librería ya cubría sus principales gastos y ya no necesitaba ayuda externa para pagar el alquiler, pero la relación entre quienes gestionaban Pérgamo y la propietaria del local se había ido deteriorando. A ello hubo que sumar una batalla por el relato que llega hasta hoy.
Serrano no salía de su asombro cada vez que Cerezo, en cada ocasión que tenía, relacionaba las dificultades de Pérgamo con las que están atravesando librerías de Madrid que se ven obligadas a mudarse por no poder afrontar alquileres imposibles. En cuatro años, ella nunca subió su alquiler, ni siquiera con arreglo a la subida del IPC. Hoy, Cerezo es portavoz de una comisión sobre alquileres de la Asociación de Librerías de Madrid. En redes sociales se pueden ver vídeos suyos junto a políticos denunciando la presión inmobiliaria que afronta el sector.
Finalmente, todo se precipitó el pasado mes de agosto, cuando se produjo un impago del alquiler. Serrano reclamó y Cerezo adujo que había sido algo puntual. Esa discusión terminó de romper una relación que pendía de un hilo. Para entonces, el empresario mexicano que había rescatado Pérgamo también había llegado a su límite: “Todos los costes hacían inviable el proyecto. El alquiler era uno de ellos”, sostiene. Cerezo habla de falta de liquidez: vendían libros, llenaban actividades y aun así llegaban asfixiados a final de mes. El librero intentó comprar el local o conseguir una rebaja en el alquiler, pero Serrano rechazó ambas propuestas.
Janeiro se reunió con Serrano en un hotel. Sobre aquel café, ambos ofrecen dos versiones complementarias. Serrano insiste en que nunca echó a nadie. El empresario, por su parte, asegura que ella no quería continuar con los actuales gestores y que él tampoco podía seguir poniendo dinero. La librería perdió casi al mismo tiempo el respaldo económico que la rescató y la relación con la familia que la había fundado.
Pérgamo, “una apuesta política”
El contrato original de tres años expiró el 25 de abril de 2025 sin renovación automática. Actualmente, la relación opera en régimen de tácita reconducción mensual, asegura el abogado de la dueña, que añade que el acuerdo se firmó con el inversor extranjero, y que ni siquiera existe una relación contractual directa formalizada con Xeito Libreros. “No podrá ceder, subarrendar ni transmitir por ningún concepto o título el local”, reza el contrato de alquiler al que ha tenido acceso El PAÍS.
Esto no impidió que Cerezo aprovechara la acampada en Sol tras el desahucio de Maricarmen para contar una historia de especulación inmobiliaria que no era tal: “No nos renuevan el alquiler”, anunció. Nada más. Varios medios hablaron de la expulsión. Él sostiene que quería denunciar un problema colectivo y que nunca señaló a sus caseras.
Pero la entrega de las llaves tampoco va a acabar con el problema. Cerezo explica que su trabajo en Pérgamo ha sido una apuesta política: “Hemos tratado de construir un espacio de encuentro en una ciudad que sistemáticamente los dinamita. Eso es para mí la política ahora mismo. Que la gente se sienta un poco menos sola”. El librero defiende que el proyecto trasciende a quienes lo gestionan: “Se pierde un pedacito de Madrid, se pierde un legado en nuestra memoria colectiva que tanta falta nos hace ahora mismo”.
Para sus dueñas, Pérgamo es sobre todo la historia de su familia: “Cerrarla es como que mis padres se vuelvan a morir”. Cerezo ha anunciado que Pérgamo se traslada, que se va con él, aunque la realidad es que solo lo puede hacer la marca que él registró hace dos años, pese a que fuera un negocio abierto por otra familia hace ocho décadas. En el local del barrio de Salamanca, sin embargo, sigue la librería más antigua de Madrid, con toda su historia a cuestas después de convertirse durante semanas en la protagonista de un relato contado a medias. “Quiero seguir alquilando el local al mismo precio”, confiesa la hija de los fundadores, que dice tener ya cuatro ofertas: una librería, una tienda de sombreros, una de telas y otra de música. Su heredera solo quiere que Pérgamo continúe en el sitio donde ha estado toda la vida.
Source: El País · Lucía Franco
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