¿Qué tema domina la campaña de las elecciones legislativas de mitad de mandato estadounidenses cuando falta justo una semana para la cita con las urnas? ¿La inflación galopante y el insoportable precio de la gasolina? ¿Las sospechas de corrupción de la Casa Blanca y la guerra en Irán? Nada de eso: una cadena de restaurantes populares de gama media llamada Cheesecake Factory ha tomado la conversación incesante del ciclo de noticias de Washington.
La culpa es del expresidente Barack Obama, que hizo un chiste el sábado en un mitin en Ohio, adonde acudió a apoyar la candidatura al Senado de Sherrod Brown y a Amy Acton, aspirante a gobernadora, en un Estado disputado. Fue al hablar de la obsesión de su sucesor, Donald Trump, por la renovación incesante de la Casa Blanca, que está sometiendo desde que regresó al poder a los dictados estéticos que rigen en su residencia privada en Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida).
“No sé si se han fijado, pero parece estar muy centrado en las reformas del hogar. ¡Debería salir en HGTV!“, dijo Obama a sus seguidores en referencia a un canal televisivo enfocado en la renovación de casas. “Hay oro por todas partes. ¿Qué está pasando? Está dejando la Casa Blanca como si Sadam Hussein hubiera abierto un Cheesecake Factory”.
Los asistentes al mitin rieron la ocurrencia de Obama, que siempre ha manejado bien los tiempos de la comedia en sus discursos. Además, eligió bien los referentes: casi todo el mundo en este país ha ido alguna vez a uno de esos restaurantes, que juegan la carta del lujo razonable que coquetea con lo kitsch. Y muchos recordarán el gusto por la filigrana algo hortera del dictador iraquí.
Pero Trump y los suyos no le vieron la gracia, sino más bien un argumento para el contraataque a partir de la vieja acusación de que los demócratas son unos elitistas alejados de eso que llaman la Middle America.
El presidente de Estados Unidos, que lleva casi 20 años obsesionado con su antecesor en el cargo, de quien hizo circular el bulo de que no era ciudadano estadounidense y siempre lo llama con indisimulada insidia por su nombre completo, Barack Hussein Obama, reaccionó el lunes al chiste en otro mitin, este en Mississippi. Había acudido a ese Estado del Sur a arropar a Cindy Hyde-Smith, que aspira a renovar como senadora. Esta subió al estrado y cogió el micrófono durante menos de 10 segundos para decir 10 palabras (“¿No es el mejor presidente que hemos tenido en nuestra vida?”). Trump dedicó al cheesecakefactorygate varios minutos de una intervención de hora y media.
Defendió que no le dedica tanto tiempo a todas las reformas que ha emprendido en la Casa Blanca y que incluyen, entre otras, la colocación de molduras doradas por todas partes, el acondicionamiento del helipuerto, el derribo del ala este para construir un salón de baile, la pavimentación de la rosaleda y la colocación de mármol en un baño y de retratos presidenciales en una galería a la que le cambió el suelo. “¿No es bonito que me dedique a esas cosas?”, preguntó en el mitin. Todas esas mejoras las ha hecho mientras su popularidad caía en picado, metía a su país en una guerra en Irán y a los precios en una espiral ascendente.
Antes, Trump se había referido a Obama en una conversación con los reporteros que le acompañaron a Misisipi, en la que quedó claro cuánto le había molestado su comentario a alguien de quien se suele decir que lo que lo convenció a presentarse a presidente fue una broma a su costa de Obama en la Cena de Corresponsales de 2011.
“Una persona estúpida”
“Decir que [la Casa Blanca] es un Cheesecake Factory, simplemente demuestra por qué [Obama] fue un pésimo presidente (...), una persona estúpida”, dijo Trump, al que la comparación con un sátrapa como Hussein no pareció importunarle. El inquilino de la Casa Blanca, cuyo partido lleva las de perder en las elecciones del próximo martes, según las encuestas, también aclaró que la cadena de restaurantes es “una empresa muy exitosa”.
Lo es. Con 350 establecimientos repartidos por Estados Unidos y Canadá, la compañía californiana declaró unos ingresos de 1.029,6 millones de dólares en el segundo trimestre de 2026, frente a los 955,8 millones del mismo periodo del año anterior. Su fórmula suma restaurantes en locales amplios, con decoración con un punto de atrevimiento en la que mandan los dorados, y una carta amplísima, con unos 250 platos, entre los que destaca el postre estrella: la tarta de queso que da nombre a la cadena, presentada en decenas de variantes.
Varios aliados de Trump, así como la cuenta oficial de la Casa Blanca o los editorialistas de The Wall Street Journal, han saltado al ruedo en estos días para atacar a Obama y defender a Trump, pero ninguno lo hizo con tanta pasión como Scott Bessent, secretario del Tesoro. Bessent fue el lunes a comer a la sucursal de Cheesecake Factory más próxima a la Casa Blanca, y le recordó a un reportero que Obama es “el hombre que construyó el museo que parece la tumba de Darth Vader”. El secretario del Tesoro se refería a la biblioteca presidencial inaugurada recientemente en Chicago, un monolito oscuro que ya recibió las burlas de Trump en su red social, Truth, en la que la comparó con una bolsa negra de basura.
“Comí de maravilla; siempre como de maravilla [en Cheesecake Factory]. Le diría a la gente de Martha’s Vineyard que se anime a probarlo”, añadió Bessent, que desveló que había pedido “lo de siempre: la hamburguesa con queso estilo French Dip”. Esta vez, el aliado del presidente de Estados Unidos se refirió a la costumbre de los Obama de pasar las vacaciones en la exclusiva isla de Martha’s Vineyard (Massachusetts), frecuentada por otros prominentes demócratas, como los Clinton o los Kennedy.
Bessent, cuya fortuna se cifra en 600 millones de dólares, echó mano así de un recurso común en la política estadounidense: el de las élites que se desviven por hacerse pasar por gente corriente, para la que ir al Cheesecake Factory es un lujo razonable (la hamburguesa en cuestión cuesta 22,95 dólares). “Para todos esos comensales [de la cadena de restaurantes] en Cleveland, Grand Rapids y otros lugares, el mensaje del señor Obama es el siguiente: ¡Os falta de clase!“, argumenta un editorial del Journal publicado el martes.
Se trata de un juego al que se presta continuamente la clase gobernante y mediática de Washington, conscientes de que el del elitismo (junto al intelectualismo, como diagnosticó el historiador Douglas Hofstadter) es uno de los peores pecados posibles a ojos de los votantes y la opinión pública.
Source: El País · Iker Seisdedos
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