En uno de los patios del Colegio Nacional de Buenos Aires, cinco estudiantes comparten el recreo de la mañana. Dos miran sus celulares. A pocos metros, otro adolescente mantiene el teléfono apoyado sobre una pierna. No lo utiliza, pero lo observa y lo toca de tanto en tanto. En otros sectores del inmenso edificio, grupos de chicos conversan mientras sus miradas regresan a las pantallas y aparecen risas entre intercambios que parecen transcurrir tanto en el espacio físico como en el virtual. También hay alumnos reunidos alrededor de hojas impresas, leyendo o repasando apuntes. Estas imágenes reflejan una situación que recientemente inspiró una respuesta institucional: la prohibición del uso de celulares, tablets y otros dispositivos electrónicos personales durante las clases.
La nueva medida había sido aprobada el 1 de septiembre pasado por el Consejo Escolar Resolutivo, mediante la resolución 12/2026, y quedó formalizada el 21 de octubre pasado mediante la resolución rectoral 712/2026, que incorporó un inciso al artículo 5 del Reglamento Interno. La restricción contempla excepciones por necesidades de accesibilidad, condiciones de salud debidamente acreditadas y actividades pedagógicas propuestas por el docente.
“La disputa es por la atención de los chicos”, resume Gustavo Romero, vicerrector del turno mañana y profesor de Matemática, en diálogo con LA NACION. Explica que la discusión lleva años y que, inicialmente, la incorporación de nuevas tecnologías despertó expectativas favorables por sus posibilidades educativas. Sin embargo, la presencia permanente del teléfono en el aula terminó por convertirse en un obstáculo para sostener la concentración.
La escuela, señala, reúne a unas 35 personas en un aula para enfocarse en un contenido determinado, mientras que los dispositivos ofrecen estímulos constantes. Aunque en el colegio no son habituales situaciones como estudiantes escuchando música durante las explicaciones, sí observaba la necesidad recurrente de los estudiantes de consultar notificaciones y ver lo que sucedía fuera durante las clases. “Es una disputa por la atención que no podemos ganar”, reconoce. “La escuela ofrece un premio a futuro; es un esfuerzo que se hace ahora para tener mejores herramientas el día de mañana”, suma.
Pero las preocupaciones de Romero exceden el rendimiento escolar. Cuenta que incluso durante charlas solicitadas y organizadas por los propios estudiantes, los teléfonos competían con las exposiciones. Por eso, en el turno mañana la restricción también se extenderá a esas actividades extracurriculares.
Antes de modificar el reglamento, las autoridades habían acordado permitir los dispositivos en el aula únicamente ante una indicación pedagógica expresa. Sin embargo, continuaron los incumplimientos, incluso ante la posibilidad de recibir amonestaciones. El proyecto finalmente aprobado fue presentado por representantes de los graduados y votado por unanimidad en el Consejo Escolar Resolutivo, donde participan también estudiantes y docentes. Algunos alumnos manifestaron su desacuerdo, aunque, según Romero, fueron pocos.
En las aulas, la aplicación de la medida adopta distintas modalidades. Durante la recorrida, LA NACION observó profesores que solicitan guardar los teléfonos, otros que indican dejarlos sobre el escritorio y algunos que utilizan cajas azules, sin etiquetas, disponibles en la vicerrectoría. Este recurso comenzó a emplearse hace aproximadamente un año y medio: los docentes pueden retirar una caja, guardar allí los aparatos y devolverlos al finalizar la clase. Por ahora, no es obligatorio. “Creemos también en la autorregulación de los chicos”, explica Romero, aunque admite que podría generalizarse si fuera necesario. Los estudiantes pueden conservar los dispositivos en sus mochilas, en silencio, y utilizarlos durante los recreos y las horas libres. También reflexiona sobre la conducta docente: “No podemos pedirles a los chicos que no usen el teléfono y nosotros estar todo el tiempo mirando las notificaciones”, sostuvo Romero.
En un aula, los alumnos siguen las explicaciones frente al pizarrón. En otra, trabajan en grupos, con hojas distribuidas sobre las mesas y algunos teléfonos a la vista. Varios adolescentes consultan sus pantallas mientras otros leen materiales impresos. “Los que no tienen los artículos impresos tienen la autorización para utilizarlos durante la clase”, explicó el profesor a este medio. La escena muestra una distinción central de la normativa: no se busca eliminar las herramientas digitales de la enseñanza, sino evitar que su uso personal interrumpa las clases.
De hecho, el colegio conserva una infraestructura tecnológica que Romero considera indispensable. La incorporación de computadoras mediante Conectar Igualdad abrió una etapa de utilización masiva de dispositivos, y, posteriormente, la pandemia aceleró las transformaciones. Durante las clases con burbujas fue necesario conectar a quienes permanecían en sus hogares mediante micrófonos y otros equipos. De aquella experiencia quedaron pantallas, computadoras, conexión a Internet y sistemas de sonido en las aulas. Hoy permiten proyectar gráficos, videos y textos según las necesidades de cada materia. “No es de uso constante; es una selección, una decisión didáctica de los docentes”, aclara. También promueve la lectura en papel, aunque reconoce que el costo de las fotocopias puede representar una dificultad para algunas familias.
La decisión tampoco responde a una caída comprobada del rendimiento académico. Romero señala que los estudiantes mantienen resultados elevados en las evaluaciones en las que participa el establecimiento y que no cuentan con métricas propias que permitan atribuir un deterioro a los teléfonos. Lo que sí observa es un mayor cansancio. A las exigencias académicas, el descanso y la vida familiar se suma una cantidad de horas frente a las pantallas que compite con otras actividades. “Los chicos están más cansados”, advierte.
El comunicado institucional “Menos distracciones, más atención”, publicado el 23 de octubre, recupera los resultados de PISA 2022: el 54% de los estudiantes argentinos reconoce distraerse con el celular durante las clases, frente al promedio del 30% de los alumnos de los países de la OCDE. El documento menciona experiencias de Bélgica, España y el Reino Unido con mejoras especialmente entre alumnos de menor desempeño, y señala que 114 sistemas educativos, equivalentes al 58% de los países relevados, cuentan con prohibiciones nacionales sobre celulares en las escuelas, frente al 24% registrado en junio de 2023. Entre los antecedentes internacionales aparecen Brasil, Chile, Francia, Australia, Nueva Zelanda, los Países Bajos y distintos estados estadounidenses. En la Argentina, la Ciudad había establecido restricciones en 2024, profundizadas en 2026. El Nacional Buenos Aires, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, no había sido alcanzado por esta medida.
En los recreos y las horas libres, en cambio, los adolescentes podrán seguir utilizando sus dispositivos. Allí aparece otro interrogante: ¿qué sucede con los vínculos cuando varios chicos están reunidos, pero tienen la mirada puesta en sus pantallas. Romero reconoce que las formas de relacionarse cambian entre generaciones, aunque considera necesario prestar atención a aquello que puede perderse en el intercambio presencial.
Su inquietud también alcanza los espacios digitales, donde los adolescentes construyen parte de su identidad y autonomía. Menciona los juegos en línea, la exposición de información personal, el intercambio de fotografías y las situaciones de crueldad que pueden desarrollarse sin suficiente intervención adulta. “Es un espacio en el que los chicos pueden estar muy solos”, advierte. Para Romero, las plataformas están diseñadas para captar la atención de usuarios que, en el caso de los adolescentes, todavía están desarrollando herramientas para regular sus conductas.
Las familias también modificaron sus demandas. Según relata, al principio muchos padres insistían en poder comunicarse permanentemente con sus hijos durante la jornada escolar; desde hace algunos años, en cambio, comenzaron a solicitar ayuda para establecer límites. Entre los profesores existen distintas posiciones respecto de la flexibilidad necesaria, aunque Romero describe un consenso amplio sobre la restricción. También hay un acuerdo institucional para evitar el uso personal de los teléfonos por parte de los docentes durante las clases, salvo situaciones justificadas. La resolución dispone, asimismo, una campaña de sensibilización para promover hábitos digitales saludables.
Opiniones
Entre los estudiantes, las opiniones no son uniformes. “La verdad que no lo usamos, pero no me parece mal. Necesito poder concentrarme y de golpe escuchás una notificación y te distrae”, dice Florencia, mientras conversa con dos compañeros sobre cuestiones escolares. Diego tiene una posición diferente: “A mí me molestó un poco, porque siento que no es tanto lío, acá no siento que sea un problema, pero es lo que hay”. Carola coincide con Florencia, aunque reconoce la incomodidad de permanecer desconectada: “Es molesto, onda, sentís como que te perdés de lo que pasa afuera, pero es necesario, total cuando salgo me conecto de vuelta”.
La frase encuentra su correlato a la salida del colegio. Numerosos estudiantes vuelven a concentrarse en sus pantallas mientras abandonan el establecimiento.
Por Camila Súnico AinchilSource: La Nación · Camila Súnico Ainchil
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