Con una novela epistolar, Querida Sharik, la escritora colombiana Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980) resultó ganadorra de la 44ª edición del Premio Herralde de Novela. La autora, que reside en la ciudad de Buenos Aires desde hace ya veintiún años, recibirá 25.000 euros.
“Recibí la noticia con mucha emoción y como ese espaldarazo que siempre viene tan bien en un oficio que requiere tanto esfuerzo y tanta convicción”, dice García Robayo a LA NACION, desde Barcelona.
De los 2223 originales que concursaron, cinco llegaron a la finalísima: “Elevación”, de la mexicana Yael Weiss; “En esa tierra extranjera”, del peruano Juan Ignacio Chávez; “Institución”, de A. Brown (seudónimo); “Un vacío que estalla”, de Antonio Godoy (seudónimo) y la obra ganadora, que García Robayo presentó con el seudónimo de Orika Biohó, en referencia a la princesa Orika, hija de un líder que comandó una rebelión de esclavos cimarrones en el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVII, en el norte de América del Sur (incluida Colombia).
“Orika Biohó es la hija de una especie de héroe negro de mi ciudad, de Cartagena, de Palenque, y ella tiene una historia particular: siendo hija de Benkos Biohó, se enamoró de su amo, un español blanco, y huyó con él –cuenta-. Fueron perseguidos, capturados y sacrificados. Tiene toda una leyenda trágica que está mencionada en la novela; me pareció un seudónimo oportuno, porque nadie en España iba a saber quién era ella. Es una novela que se inserta absolutamente en los libros que he escrito: la narradora es una mujer que vive fuera de su país y que un día decide hacerse un test genético para ver quiénes eran sus ancestros; así descubre que era una mujer oriunda de Angola, a quien le escribe cartas contándole su devenir, y que incluso recrea con una inteligencia artificial llamada Iris que pasa a ser un personaje dentro de la novela. Lo mismo hace con las mujeres de su linaje materno, les escribe cartas a su madre y a sus hermanas. Lo que explora es qué se hereda en esta historia fabulada; me interesa dejar claro que no es una reconstrucción fáctica, real, de la historia de la esclavitud. Como toda construcción de la memoria, la novela es completamente fabulada, arbitraria y, por momentos, disparatada. Es un modo de decir que la búsqueda del origen es un abismo infinito que solo podemos llenar con la ficción”.
El jurado estuvo integrado por los españoles Fernando Pelayo (librero en +Bernat, de Barcelona), los escritores Gonzalo Pontón Gijón y Marta Sanz, la editora Silvia Sesé y el escritor mexicano Juan Pablo Villalobos.
La novela, publicada por el sello Anagrama (donde la autora publicó La encomienda), llegará a las librerías hispanoamericanas el 12. El texto de contratapa, sin embargo, ya fue distribuido, y se sabe que es una novela que adopta el recurso epistolar.
“El recurso de las cartas me interesa en cuanto a que son cartas que no se envían –dice la autora–. Por eso no es una novela epistolar en sentido estricto, porque aunque los destinatarios están muy presentes, desaparece la expectativa de ser leído, luego, juzgado. Eso permite que quien escribe lo haga con absoluta libertad, incluso por momentos con absoluta impunidad, cuestión que siempre viene bien a cualquier material de escritura”.
Se puede adelantar que la narradora de la novela es una mujer del Caribe colombiano que vive en otro país. Un día, cuando decide hacerse un test genético, descubre que su primer ancestro fue una mujer nacida en Angola hace unos ochenta mil años. La única manera de que un ADN de Angola llegara al Caribe colombiano era a través del comercio de esclavos. Interesada en ahondar en su origen, planea unas vacaciones con sus hijos a una isla caribeña, pero su exmarido le cambia los planes y se ve obligada a viajar sola.
En la isla mantiene una suerte de correspondencia con su antepasada, pero las cartas encuentran también otras destinatarias. Les escribe a su abuela, a su madre, a su tía, a su hermana y a sus primas y hasta a la mujer que las cuidó de chicas, exponiendo memorias tan hilarantes como crueles. Al mismo tiempo, en la isla, tiene fantasías eróticas con un vecino, presencia atardeceres y lluvias torrenciales, hace videollamadas con sus hijos y soporta quemas de basura.
Por último, se destaca que, “con una voz donde conviven ironía e intimidad, y que asume sus propias contradicciones”, la autora construye una novela de “una amplitud extraordinaria, que hace de la conversación epistolar una forma de pensamiento y la convierte en un territorio literario de enorme originalidad”.
El Herralde de Novela se entrega desde 1983. En un podio colmado de autores españoles, García Robayo se convierte en la segunda escritora colombiana en ganarlo (el primero fue Antonio Ungar, en 2010, por Tres ataúdes blancos). En 2025 lo ganó el argentino Pablo Maurette.
En 2014, por su libro de cuentos Cosas peores, García Robayo ganó el Premio Literario Casa de las Américas. En 2020, por la traducción de su novela Tiempo muerto en inglés, obtuvo el English PEN Award. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.
Dice el jurado
Los jurados dieron a conocer sus impresiones sobre la novela ganadora. “Mientras todo nuestro alrededor se desmorona, Margarita García Robayo nos propone sacar conclusiones sobre el presente escribiendo a las mujeres del pasado. En Querida Sharik las virtudes de su universo literario se amplifican demostrando que está en el mejor momento de su carrera”, dijo Pelayo.
“En esta novela disfrazada de epistolario caben todos los haces de esa luz oscura que atraviesa la historia: la esclavitud y la raza, las mujeres de ayer y las de hoy, la mirada ajena que quema y quema, la pesadilla moderna del consumo, el turismo y la degradación ambiental. Las inquietudes de nuestro tiempo en una obra de estilo preciso y ensamblaje perfecto”, destacó Pontón Gijón.
“Querida Sharik explora indómitamente las relaciones de poder mientras seguimos la pista de un ‘saquito cromosomático’ en unas páginas, excéntricas y estupendas, que evocan la saga familiar, la distopía, la novela epistolar y erótica, pero que, sobre todo, destacan por su humor asalvajado, su audacia, su agudeza, el amor extremo hacia sus personajes y esa originalidad formal imprescindible para contar lo que aún no había sido contado y escuece. Escuece mucho”, detalló Sanz.
Y Villalobos consideró la novela “irreverente e inteligentísima, con una mirada extrañada, las dosis justas de ironía y autoparodia, y una sensibilidad aguda para identificar los conflictos de nuestro tiempo”. “Una novela que es también una carta sobre lo absurdo de nuestros prejuicios raciales y la comicidad involuntaria de nuestros deseos”, concluyó.
Por Daniel GigenaSource: La Nación · Daniel Gigena
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