Podría ser un conjuro, una marca, pero es un nombre: Liadan Ní Chuinn. Con doble “n” al final, diría quien lo lleva. Pero nadie lo lleva, es el seudónimo de un autor o autora que decide escribir detrás de un alias asociado a la mitología celta. Nació en Irlanda (1998), así se lee en la contratapa de su primer libro, Todos siguen aquí, editado por el sello Feltrinelli.

También se sabe que es alguien que ronda los 28 años y de quien no hay imágenes. Y que con su escritura logró esto: ser finalista del Charlotte Aitken Award, premio que el Sunday Times otorga al mejor libro del año de un autor joven. También obtuvo el Irish Book Award en la categoría de premio revelación. Desde la web de la Fundación Orwell se puede ver la tapa de este título suyo -edición en inglés- dentro de la categoría Premio de Ficción política 2026, junto a los otros finalistas. Porque si bien es un libro de ficción (seis cuentos), la dimensión de lo político atraviesa todo. “Todas las personas que aparecen mencionadas en la última sección del último relato, “Daysi Hill”, son personas reales asesinadas por las fuerzas del Estado británico”, se lee en los agradecimientos. No da entrevistas en vivo ni por teléfono, solo por mail. Se toma su tiempo para responder; parte de eso deja ver en este ida y vuelta con LA NACION, sobre todo aquello que trae al mundo este universo suyo. Por estos días, trabaja en un nuevo libro, también de cuentos, que inglés se llamará Catkin.

–El libro tienen un fuerte trasfondo político, ¿de dónde surge?

–Todo es político. Es un mito pensar que nada relacionado con nuestra manera de vivir puede separarse de la política. La lengua que hablamos, qué hacemos con nuestro tiempo, cómo trabajamos, cómo nos cuidamos unos a otros: nada de eso puede separarse de la política. El lugar donde crecí es interesante porque ha habido un gran empeño por “dar vuelta la página”. Existe una creencia corrosiva y, sin embargo, muy extendida de que hacerlo sería tremendamente “progresista”. Ningún joven puede comprenderse a sí mismo sin comprender a su familia, sin conocer lo suficiente la historia del lugar del que viene como para poder situarse en un contexto. A veces pienso que a la gente le gusta la etiqueta de política porque puede utilizarla para no involucrarse con lo que está sucediendo: “¡A mí no me interesa la política!”. Del mismo modo, a veces se oye a personas criticar a otras utilizando esa etiqueta para descalificarlas: “Son muy políticos”. En mi opinión, lo que quieren decir es que esa obra los incomodó; que los obligó a pensar en cosas que prefieren evitar. Me importan profundamente los acontecimientos y las circunstancias de nuestras vidas; comprender las fuerzas que buscan oprimirnos y hacernos daño. No podemos separarnos del mundo en que fuimos concebidos.

–¿Es una crítica a la política británica?

–Los británicos no se conocen a sí mismos. No comprenden lo que han hecho ni lo que se ha hecho en su nombre. La violencia que han ejercido sobre mi pequeña isla ha sido inconcebible. Existe muy poca o ninguna conciencia de la brutalidad de los soldados británicos y de la implacabilidad del Estado británico. Y el norte, de donde soy, sigue bajo ocupación, una ocupación que casi ni siquiera se nos permite concebir como tal. Irlanda no tiene nada de “poscolonial”. Tenemos que preguntarnos: ¿a quién beneficia el olvido? Diría que beneficia al Estado británico, que incluso ahora sigue manteniendo archivos bajo secreto durante otros cincuenta o sesenta años más; para cuando llegue esa fecha, los familiares de sus víctimas, que aún lloran sus muertes, ya habrán fallecido. En este contexto, recordar es un acto de resistencia.

–A pesar de que algunos personajes mueren, todos siguen aquí. ¿Cómo llevamos con nosotros a nuestros muertos?

–Es una pregunta hermosa. ¿Acaso no se han formado religiones enteras, culturas y formas de vida en torno al intento de dar una respuesta coherente a esta pregunta? Sobre el cuento “Rusia”, respondería: no tratamos bien a nuestros muertos. En el Museo del Ulster, el cuerpo de una joven trasladado desde África, así como huesos humanos hallados en Irlanda. Cuando escribí el cuento pensaba mucho en la humanización y la deshumanización, y lo que hacía el museo me perturbaba. Me parecía profundamente incorrecto haber visto a esas personas y no haberles llevado flores, nada. Creo que hay violencia en arrancar a una persona de la tierra en la que fue enterrada y exhibirla ante visitantes que la miran con curiosidad, lejos de su hogar. Y esa violencia repercute sobre todos nosotros. Es lo que plantea ese cuento: ¿acaso esto no afecta nuestra manera de ver a los demás, de vernos a nosotros mismos? No estamos tratando a nuestros muertos con respeto, y creo que necesitamos hacerlo incluso para poder ser nosotros mismos. En el cuento “Amalur”, diría que llevamos con nosotros a nuestros muertos todo el tiempo, seamos conscientes de ello o no. Esa familia vive con la pérdida de Maritxu como si fuera un agujero negro que altera por completo su comportamiento. También creo que esta pregunta está en el corazón mismo de lo que significa ser humano, de lo que significa vivir. Todos vamos a atravesar el duelo, a experimentar pérdidas. Todos vamos a morir. Entonces, ¿cómo vivimos? Hay una antigua oración irlandesa que me encanta. Se dice al pasar junto a un cementerio o una sepultura: «Como vos sos ahora, así seré yo. Como yo soy ahora, así fuiste vos alguna vez». Esa es toda la oración. Ahí está el centro de todo.

–¿Tenés alguna conexión con escritores argentinos?

–El año pasado leí la traducción al inglés de Cometierra, de Dolores Reyes, y me pareció brillante. Y hace ya tres o cuatro años leí por primera vez la traducción al inglés de La Virgen Cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, un libro que nunca olvidé. Me pareció tremendamente vivo. Quisiera agradecerles por esta entrevista y por haber leído mi libro, y también agradecer a los lectores de Argentina por interesarse en él. Me resulta completamente surrealista que el libro esté siendo traducido a tantos idiomas. Me conmueve muchísimo que haya despertado este interés y que tantas personas hayan dedicado tanto esfuerzo a conectarse con los cuentos y a hacerlos accesibles a otros lectores. Y espero que las ideas del libro —quizás las relacionadas con la memoria y con cuestionar la deshumanización que se ha vuelto tan generalizada— puedan resultarles de interés a las personas, estén donde estén.

Por Marcela Ayora

Source: La Nación · Marcela Ayora

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