“Nosotros, que estábamos olvidados, nos dieron un lugar”, dice Juan Pablo Ortega. Estuvo detenido entre 2006 y 2018 y hoy vuelve como acompañante del Hogar de Cristo. Desde que conoció a la organización, asegura, no volvió a estar preso: “Yo no le solté más la mano, porque ellos nunca me la soltaron a mí”, agrega.
Y explica: “Nosotros acompañamos pibes que atravesaron el consumo y terminaron acá, como me pasó a mí en algún momento. Hoy estamos de este lado como para poder marcarle el camino que en su momento nosotros también seguimos”, dice.
Es jueves al mediodía y empiezan a ingresar internos a un gran espacio con una mesa larga y sillas. “Que nadie quede tirado”, dice el mural del Papa Francisco pintado en una de las paredes. Esa es la filosofía del Hogar de Cristo, una federación de centros barriales situados en zonas populares que trabajan con personas en situaciones de vulnerabilidad social o con consumos problemáticos, gestionados por curas.
En la Unidad 43 de La Matanza se inauguró hace algunos meses el primero dentro de una cárcel, el centro de día “Papa Francisco”. La propuesta traslada al penal una forma de acompañamiento que la organización desarrolla en los barrios: escuchar, ayudar a reconstruir vínculos, atender los problemas de consumo y empezar a organizar la vida que seguirá después del encierro. Hay tanto atención profesional para las adicciones como talleres de espiritualidad, educación y teatro, como también facilitan encuentros con abogados.
“Recibimos la vida como viene” es su principal consigna. Está escrita en una cartulina en donde luego pegaran deseos. No hay altas ni bajas. El acompañamiento puede continuar cuando una persona deja de consumir, si vuelve a hacerlo o cuando necesita ayuda para resolver otra situación de su vida.
“El problema más importante es que la gente está sola”, dice Pablo Vidal, uno de los referentes del Hogar, quien también es coordinador de Desarrollo Humano Integral de Cáritas Argentina. “Empezamos con tres pibes, hoy tenemos 60”, dice sobre el espacio que abrió oficialmente hace poco más de dos meses, el 13 de agosto. Creen que la experiencia es replicable en otros servicios penitenciarios.
“Como funcionarios, debemos comprender que detrás de cada interno hay una historia de vida que nuestra tarea también consiste en generar las condiciones para que, durante el cumplimiento de su condena, pueda encontrar herramientas que le permitan pensar en un futuro distinto”, indicaron fuentes del Servicio Penitenciario Bonaerense de la Unidad 43 consultados por LA NACION y consideraron “importante” el aporte del Hogar ya que promueve escucha, contención y acompañamiento espiritual y humano. Esperan que ese trabajo ayude a fortalecer los vínculos familiares y a preparar la salida.
En la unidad hay clases de primaria y secundaria y formación profesional en mecánica, soldadura, carpintería metálica y panadería. También funcionan talleres de radio, música y alfabetización jurídica, entre otras actividades.
Jonathan Bernal conoció al Hogar de Cristo cuando acababa de ser padre. Tenía 14 años y una psicóloga le insistía con que fuera a conocer un lugar. Podía probar: si le gustaba, se quedaba. Fue con su hija todavía bebé que había quedado a cargo de él. Años después, desde el espacio Hogar en la Unidad 43, donde lleva dos años detenido por robo, dice: “Hasta la cárcel me sigue”.
En el medio hubo una nueva pareja, pérdidas y recaídas. “Mi gran mentira hacia mí mismo fue: ‘Ya está, ya salí. Ya me curé. Ya estoy preparado para ir a ayudarlos’. Y cuando menos te das cuenta, vos estás a la par de tu hermano consumiendo”, dice sobre el vínculo con su familia.
Ahora vuelve a participar de las reuniones del Hogar en el que incluso llegó a trabajar en Puerta de Hierro, San Justo, dentro del penal. Algunos de quienes llegan para acompañarlo también estuvieron presos. Conocen los barrios de los que hablan, atravesaron el consumo y recibieron ayuda de la misma organización.
Volver para acompañar
“A nosotros nos reconforta eso, dar vuelta la página. Vemos lo que fue nuestro pasado todos los días”, dice Ortega. Recuerda las veces que recuperó la libertad y volvió a quedar detenido. Afuera, dice, no tenía una familia que pudiera recibirlo. “Lo primero que te da el hogar es un abrazo, eso se contagia. Yo les digo que tienen una familia que los va a estar esperando”, cuenta. Escucha historias que reconoce y recibe llamados de personas que necesitan ayuda.
Hoy son varios los que regresan a la cárcel para acompañar a otros. Escuchan historias que les resultan familiares y reciben llamados de personas que necesitan ayuda. “Si conmigo pudieron, con ellos van a poder”, dice Eduardo Alfredo, a quien todos en realidad conocen como “Chicago”. Está vestido de pies a cabeza con los colores del club, verde y negro. Hasta tiene un piluso.
Cuenta que se internó cuando vio que se estaba desmoronando. Ya se había peleado con toda su familia y había perdido su trabajo como recolector. “Yo sigo acá porque me hace bien. Con la adicción vamos a convivir toda la vida, pero hoy estamos del otro lado, ayudando a los que más necesitan. Todos los días tengo una responsabilidad. No sé si soy otra persona, pero lo veo desde otra persona”, dice.
“Yo con eso me siento más lleno, sé que hice algo bueno. Me hubiera gustado poder contárselo a mi mamá o a mi hermano”, suma.
Hace un tiempo que se fue del hogar. Vive ahora con Jorge Ever Echeverría, “Papito”, con quien también comparten historia. “Me gusta que el día de mañana los chicos que salgan de este lugar puedan tener su lugar propio. Y seguir acompañando desde afuera, como me siguen acompañando a mí”, apunta.
Identifican al paco como el principal problema de consumo en el barrio; estiman que la mitad de los chicos consume. “Y acá adentro es mucho peor”, marca Chicago.
“A mí me costó años, yo estuve tres años en el hogar. Y así y todo pensé que estaba preparado y no estaba preparado”, cuenta Jonatan al narrar su historia. Cuando volvía al barrio y encontraba a un hermano consumiendo en una esquina, quería llevárselo. “Por querer sacarlos a ellos yo terminaba en el mismo lugar”, dice. Son 14 hermanos. Sus padres también eran adictos. “Veía mucha violencia en mi casa”, recuerda.
La muerte de su hijastro, al que había criado desde los cuatro o cinco años, precedió otra recaída. “Y ahí es cuando el hogar te acompaña en tratar de sacarte de nuevo. Con mi familia lo hizo un montón, incluso conmigo. Capaz que a veces cuando uno está en esa situación dice, no, que voy a salir. Solamente piensa en tapar dolores, tapar problemas. Te ayuda a decir dale que vos podés”, agrega.
Source: La Nación · Lucila Marin
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