En un comunicado difundido en su cuenta de Instagram, el escritor y abogado peruano David Silva Rojas desmintió que su novela Donde trabaja el agua, ganadora de la primera edición del Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, haya sido escrita con inteligencia artificial (IA), como se aseguraba en un artículo publicado por el diario El País de España tras la aplicación del detector Pangram a la obra, que arrojó un inverosímil porcentaje del 99%. Con la novela elegida por el jurado integrado por las escritoras Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, el escritor se hizo acreedor de un premio de 20.000 euros y la publicación de su ópera prima. Las bases del certamen excluían expresamente las obras escritas con IA.
Después de la publicación de El País, que no recogía las respuestas del autor ni de los editores, el sello mexicano Almadía y la fundación española Ventosa-Arrufat anunciaron que iniciarían una “revisión detallada” de la novela. Muchos autores que se solidarizaron con Silva Rojas pusieron en duda el fallo de Pangram; otros sospecharon del uso de IA y otros criticaron el estilo de escritura.
“Yo concebí, escribí y revisé esta novela. No utilicé herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, redactarla ni revisarla”, sostiene el escritor. Acto seguido, cuenta que la novela surgió de una investigación de las “condiciones de vida y trabajo” de los campesinos del sector agrícola de Ica, de donde él es oriundo. “Mientras transcribía las entrevistas, comencé a escribir pequeños fragmentos en primera persona, reuniendo en una voz imaginada experiencias y sensaciones que me habían dejado aquellos testimonios. Al principio no pensaba escribir una novela. Esa decisión llegó después”, puntualiza.
En un cuaderno de notas, consignó el inicio, el desarrollo, el conflicto y el desenlace de la novela; también “algunas directrices” que le sirvieron durante la escritura, por ejemplo, “mantener siempre la perspectiva de la protagonista, utilizar una voz contenida y trabajar el ritmo mediante las repeticiones y los silencios”, dice.
“Ese esquema era el esqueleto de la novela, no un plan detallado de todos sus capítulos. A medida que escribía, fui incorporando escenas, personajes y situaciones que no estaban previstos inicialmente”, y que le permitieron profundizar en la historia principial. “No necesitaba registrar cada nueva idea en el cuaderno. Después continué revisando la estructura y el lenguaje del manuscrito en distintas versiones de Word”, detalla.
“Conservo versiones anteriores del manuscrito, mi cuaderno de notas y materiales relacionados con la investigación que dio origen a la novela. He estado reuniendo y organizando esa documentación para entregarla a la editorial Almadía y colaborar con la revisión anunciada”, asegura.
“Entiendo que la inteligencia artificial plantea importantes preguntas para la literatura y para las editoriales. Sin embargo, considero que los resultados de una herramienta de detección [Pangram], por elevados que sean sus porcentajes, no deberían tomarse como una prueba definitva de cómo fue escrita una obra sin examinar otros elementos”. En redes sociales, varios usuarios probaron el detector de Pangram con obras propias y ajenas (publicadas mucho antes del surgimiento de la IA) en los que el resultado arrojaba porcentajes elevados de uso de IA.
El autor manifiesta su profundo respeto por las integrantes del jurado y la editorial mexicana. “Por ese mismo respeto, considero importante que la revisión se realice con cuidado y que sus conclusiones estén respaldadas por hechos”, estima.
“Por ahora, mi prioridad es colaborar con la editorial y aportar los documentos que permitan examinar mi proceso de escritura”, indica antes de concluir con un agradecimiento a escritores y personas que le brindaron apoyo.
A diferencia de lo que ocurrió con el debut novelesco del haitiano-canadiense Thélyson Orélien, cuya editorial rompió el contrato con el autor tras verificar por su cuenta que este había usado herramientas de IA en la escritura, la novela de Silva Rojas se podría convertir en un “caso testigo” en contra de considerar los resultados que arrojan los programas de detección de IA como irrefutables.
Por Daniel GigenaSource: La Nación · Daniel Gigena
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