En el bastión del bolsonarismo, en Río de Janeiro, una hija de militar que vive de una pensión de la Marina anuncia que votará a Lula en las elecciones de este domingo. Lo dice mientras espera el autobús con su moño estirado y los labios pintados: “Si gana el bolsonarista, a mí no me irá mal, porque van a ayudar a todos los militares”, dice. “Pero el pueblo civil es el que se va a joder”. Bernardette Victor, con dos erres, lleva 68 años siendo la rebelde de su familia. Ve a los Bolsonaro como “marionetas” del presidente de Estados Unidos y teme que Washington acabe interviniendo en Brasil con la excusa del narcoterrorismo, “como pasó en Venezuela”. “Lo único que quieren son nuestras riquezas”. Sorprende que a unas calles de allí, un militar en activo que votará a Flávio Bolsonaro piense lo mismo.

Vila Militar, en la zona oeste de Río, es un barrio atravesado por una gran avenida con casas a un lado y cuarteles a otro. Es un lugar sin rejas. Mientras en el resto de la ciudad la violencia ha ido levantando muros cada vez más altos, con concertinas, alarmas y vigilantes, aquí los jardines de los generales dan a la calle. Hay tapias que no pasan de la rodilla y uno podría colarse en una casa de una zancada. Nadie lo hará, por supuesto. Patrullas a caballo recorren las calles, el acceso está controlado por uniformados armados y a cualquier hora hay vecinos (militares) haciendo ejercicio por las avenidas arboladas.

En este barrio de 13.000 habitantes hay pocas Bernardette, aunque más de las que cabría esperar. Vila Militar y el vecino Campo dos Afonsos, un barrio-cuartel de la Fuerza Aérea de 2.000 vecinos, fueron los que más votaron a Flávio Bolsonaro en Río de Janeiro en la primera vuelta del 4 de octubre: un 63% y un 69%, respectivamente, según la plataforma de inteligencia electoral inPulso.ai. La media de la ciudad fue del 48%. Es mucho, aunque lejos del 87% que el candidato sacó en algunos pueblos agrícolas del sur de Brasil.

Aquí empezó todo. En 1987, cuando Jair Bolsonaro, padre de Flávio, era alumno de la escuela de oficiales de Vila Militar, la revista Veja publicó que él y otro capitán planeaban detonar pequeñas bombas en los baños del centro para protestar por los sueldos de la tropa. Un consejo del Ejército pidió su expulsión, pero el Tribunal Superior Militar lo absolvió y, en 1991, llegó a diputado en buena medida con los votos del barrio. Ya en la presidencia, dio a los uniformados un poder inédito en democracia. Hoy los cuarteles llevan cuatro años callados. Bolsonaro, tres generales y un almirante fueron condenados a entre 19 y 27 años de cárcel por la trama golpista con la que pretendían impedir que Luiz Inácio Lula da Silva asumiera el poder tras las elecciones de 2022.

Pero en Vila Militar, el complot golpista no existió, en sintonía con la opinión de una parte significativa de los brasileños. El exministro de Defensa y general Walter Braga Netto cumple su condena en un cuartel del barrio, pero para muchos vecinos la trama es “una narrativa de la prensa”, un invento. “No hubo intento de golpe”, dice un militar en activo de 51 años, que habla bajo anonimato porque los uniformados tienen prohibido opinar de política. Cuando se le recuerda que el juicio se retransmitió por televisión, recula a medias: “Hubo un intento. Pero lo que juzgaron dentro de ese intento fueron varias cosas que no tienen nada que ver. Y la pena fue exagerada”. El juez que llevó el caso, Alexandre de Moraes, odiado hace años por la familia del exmandatario, es ahora el principal objetivo de Flávio Bolsonaro si llega a presidente. “La mentira, repetida muchas veces, se vuelve verdad”, sentencia el militar. Tampoco cree que 1964, el inicio de 21 años de dictadura, fuera un golpe.

Aunque pueda parecerlo, este hombre no es un bolsonarista fervoroso. Votó a Lula hace más de 20 años, cree que aquel fue un buen gobierno, pero critica que la política social del sindicalista “no incentive el crecimiento de las clases más bajas”. Es una de las quejas más escuchadas estos días, después de que los Bolsonaro demonizaran durante años el programa Bolsa Familia, con el que millones de brasileños salieron de la pobreza. Ahora el candidato Bolsonaro matiza aquella postura y defiende su existencia, aunque con ajustes.

El militar anónimo, sin embargo, considera un error que Jair Bolsonaro sentara a militares en activo en su gabinete. Y quiere mano dura contra los narcos porque en las favelas tienen “ametralladoras y granadas”, pero no a Estados Unidos haciendo ese trabajo. “Nuestras propias Fuerzas Armadas pueden combatirlos. Lo que ellos buscan es un pretexto para explotar las tierras raras brasileñas”, se revuelve. El espíritu de Bernardette.

—¿Pero entonces le gusta Flávio? No parece…

—No me gusta ni Flávio ni Lula. Él también está metido en algunas cosas, pero voto para que cambie algo

El silencio de los cuarteles tras la derrota de Bolsonaro en 2022 puede convertirse en ruido después del domingo. Tras aquellas elecciones, miles de seguidores acamparon durante semanas ante los cuarteles pidiendo una intervención militar, y la Policía Federal descubrió que el grupo de oficiales ahora condenado llegó a planear el asesinato de Lula, de su vicepresidente, Geraldo Alckmin, y del juez Alexandre de Moraes. “El ímpetu golpista no estaba solo en los generales”, advierte Adriana Marques, profesora del Instituto de Relaciones Internacionales y Defensa de la Universidad Federal de Río de Janeiro. “Los generales tuvieron mucha facilidad para cooptar a los jóvenes”.

Los militares, insiste la investigadora, no son un bloque y sus diferencias volverán a salir a la luz. Conviven corrientes abiertamente bolsonaristas, que consideran que ganar una elección es un cheque en blanco, con otras que vieron con malos ojos la deriva golpista. “Si en 2022 no hubo golpe fue, entre otras razones, porque el Alto Mando [de las Fuerzas Armadas] no llegó a un consenso”, advierte Marques. “Hoy los comandantes trabajan para calmar a la tropa y alejarla de la política, pero con Flávio Bolsonaro, ese freno desaparecería”, prevé.

El de su hijo no sería un gobierno de generales, como el del padre, entre otras cosas porque los uniformados ya han encontrado otros espacios: dos exmilitares gobernarán estados y el Senado tendrá cuatro representantes salidos de las Fuerzas Armadas, un récord desde 1988, según Agência Pública. Pero Flávio ha prometido indultar a su padre —lo que acabará liberando también a sus cómplices—, y Marques anticipa una “caza de brujas” de los amnistiados contra quienes no los apoyaron, mientras ascienden los afines. “Van a seguir politizándose y radicalizándose”, advierte.

Luciano, un cerrajero de 43 años que trabaja y vota en el barrio, no está muy al tanto de las intrigas de sus clientes. Votará, sin ninguna duda, a Bolsonaro. Le preocupa el supermercado. La vida, que está carísima. El hombre, esculpido en el gimnasio, saca el móvil para enseñar su último tique, que envió escandalizado a su esposa: 1.300 reales (250 dólares) para comprar lo básico de una semana, casi el salario mínimo. Leche, huevos, pollo…. Para seis personas. “¿Quién vive hoy en Brasil con un salario mínimo? Nadie”, reclama. Su esposa, una “enferma del PT [Partido de los Trabajadores]” con la que prefiere no discutir de política, cobra el subsidio del Bolsa Família, el mismo que demonizan los bolsonaristas. Él no.

Source: El País · María Martín

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