Luiz Inácio Lula da Silva ha protagonizado una remontada inédita en las elecciones presidenciales de Brasil, y su victoria tiene un impacto que va más allá de las fronteras de la mayor potencia de América Latina. El presidente, referente desde hace décadas del progresismo global, derrotó al senador Flávio Bolsonaro, heredero político de su padre, el expresidente condenado por golpismo. El resultado es una inyección de optimismo para la izquierda, y una demostración de que el avance de la extrema derecha alineada con el trumpismo no es inevitable.

Por el bien de la democracia y por el propio interés de su país, Flávio Bolsonaro debe admitir la derrota y respetar las normas y la legalidad. Al mismo tiempo, es necesario aclarar la confusión que rodeó la decisión del Tribunal Supremo de prolongar dos horas el cierre de los colegios. Brasil no puede permitirse la más mínima duda sobre el proceso electoral ni tampoco, como hace cuatro años, otro asalto a las instituciones como el que perpetró Bolsonaro padre.

El triunfo inesperado de Lula, que en campaña combinó la defensa de los programas sociales con una movilización extraordinaria en defensa de la democracia más allá del Partido de los Trabajadores, contiene lecciones para los progresistas. Y envía un mensaje poderoso en un contexto internacional marcado por Donald Trump. El presidente de EE UU se ha enfrentado con el presidente brasileño, ha apoyado a los candidatos extremistas en el continente y ha resucitado las viejas ideas del siglo XIX sobre América como patio trasero, donde la superpotencia hace y deshace a su antojo. La derrota de Bolsonaro es también de Trump.

Los desafíos son enormes. El desplome de la Bolsa brasileña el lunes por la mañana es una primera señal de las dificultades que esperan a Lula. El déficit fiscal se acerca al 10% del PIB y la deuda supera el 80%, un nivel elevado para una economía como la de Brasil. A esto se suma un margen de maniobra legislativo muy reducido. Cerca de la mitad de los votantes ha respaldado a Flávio Bolsonaro: el movimiento fundado por su padre conserva una implantación social y territorial profunda, y su partido dispone de más escaños que ningún otro partido desde la Constituyente de 1988. Lula tendrá que gobernar para un país mucho más amplio que la coalición que lo ha llevado nuevamente a la presidencia.

La defensa de la democracia debe traducirse en respeto a las instituciones, independencia judicial, libertad de prensa y garantías para la oposición. La decisión de un juez del Supremo de mantener abiertas las urnas dos horas más de lo estipulado exige toda la transparencia necesaria. Y Flávio Bolsonaro, que ha perdido por más de cuatro millones de votos, no puede escudarse en ello para rechazar la victoria de su rival y meter de nuevo al país en la senda del conflicto de poderes. En este sentido, es una buena señal que dirigentes de la derecha latinoamericana, como la peruana Keiko Fujimori o el chileno José Antonio Kast, hayan felicitado al vencedor.

Lula, que este martes cumple 81 años, afronta el inicio de su cuarto y último mandato con una responsabilidad a la altura de su victoria. Tiene una oportunidad inesperada para consolidar las instituciones y preparar una transición política que no dependa de su liderazgo personal. La democracia brasileña ha demostrado en esta campaña y estas elecciones que puede resolver en las urnas una disputa de enorme intensidad y trascendencia. Su legado dependerá de que esa democracia salga de los próximos cuatro años menos vulnerable a las tentaciones autoritarias.

Source: El País

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