“Una camilla, una camilla”, grita un hombre angustiado. “Se muere, se muere”, grita otro que trata de bajar a una mujer herida. Enfermeros con camisa y pantalón verde, camilleros, médicos y hasta policías corren con la cara desencajada hacia la mujer ensangrentada y con la mirada perdida que acaba de llegar en un coche particular. Detrás de ella llega otro vehículo y antes otro y otro más.
Después de varias escenas parecidas, deciden organizarse y, mientras los médicos reciben a los heridos dentro de la sección de urgencias, estudiantes de medicina en prácticas reciben a los heridos en la puerta para echar las primeras carreras. A pocos metros de distancia, en lugar de vehículos particulares, son ambulancias las que llegan cada pocos minutos. Primero una, luego otra, y otra y otra más. En poco tiempo, el estacionamiento se llena de ambulancias y de personal sanitario que de vez en cuando salen a fumarse a escondidas un cigarro tras una jornada extenuante. El hospital aniversario de Toledo, a 73 kilómetros del accidente, fue este miércoles una sucesión de carreras, lágrimas y caras de angustia mientras iban llegando los heridos: primero cuatro, luego nueve, después 15, más tarde 23 y finalmente los 30 heridos más graves, de los más de cien que dejó la colisión de los dos trenes.
En menos de tres horas, el centro se convierte en un hospital de campaña que hace triajes a la carrera y donde la policía organiza la entrada. Un agente discrimina a la entrada los vehículos que tenían que ver con el accidente y los que no. Así que cada vez que un coche entraba en urgencias, llegaba con un drama dentro. Mientras todo eso pasaban, dos helicópteros del 112 iban y venían del lugar del accidente, recorriendo en pocos minutos la distancia que las ambulancias tardaban en recorrer 45 minutos.
Vuelven a llegar familiares descompuestos. Entre ellos hay cinco chicos que llegan a la carrera desde Madrid. Su amigo David Martínez, de 25 años, un ingeniero que trabaja en una consultora, está entre los heridos y necesitan saber cómo está. “Somos amigos y necesitamos saber si necesita algo”, explican. Todos ellos comparten un grupo de WhatsApp y, minutos antes del accidente, desde el vagón siete del AVE de Renfe, uno de los que más ha sufrido el impacto, David envió un mensaje. “Netanyahu ha ganado en Israel, qué asco de tipo”, escribió primero. “Joder, se ha parado el tren”, dijo después a los amigos que están ahora deshechos a las puertas del hospital. Solo unos minutos más tarde, el tren reanudó la marcha antes de impactar a las 8.50 am 200 kilómetros con el Iryo parado en la vía. “Esto no es normal. David toma cada semana este tren y hemos hablado muchas veces del riesgo que es ahora subirse a un tren. Es el colmo lo que estamos viviendo”, dice su amigo Sergio, un ‘armario’ de 25 años al borde de las lágrimas.
En el gigantesco hospital Universitario de Toledo, el más importante de la provincia, con 853 camas, 25 quirófanos y 35 camas UCI, fueron suspendidas todas las intervenciones quirúrgicas. Una de las personas que sale abatida es Toñi, una madre de Salamanca que busca noticias de su hijo. Había salido de Madrid en dirección a Sevilla por motivos de trabajo y no consigue saber cómo está. Precisamente, la palabra “incertidumbre” es la que más duele, según los psicólogos que atienden este tipo de emergencias. Pero en uno de esos pequeños milagros que se producen al pie del desastre, cuando Toñi iba camino del hospital, le ha llamado una mujer que le ha puesto a su hijo al teléfono. “Solo me ha dicho: ‘No te preocupes, estoy bien’. Pero vamos, hablaba mal”, ha dicho abatida. “No sabemos cómo está. Creo que se encuentra muy mal. Debe estar fastidiado”, sollozaba a las puertas del hospital.
Tres doctoras llegan corriendo al hospital con las batas verdes arrugadas en la mano. Estaban en casa, han metido las cosas en el bolso y han acudido veloces al hospital. “No podemos hablar”, dicen poniéndose la camisa verde mientras caminan.
Según Emiliano García-Page, presidente de la región de Castilla-La Mancha, el accidente dejó al menos 30 heridos en nivel verde (con problema de salud agudo, aunque sin riesgo vital), otros 50 heridos en nivel amarillo (en condición urgente, pero estable) y también varios en nivel rojo. Muchos de ellos fueron atendidos en hospitales de la Comunidad de Madrid (el Hospital de La Paz, 12 de Octubre, Getafe, Puerta de Hierro, La Princesa, Fundación Jiménez Díaz y Hospital del Henares), pero los más graves llegaron a Toledo. Algunos más a los hospitales de Castilla-La Mancha, como el de Ciudad Real y el de Alcázar de San Juan, donde cura sus heridas Pablo Guzmán, de 47 años.
“He tenido días mejores”, dice con el tabique “quebrado en dos partes”, y un archipiélago de salpicaduras de sangre en la camiseta blanca, los vaqueros y las deportivas. Tiene cortes en la cara, en las manos, y aún guarda el martillo rompeventanas rojo con el que hizo añicos los vidrios para salir del vagón. Aunque no sabe muy bien por qué ni cómo ha acabado con él. Se excusa, porque aún se encuentra aturdido. Fuma un pitillo junto a su cuñada, que ha venido a buscarle al hospital. Le acaban de dar el alta en este centro al que han derivado a 20 heridos, según la información oficial.
Originario de Argentina, residente en Madrid, Guzmán viajaba en el vagón seis del AVE a Sevilla para ver un partido de baloncesto de su hijo, de seis años, que se ha mudado hace poco a la capital andaluza. El tren iba rápido. El impacto se sintió poderoso. Escuchó el golpe y el crujido de los vagones de delante, mientras se aplastaban “como un acordeón”. Muchos en su coche sufrieron impactos en la cara o en la cabeza. “Saqué a una señora de ahí abajo”, dice mirando a un punto imaginario en la acera. Luego, esa señora dejaría de respirar. Buscó la forma de salir del vagón. Ayudó a bajar a más gente, auxilió a otros del vagón cinco, que se veía desparramado. “Dentro de todo, yo estoy vivo”. Se sentía en una película, como si no le estuviera pasando. “No piensas en nada”. Personas atrapadas y heridas le agarraban de las piernas para pedir ayuda. “Ahora mismo recuerdo la imagen de la gente que no va a poder salir”, confiesa a las puertas del hospital de Alcázar de San Juan. Se intuye que ha visto cosas que costará olvidar. Ahora sigue rumbo a Sevilla con su cuñada.
El hospital ha reconvertido el salón de actos en una sala de espera para familiares, donde se les informa y se reúnen con los heridos cuando les van dando el alta. Entre los pacientes hay dos turistas surcoreanos, explica una persona de la embajada de Corea del Sur desplazada hasta allí. Y hay también tres turistas griegos, la familia Dritsas, que aterrizó en Madrid el sábado y viajaba a Sevilla para visitar la ciudad. “Desafortunadamente…”
La madre, en silla de ruedas y con la clavícula rota, prefiere que hablen sus hijos por ella: “Aún estoy en shock”, dice en inglés. Marios, de 21 años, y Christos, de 18, relatan cómo, poco antes del accidente, se separaron, porque el mayor y la madre se fueron a desayunar a la cafetería. Estaban a punto de recibir la comanda cuando el impacto les hizo salir despedidos. “De pronto el tiempo se detuvo”, dice Marios. Se chocaron con otros pasajeros; cayeron unos sobre otros. El vagón restaurante descarriló; fueron varios segundos en que se escuchaba un “sonido salvaje”. La estancia se impregnó de un fuerte olor a tierra; quedó el vagón en un ángulo de unos 30 grados. Lograron levantarse enseguida; llamaron al hermano pequeño: estaba bien. Según este, se salvó porque, poco antes del choque, decidió cambiarse al asiento que había dejado libre su hermano. El sitio en el que estaba unos minutos antes salió volando. Lograron reunirse, salir del tren e ir a un campo de almendros.
Mientras hablan, la madre, con el brazo en cabestrillo, solloza al mirar el móvil, visiblemente afectada, y los hijos la abrazan y la consuelan. Están muy agradecidos por la atención sanitaria y humana; cuando no lograban entenderse, se han manejado con gestos. Les emocionó que fuera un voluntario local quien los llevara en su vehículo desde el lugar del siniestro hasta el pueblo, antes de que los derivaran al hospital. Con la situación como está, tienen previsto regresar a Madrid a descansar; no se ven yendo de turismo a Sevilla. Aunque tampoco tienen muy claro cómo hacerlo.
En el salón de actos del hospital reconvertido hay una mesita desplegada con botellas de agua, jarras de café y algunas cosas de comer. Mientras apura un yogur, Melissa Lindley, española de 32 años, cuenta cómo su novio la ha despertado esta mañana a las nueve con una llamada: “No te asustes. He estado en un accidente de tren. Yo estoy bien”, le dijo. “Voy a ayudar”. Le contó que se había golpeado la frente; había mucha gente atrapada. “Luego me llamaron desde la ambulancia para decirme que estaba estable y que lo llevaban al hospital”, agrega ella. Y aquí está esperando. En principio, su novio no tiene nada, pero hay que aguardar. “Hoy es mi cumpleaños…”, confiesa Lindley, con una rara maraña de sentimientos.
Source: El País · Jacobo García, Guillermo Abril
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