Un día, allá por mi breve y atormentado paso como redactora jefa de El País Semanal (entre 1981 y 1982), estando en el despacho de Juan Luis Cebrián para recibir, supongo, alguna reprimenda, el entonces director del periódico me dijo que debíamos sacar reportajes y contenidos más lujosos, que tenía que ser una revista aspiracional, que la gente la leyera imaginando que alguna vez podría llevar ese tipo de vida. Bajé la cabeza y asentí, cómo no hacerlo ante la jerarquía, pero regresé a la Redacción llena de dudas. Entendía a la perfección lo que Cebrián decía, pero ese era el modelo de un Elle, por ejemplo, y para mí El País Semanal siempre había sido algo muy distinto. Algo imposible de definir, de abarcar, de apresar y alicortar dentro de un modelo. Así que me temo que no hice mucho caso.

Al ir acompañando a un periódico de tanto peso y envergadura como EL PAÍS tenía por entonces, el Semanal gozaba de algo que las revistas autónomas no podían permitirse, y era, justamente, de libertad. Podía ser un banco de pruebas, podía ser loco y atrevido, podía apuntar a varias direcciones a la vez. Ha ido cambiando mucho a lo largo de su medio siglo de vida, como es natural, pero a lo que más me recuerda El País Semanal en mi imaginario es a esa caja de tesoros que todos hemos guardado en nuestra infancia. Una vieja lata de galletas que, cuando la abrías, mostraba un interior diverso y fascinante: una postal tridimensional con la imagen de un tigre de Bengala, medio collar roto de cristal de roca chisporroteando bajo la luz, un pequeño trozo de meteorito venido de las estrellas que alguien te regaló. Pura vida. En realidad, sí era aspiracional, pero no de un estatus rutilante, sino de experiencias diversas, de conocimientos, de aventuras por los recovecos del ser. Tuve la suerte de dirigir el suplemento en unos años gloriosos para la prensa en general y para EL PAÍS en particular. La revista dominical, esa caja de tesoros que venía con el diario, sin duda aumentó la tirada media del periódico con el enorme atractivo que tenía. Dos décadas más tarde, a mediados del primer decenio de 2000, internet comenzaría a demoler los medios de comunicación tal como los conocíamos.

Casi toda mi vida profesional está unida a El País Semanal. Entré en el periódico porque me llamaron de urgencia para hacerle una entrevista a alguien (¡a quien fuera! Se les había caído la que tenían y necesitaban cerrar el número al día siguiente; al final se la hice a Ana Belén). Y aquí sigo aún, como colaboradora, escribiendo artículos. Aquí he publicado cientos de entrevistas, reportajes, cuentos. Pensando en lo que ha podido cambiar el mundo y la vida en este medio siglo, vuelvo a recordar que tuve el privilegio de hacer periodismo en las épocas de la opulencia. Por ejemplo, estuve la friolera de dos meses preparando de manera exclusiva un reportaje sobre el asesinato de John F. Kennedy. Y viajé a Washington y a Nueva York y a Dallas para hacerlo. Hoy eso sería un derroche que no se permitiría ningún medio; pero gracias a poder invertir tanto tiempo y tantos recursos, conseguí entrevistas con todas las personas que importaban, desde el gobernador de Texas John Connally, que acompañaba a Kennedy en el coche y también fue herido; a Marina Oswald, la viuda de Oswald, el supuesto asesino oficial. Qué maravilla haber podido trabajar así.

Más diferencias de entonces ahora: el nivel de sexismo. Acepté el cargo de redactora jefa, entre otras cosas, porque las mujeres nos resistíamos a asumir puestos de poder. Nos daba mucho miedo y multiplicaba nuestra consabida sensación de impostura, algo por otra parte muy comprensible, porque todo en el entorno te decía, te chillaba, te escupía desdeñosamente que ese no era tu lugar, que eras un error, una anomalía del sistema, una segundona, una aprendiz perpetua. A mí, en efecto, me aterraba el puesto, pero había escrito artículos reclamando que las mujeres diéramos el paso adelante, y me pareció bochornoso arrugarme. Así que acepté, especificando que sería por muy poco tiempo. Sufrí mucho y lo hice bastante mal. Recuerdo que establecí reuniones semanales con los colaboradores, cosa que nunca se había hecho antes. Curiosamente la revista casi no tenía periodistas fijos; todo se hacía con colaboradores. Mejor dicho, con colaboradoras, porque, a mismo nivel de calidad profesional, los hombres estaban contratados fijos y las mujeres iban subempleadas de redacción en redacción buscando algún apaño (me pregunto si, pese a lo mucho que han cambiado las cosas, aún quedarán desigualdades semejantes).

Entonces instauré esas reuniones semanales y en mi chiringuito, que era un cubículo de cristal transparente en una esquina de la Redacción, nos juntábamos unas 15 mujeres. Yo no había contratado a ninguna nueva; eran las mismas colaboradoras de siempre, solo que ahora eran visibles. Para peor, mi secretaria y amiga, la maravillosa Marisol Lafuente, que por desgracia fallecería muy joven, tuvo que irse de baja de maternidad, y no sé a quién se le ocurrió ponerme un secretario, el primer secretario varón que hubo en EL PAÍS, José Luis Lorenzo, un chico formidable que lo hizo genial. Pero el caso es que cuando nos reuníamos en mi despacho —parece increíble lo que voy a contar, pero era así—, algunos compañeros pasaban por fuera del cubículo, repiqueteaban en el cristal, hacían muecas, como si fuéramos la jaula de los monos. Y algunos me criticaban por haber montado un gineceo. Esto sucedía hace 45 años. Entre todos hemos hecho un lento y largo camino.

He dicho que El País Semanal se hacía a base de colaboraciones, y esa es la última reflexión que voy a hacer sobre los cambios que los años han traído. Tengo la sensación de que en los primeros tiempos EL PAÍS diario, sesudo, emplomado, lleno de texto, influyente y poderoso, despreciaba un tanto a esa volátil cajita de tesoros que era El País Semanal. De ahí que no tuviéramos una redacción fija. Nosotros éramos lo deshuesado, lo descentrado, el aire y la imagen, en un mundo periodístico que apostaba por el texto y desconfiaba de la ilustración. Increíble que esa anterior visión del mundo haya colapsado de tal modo, como un inmenso rascacielos destruido con una voladura controlada. O como las Torres Gemelas desapareciendo entre nubes de polvo. Hoy nos hemos pasado al otro extremo y vivimos no solo inmersos en la imagen, sino alucinados, hipnotizados y atrapados por ella; pero en aquellos años, la lucha por lo visual era una batalla de modernidad muy conscientemente peleada en la revista.

Por esas increíbles portadas confeccionadas por artistas plásticos, por ejemplo; por su inteligente y apasionada apuesta por los ilustradores y los humoristas gráficos (ese genial Juan Carlos Eguillor, esa maravillosa Maitena) y por dar más espacio e importancia a las fotos en las entrevistas y los reportajes. Los grandes fotógrafos que han trabajado para EL PAÍS, todos esos amigos y compañeros con los que he viajado para hacer alguna historia, saben bien lo mucho que tenían que pelear para conseguir que les dieran un lugar y un respeto suficiente. Quiero creer que yo intenté ayudar. Y así, cuando íbamos a hacer un reportaje o una entrevista, me recuerdo después sosteniendo los paraguas plateados de los fotógrafos que servían para rebotar la luz del flash. Ahora que lo pienso, esa imagen de laboriosa Mary Poppins me parece un resumen atinado de mi relación con El País Semanal. Porque miro hacia atrás, a través de tantas cosas y tantas gentes, nada más y nada menos que medio siglo, lo más importante de mi vida profesional, y sigo creyendo que esta pequeña caja de tesoros ha tenido la magia de un buen cuento.

El País Semanal 50 Aniversario

Este artículo forma parte del especial aniversario de la revista que se publica en su edición impresa el domingo 25 de octubre.

Source: El País · Rosa Montero

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