Mi infancia y las moscas… ¡Había tantas y todas gratis, sin importar su tamaño o su color! Estaban en las iglesias, en las peluquerías, en las carnicerías, en las lecherías, en las aulas. Estaban en la cocina, en el comedor, en el dormitorio, en el cuarto de baño, y hasta en un poema de Machado, que luego musicaría Serrat, llegaron a manifestarse. No estaban las moscas ahí y nosotros aquí, sino que las moscas y nosotros formábamos una rara sustancia vital difícil de entender desde la soledad o las soledades de ahora. Había moscas que te acompañaban al colegio y que te esperaban a la salida. Quizá, dirán algunos, no eran las mismas, pero cómo saberlo, quién se atrevería a jurarlo después de los sucesos insólitos a los que hemos asistido durante los siguientes años.

Las matábamos porque eran nuestras, porque eran nosotros y porque sobraban, igual que sobraba yo o sobraban la mayoría de mis compañeros. Había excedente de niños y de moscas, por decirlo con propiedad. Recuerdo unas cintas pegajosas que se colgaban del techo o de los cables de las bombillas de 40 vatios. Las moscas se posaban en ellas porque les atraía el olor o les fascinaba el peligro y se quedaban atrapadas por las patas. No morían enseguida, claro, tardaban horas, creo, tal vez días enteros. Al principio batían las alas con desesperación, intentando escapar del pegamento, hasta que se agotaban y con el agotamiento llegaba la resignación. Había también insecticidas en espray. Bastaba pulverizar un poco el aire para que cayeran en picado, como los cazas alemanes de la Segunda Guerra Mundial que salían en los tebeos de Hazañas Bélicas. Nunca me pregunté qué ocurría dentro de su organismo para que unos bichos que unos segundos antes volaban realizando acrobacias increíbles (hasta bocarriba eran capaces de hacerlo) se desplomaran con esa violencia de repente.

Los niños éramos más crueles que los insecticidas. Arrancarles las alas, por ejemplo, constituía un entretenimiento habitual, al que los mayores no oponían objeción alguna. Un compañero de clase tenía una habilidad extraordinaria para cazarlas al vuelo. Reunía unas cuantas, las pegaba por las alas a un folio y depositaba el folio en el suelo de la clase. Resultaba asombroso verlo desplazarse solo hasta que le dabas la vuelta y descubrías el motor.

En fin, que tenía (teníamos) una deuda con ellas. De ahí que, muchos años después, propusiera a El País Semanal escribir la biografía de una mosca. Había, además de la deuda, una razón de orden práctico. Si uno pretende escribir la biografía detallada de algo o alguien, conviene elegir a algo o alguien que viva poco tiempo. Rimbaud, por poner un caso que se me acaba de ocurrir, vivió 37 años. Poco tiempo con relación a la media, pero a ver cómo cuentas, sin realizar elipsis exageradas, casi cuatro décadas de existencia. La Drosophila melanogaster, en cambio, apenas vive un mes en el laboratorio. Se podía asistir al nacimiento, la infancia, la juventud, el sexo, la madurez, la vejez y la muerte de una mosca a lo largo de unos días que para el observador (yo) apenas supusieran unos céntimos de su existencia.

Ginés Morata y Manolo Calleja, del Centro de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid, me ayudaron a llevar adelante el proyecto. Cultivaban moscas en su laboratorio para ver en ellas lo que nos pasaba a nosotros, pues somos semejantes. De allí salieron Catalina, la protagonista de mi reportaje, y Pruden, su pequeño marido. Vi nacer a Catalina, me la llevé a casa, la vi copular, poner huevos, madurar, envejecer, morir. La observaba a través de una lupa, para que no se me escapara detalle. Lo más inquietante fue comprobar que aquella existencia diminuta contenía, condensados, los mismos afanes que una existencia humana, aunque reproducidos a tal velocidad que cada día suyo equivalía a un montón de años nuestros.

Cuando falleció, el 5 de julio, encontré su cadáver junto al de Pruden, que había entregado su alma un poco antes. Aquel reportaje fue un modo tardío de pagar mi deuda con las moscas y con mi conciencia. No he vuelto a escribir ninguno tan autobiográfico.

El País Semanal 50 Aniversario

Este artículo forma parte del especial aniversario de la revista que se publica en su edición impresa el domingo 25 de octubre.

Source: El País · Juan José Millás

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