Menos de 24 horas ha tardado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en reaccionar a la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil celebradas el domingo, que permitirá un cuarto mandato de la izquierda en el país latinoamericano. “Parecía otra elección amañada, francamente. No tomé partido, pero fue una imagen terrible para el mundo. Las elecciones tienen que ser indiscutibles, y a mí me pareció muy mala”, señaló el mandatario republicano. El candidato derechista Flávio Bolsonaro, que perdió las elecciones tras una histórica remontada de Lula, insistió inicialmente en que no reconocería el resultado electoral, pero este lunes ha dado marcha atrás en sus planes de impugnarlo.
“No me incliné por ningún bando, pero ante el mundo la imagen fue pésima”, insistió Trump camino de Misisipí para participar en un acto electoral de cara a las midterms, donde las encuestas son sombrías para sus intereses. “Una elección más, simplemente. Ya sabes, las elecciones deben ser indiscutibles y, a mi parecer, el panorama fue muy negativo”, agregó en relación a Brasil. Trump también afirmó, en unas declaraciones sorprendentes, dado que Bolsonaro es considerado un aliado del republicano en la región: “No tomé partido. No apoyé a nadie ni a nada, pero seguí el desarrollo de la elección. Pareció algo sumamente corrupto. Algo terrible”.
Lo cierto es que Trump se mordió la lengua para no entrar al trapo durante la campaña electoral de Brasil. El ocupante de la Casa Blanca evitó respaldar públicamente al candidato ultraderechista Flávio Bolsonaro, pese a que guarda cierta relación con el hijo de su “gran amigo” Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, en la cárcel por promover un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.
“No quiero entrar en este tema”, dijo el domingo desde la Casa Blanca durante la jornada electoral en Brasil. “Estamos observando de cerca” las elecciones, agregó horas antes de que se conociera que el Partido de los Trabajadores, liderado por Lula, ganó los comicios en Brasil y gobernará una cuarta legislatura. Tampoco, por supuesto, mostró su apoyo al actual presidente brasileño. Ambos están en las antípodas ideológicas, aunque Trump admite que tiene “buena química” con el veterano mandatario brasileño.
Durante la campaña, Trump había elogiado la victoria del heredero del expresidente brasileño derechista, Jair Bolsonaro, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, pero había evitado mostrar oficialmente su favoritismo. Su aparente neutralidad es un hecho inusual en las elecciones celebradas en Latinoamérica desde que regresó a la Casa Blanca para su segundo mandato.
La equidistancia fue deliberada. La Casa Blanca evitó apoyar públicamente a Bolsonaro por el temor a que resultara contraproducente, según declaró un asesor presidencial a The Washington Post. Sin embargo, ha hecho todo lo posible por favorecerlo. El pasado 26 de mayo, recibió en el Despacho Oval a Flávio Bolsonaro en un acto inusual para un candidato de un país latinoamericano. La reunión se produjo apenas tres semanas después de que Trump se hubiera reunido con Lula. Y puso al candidato derechista al mismo nivel que el presidente.
“La idea era simplemente guardar silencio”, dijo un asesor de la Casa Blanca al Post sobre el encuentro en el Despacho Oval. “Si un respaldo va a ser contraproducente, mejor no darlo”.
En los meses previos a las elecciones, Estados Unidos impuso aranceles del 50% a la mayoría de las importaciones brasileñas. Y meses antes presionó al Gobierno de Lula para la liberación de Jair Bolsonaro, que cumple prisión en una cárcel de Brasil, por su intento de organizar un golpe tras perder las elecciones de 2022.
Reuters llegó a acreditar una campaña del Gobierno estadounidense para que el clan Bolsonaro regresara al poder en Brasil. Entre las medidas de presión para favorecer al candidato ultraderechista figuraban la designación de bandas brasileñas como grupos terroristas y la imposición de sanciones contra el magistrado del Supremo Tribunal Federal que encabezó la investigación sobre Jair Bolsonaro.
Influencia abrumadora en la región
Aunque el ultraderechista Bolsonaro no ha logrado imponerse en Brasil, hubiera sido un aliado de Washington en un momento en el que la influencia de Estados Unidos en la región es creciente. Está imponiendo lo que ha bautizado como la Doctrina Donroe, un juego de palabras para describir la política de Donald Trump para recuperar las tesis del expresidente James Monroe de tener una presencia hegemónica en el continente, asociada a un mayor intervencionismo.
El mandatario republicano apoyó firmemente a Javier Milei durante las elecciones celebradas el año pasado. Llegó a ofrecerle un rescate financiero de 20.000 millones de dólares en forma de intercambio de divisas para mantener el peso y garantizar los bonos argentinos. Condicionó la ayuda a que el líder populista argentino ganara las elecciones legislativas celebradas hace un año.
Desde entonces y poco a poco, Trump fue sumando aliados con esa mezcla de presión diplomática y apoyos públicos que bordean la injerencia extranjera.
Apoyo públicamente a Nasry Asfura en Honduras con varios comentarios en su red social, Truth. También escenificó su “respaldo total” a Abelardo de la Espriella para ganar las elecciones presidenciales en Colombia. Y el pasado noviembre hizo público su apoyo al ultraderechista José Antonio Kast para convertirse en el nuevo presidente de Chile.
Pocos meses después, el chileno firmó el acuerdo para ingresar en el Escudo de las Américas, una asociación de países americanos para luchar contra el narcotráfico y los objetivos militares comunes. Durante el encuentro, Trump felicitó a Kast y dijo: “Me encanta cuando le doy mi apoyo a alguien. ¡Y no pierde! Gastan miles y miles de millones de dólares y pierden, pero cuando me piden apoyo, lo doy y ganan por 30 puntos. Y yo no me quedo con nada. ¿Hay alguna forma en la que me puedan pagar esto?”.
Trump mantuvo el carrusel de apoyos con Keiko Fujimori en Perú; Rodrigo Paz, en Bolivia, y expresó su preferencia por Laura Fernández, en Costa Rica. En los dos años que han transcurrido desde que regresó al poder, Trump ha forjado una alianza con los presidentes conservadores de Latinoamérica, mostrando su favoritismo y denostando, en ocasiones, a los rivales.
El giro político en la región es evidente. Un total de 17 países aliados, de orientación derechista, se han asociado al Escudo de las Américas fundado por Estados Unidos. En la región, prácticamente solo Brasil, México, Uruguay y Cuba están gobernados por la izquierda. Washington ha lanzado una campaña de acoso para acabar con el régimen castrista de la isla caribeña, que sufre un cerco petrolero por parte de Estados Unidos.
Un grupo de congresistas demócratas de Estados Unidos envió una carta al secretario de Estado, Marco Rubio, en la que acusaban a la Administración Trump de urdir una “campaña sostenida y multifacética de injerencia y desestabilización en Brasil”. Lula también llegó a lamentar durante la Asamblea General de la ONU “la injerencia externa en los procesos electorales”.
“Los líderes conservadores están ganando elecciones en todo el hemisferio occidental por mérito propio, porque todo el mundo ve el éxito de las políticas del presidente Trump”, dijo la portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, a principios de mes. “Las acusaciones [de interferencia] son un disparate”.
Source: El País · Jesús Sérvulo González
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