Gary St Pierre está muy preocupado por la imagen que sus vecinos están dando al resto del mundo. Tatuajes nazis, denuncias de maltrato a mujeres, acusaciones de corrupción, dinero sucio e incluso de relaciones incestuosas… “Tengo 76 años y jamás había visto una campaña tan sucia como esta. Mi buzón está lleno de propaganda contra unos y otros. Estoy deseando que todo esto acabe”, afirma este jubilado orgulloso de provenir de una estirpe de ciudadanos de Maine por los cuatro costados que se remonta a varios siglos atrás, cuando sus antepasados desembarcaron desde Francia en este territorio fronterizo con Canadá.

Pese a tanto golpe bajo, St Pierre se ha decidido ya por uno de los contendientes. “El 3 de noviembre votaré a la republicana Susan Collins. Es cierto que no me hizo caso cuando llamé a su oficina para que me ayudara con una factura médica injusta. Pero, pese a todo, creo que es la mejor preparada tras tantos años como senadora y que ha conseguido muchas cosas para la gente de Maine”, se justifica.

La paradoja de este antiguo obrero es que, a pesar de sentirse decepcionado con Donald Trump y decir que jamás volvería a votarlo, sí va a respaldar a la republicana Collins. Puede parecer una contradicción, pero la política en Maine es compleja; y el comportamiento electoral de mucha gente aquí se aleja de las líneas partidistas que marcan en Washington. “Para nosotros es muy importante mantener nuestra independencia. Muchas veces, aquí resistimos las olas que afectan al resto del país”, opina el estratega republicano Lance Dutson.

Con solo 1,4 millones de habitantes, Maine es uno de los Estados menos poblados y más pequeños de Estados Unidos. Pero ese escaso peso no se corresponde con su relevancia en las elecciones del 3 de noviembre. En la guerra por el Senado, la batalla entre Collins y el demócrata Troy Jackson es una de las más reñidas, retransmitida minuto a minuto por los medios a todo el país.

La desproporcionada atención a Maine se explica por tres motivos. Primero, por el perfil de Collins, una republicana que lleva en el Senado 30 años y aspira a otro mandato de seis años. Muchos aquí la ven como una moderada capaz de votar más allá de las fronteras ideológicas. Pero los demócratas desmienten esa fama: la describen como una marioneta de Trump, que sale a su rescate en los momento de la verdad, ya sea cuando hay que nombrar a un juez para el Tribunal Supremo que más tarde tumbará el derecho al aborto o para respaldar la guerra en Irán. Frente a las críticas, esta mujer de 73 años se presenta como la última de una estirpe de políticos eficaces y pragmáticos, alejados de los tiempos de polarización actuales.

Distanciarse de Trump

En un momento de máxima impopularidad de Trump, la campaña de Collins se ha basado en gran medida en mostrar cuán alejada está del presidente y cómo su larga experiencia en el Senado es la mejor llave para conseguir mejoras para sus vecinos. “Está en una situación muy complicada. Ella siempre se ha definido como una republicana moderada, pero no puede permitirse alejar a los trumpistas más fervorosos. Su cercanía con Trump va a ser un tema central en la mente de muchos votantes”, responde Robert Glover, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Maine.

La segunda explicación al morbo que despierta Maine es el culebrón protagonizado por los demócratas, que este verano tuvieron que cambiar de caballo a media carrera. A principios de año, Graham Platner parecía la respuesta que la izquierda necesitaba en tiempos de populistas como Trump. Los demócratas, con su fama de elitistas alejados de las preocupaciones del ciudadano corriente, encontraron en este criador de ostras un político que hablaba de tú a tú a los votantes. Veterano en Irak y Afganistán, desarmaba a sus rivales con una dialéctica eficaz: “Nadie va a convencerme de que lo hice en esos países fue útil para la gente de Maine”, decía. Ascendió tanto que se impuso como candidato al Senado por encima de vacas sagradas del partido, como la gobernadora Janet Mills.

Pero los escándalos empezaron a acumularse. Primero se supo que tenía un tatuaje nazi que él dijo haberse hecho sin conocer su significado. Avisó de que había cosas en su pasado de las que no sentía orgulloso. Y aparecieron mujeres que hablaron de un trato cuando menos cuestionable. Pero él resistió. Hasta que una antigua pareja le denunció por agresión sexual, algo que él siempre ha negado. Ahí ya no pudo aguantar más. Mientras su rival se desmoronaba, la senadora Collins se frotaba las manos.

El partido organizó un congreso exprés para encontrar sustituto, del que salió Troy Jackson, un antiguo parlamentario estatal que no despierta pasiones, pero que tiene el aspecto de un hombre común con el pulso de lo que ocurre en la calle.

Ataques descarnados

Tras la caída de Platner, la marea no ha bajado. Esta campaña se ha ensuciado aún más con un anuncio en el que los republicanos acusaban de incesto a Jackson (tiene un parentesco lejano con su pareja, madre de sus hijos). “Si jode a su familia, te joderá a ti también”, decía la cancioncita. La propia Collins se ha distanciado del anuncio, financiado por un grupo republicano ajeno a su campaña. Dutson, estratega republicano pero muy crítico con Trump, insiste en que estos ataques tan descarnados son algo ajeno a la tradición de Maine y cree que pueden acabar yendo en contra de quienes los han pagado: “La gente está muy enfadada. Han ido demasiado lejos”.

La republicana también ha acusado de machismo a Jackson por un episodio que ocurrió durante uno de sus debates. Unos alborotadores interrumpieron el discurso de Collins y ella dijo que seguramente eran amigos de Jackson, a lo que él replicó: “¡Oh, cállate!”.

El tercer motivo de la gran atención que recibe Maine es que esta es la piedra de toque para que los demócratas se hagan con el Senado. Este es el único territorio en el que Trump perdió en 2024 y tiene una representante republicana que busca ser reelegida. Si los demócratas no vencen aquí, la batalla por la Cámara alta parece casi perdida. Sería paradójico que la caída de Platner por sus problemas con las mujeres provocara la carambola final de impulsar a los republicanos y, con ello, dar cierta tranquilidad a Trump en los dos años que le quedan en la Casa Blanca.

Todos estos factores confluían el jueves en un teatro de Portland, la mayor ciudad de Maine, a donde acudió la reina sin corona de la izquierda estadounidense, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, a respaldar al aspirante Jackson. Allí se respiraba una sensación de ahora o nunca.

En ese acto para estudiantes con preguntas para los dos demócratas, se habló de los recortes en sanidad y educación, de cómo los multimillonarios se habían hecho con el control del país sin contrapesos democráticos y de un gasto en defensa que no dejaba de subir mientras los ciudadanos de a pie sufrían cada vez más para llegar a fin de mes.

Jackson, un antiguo republicano que se pasó al bando demócrata y ahora es parte del sector más progresista del partido, insistía en Portland en la necesidad de una sanidad pública y universal, algo que no hace tanto tiempo a muchos en Estados Unidos parecía algo propio de países comunistas. “Lo que necesita este país es gente que se preocupe por el ciudadano común. Esta campaña va precisamente de eso, de cómo aumentar los impuestos a los ricos para buscar soluciones. Es increíble que nos hagan creer que pedir una sanidad de calidad es demasiado”.

Es un discurso que conecta con amplias gamas de un electorado asfixiado por las facturas de la luz, los seguros médicos y la gasolina. La duda es si será suficiente para deshacerse de los fantasmas del pasado y dar a los demócratas un escaño clave con el que hacer sufrir a Trump en la segunda mitad de su mandato.

Source: El País · Luis Doncel

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