No hay duda de que Sara Carbonero (Corral de Almaguer, 42 años) es periodista hasta la médula. Intuye perfectamente cuando un colega busca el titular fácil y también cuándo se enfrenta a preguntas nuevas. Sabe cómo ser cálida poniendo límites. “No es el mejor momento. Mi madre falleció en abril. Hay días que me levanto pensando: ‘Por favor, que pase algo bueno’”, explica con dulzura al final de la entrevista. Pero también es una enorme empresaria. Estuvimos con ella en Valencia, en la apertura de su novena tienda Slowlove. “Estamos muy orgullosas porque emprender es durísimo. Nosotras las hemos pasado canutas”.

Pregunta. Sara Carbonero es un estilo. ¿Qué cosas que la definían cuando empezó ya no se pondría ni loca?

Respuesta. Cambiaría el maquillaje, fíjate: antes me hacía unos ahumados tremendos, el eyeliner. O por ejemplo, siempre he tenido mucho complejo con la boca, porque desde pequeña he tenido los labios muy gruesos y me daba por tapármelos con maquillaje y ahora eso me parece un absurdo como una casa.

P. ¿Qué ha hecho con aquel vestido rojo de una marca low cost con el que se hizo famosa?

R. Pues lo tengo en un sitio privilegiado, en un portatrajes con mis vestidos de ocasiones especiales: desde los bautizos de mis hijos, hasta la recepción en Guimaraes, cuando tuve la suerte de conocer a los reyes actuales… No tengo hijas, que es una pena. No voy a poder dejárselo en herencia.

P. ¿No hay sobrinas?

R. Parece que en esta fábrica solo salen chicos [risas].

P. ¿Es verdad que es más difícil criar a chicos que a chicas?

R. Yo tenía muchas ganas de una niña, por compartir con ella este universo, mi ropa, mis cosas. He tenido una hermana y sé lo bonitas que son nuestras conversaciones, pero te diré que lo que me están dando mis niños no lo cambio por nada. Hay un vínculo madre-hijos varones de protección, de idolatría, también, de verme como una superheroína, que es único. Me emociono con lo que me protegen porque se ven los hombres de la casa.

P. ¿Cómo lleva que jueguen al fútbol los dos?

R. No me gusta hablar de ellos pero ahí están los partidos y las retransmisiones. Llevan cinco y seis años respectivamente en el Real Madrid, jugando como porteros, y bueno, es un mundo que yo ya conocía, pero que ahora lo estoy viviendo desde el papel de madre, que te aseguro que es muchísimo más sufrido.

P. ¿Por qué?

R. Porque son tus hijos y se te va una parte de la vida en ellos. Cuando encima están en la posición de portero, que ya lo viví, claro, y es la más ingrata del mundo… puedes hacer un partido buenísimo que como el último gol te lo metan a ti, la gente se va a quedar con eso. Y a la historia me remito. En cambio, un delantero puede fallar, puede tirar veinte y meter una. Pero yo, mis niños, lo sufro. Reconozco que lo sufro mucho. Aunque soy madre, sufriría igual si estuvieran haciendo gimnasia rítmica, atletismo, que también se les da fenomenal, o básquet. Sé que es un juego y durará lo que tenga que durar.

P. ¿Pero el mundo del fútbol cada vez le interesa más o menos?

R. Yo tenía clarísimo que quería ser periodista, comunicar en radio, tele, me daba igual, y empecé en el periodismo deportivo de rebote. En Radio Marca me enamoré del deporte de una manera muy sana porque para mí era un juego, no me iba en ello la vida, no era política, no era algo trascendente. Una vez estuve involucrada compartiendo la vida con un deportista de primera división empecé a ver las cosas por dentro, cosas que antes no veía, y perdí muchísimo la ilusión.

P. Se le pregunta mucho si se arrepiente de abandonar su carrera como periodista. ¿Le da rabia que no reconozcan su faceta de empresaria?

R. A mí me gusta mucho que la gente me identifique con el periodismo y es verdad que cuando me fui a Oporto estaba en un momento muy bueno de mi carrera, pero no me he arrepentido ni un segundo. Y, por otro lado, siempre he defendido mi relación con la moda: nunca he comprendido por qué me restaba prestigio ir bien vestida a un partido. ¿Por qué pierdo credibilidad si quiero ir guapa? ¿Tengo que ir hecha un cuadro a trabajar? Sí me gustaría que se le diese un poco más de crédito a mi faceta empresarial. Estuvimos a punto de abandonar, había mucha competencia, la empresa no era rentable: lo comido por lo servido. Ahora estamos muy orgullosas y me gustaría que la gente lo supiera.

P. ¿Usted ha llegado a pensar que si su éxito hubiese tenido lugar después de la gran oleada feminista hubiese sido recibido de otra manera?

R. No lo digo mucho, porque no he sido muy consciente, pero claro que he vivido un machismo desmedido. Lo que yo viví en el mundial de Sudáfrica no se lo deseo a nadie. La portada de The Times dando a entender que yo, con mi plumas, a menos dos graditos, desde una esquina, sentada haciendo mi trabajo podía desestabilizar a un hombre… Era machismo pero también te digo que le dejaba a él fatal: un profesional como la copa de un pino se deja meter un gol porque está ahí su pareja. Yo creo que eso ahora mismo sería imposible.

P. A ver por cuánto tiempo, porque parece que el feminismo tiene que estar siempre en guardia…

R. Cuando yo empecé había muy poquitas chicas. Ahora tú vas a una rueda de prensa de fútbol y a lo mejor hay quince mujeres. Pero es verdad que no hay que bajar la guardia. Yo a alguna manifestación que otra sí que he ido porque me parece muy importante. Hay mucho que hacer todavía, mucho que avanzar y no soy muy optimista con el panorama. Pero sí he pensado mucho en que en aquel momento salieron solo dos personas a defenderme, nada más.

P. Cuando fue lo de Jenni Hermoso y el beso de Rubiales hubo gente que lo relacionó con el que le dio Iker. ¿Usted misma qué pensó?

R. A mí me hizo reevaluarlo y creo que es que no tiene nada que ver una cosa con la otra.

P. ¿En su caso no hubo un problema de consentimiento?

R. Vamos a ver, se sabía de sobra que éramos pareja, porque ya había salido en prensa. Simplemente éramos ultradiscretos y a mí me pareció una cosa espontánea, bonita. Yo con mi chico estoy de tú a tú, no hay abuso de poder. Además los aplausos eran muy especiales porque eran los de Letizia, Felipe y Doña Sofía, la reina entonces. Lo de Jenni Hermoso y Rubiales fue muy desagradable, no se puede comparar.

P. Y nunca le dijo: “Oye, guapo. ¿Cómo haces eso sin pedirme permiso?”

R. Yo creo que le dije: ¡qué vergüenza! Pero es lo que más le llegué a decir porque no había maldad ninguna, o sea, ¡qué vergüenza! Ya está. Porque insisto, era mi pareja y además estábamos en Sudáfrica, no nos enterábamos de nada, no sabíamos que eso iba a ser lo que marcaría en parte también mi relación con los medios y mi cambio de vida.

P. ¿Le hubiese gustado cubrir el primer mundial que ganaron las mujeres?

R. Me hubiese encantado, por supuesto, pero no con Rubiales. En la época en la que yo hacía deporte el fútbol femenino no era nada, no daba audiencia, no había nada. Me alegro infinito de esta selección de campeonas que tenemos y tengo contacto con muchas.

P. ¿La moda se ha convertido para usted en un refugio o cada vez le parece más frívola?

R. No es lo más importante, por supuesto, porque si no estamos bien de aquí [señala la cabeza]... Y yo ahora mismo la cabeza… pues vengo de una etapa muy complicada en que he tenido que hacer mucho ejercicio de meditación y en lo espiritual la moda pinta cero. Pero luego me encanta ponerme mona y fijarme en la gente por la calle. Siempre me ha encantado eso.

P. ¿Y de dónde viene ese gusto por el estilo?

R. No lo sé pero mi madre me contaba que con cuatro años ya le decía qué quería ponerme para el colegio. Que me preparaba el atuendo y le decía: esto no o esto sí.

P. ¿Guarda muchas cosas de su madre?

R. No he sido capaz todavía de ir a su casa a sacar todo, esa es la verdad, pero algunas cosas que me han llegado me las pongo, como este anillo que llevaba desde que nací [señala el anillo]. Es como tener un trocito de ella.

P. ¿La moda le obliga a tener una relación demasiado controladora con su cuerpo?

R. Es que yo soy de constitución delgada, así que al contrario, me gustaría engordar. Sí que cuido muchísimo mi alimentación y a lo mejor eso tiene que ver con que no engorde mucho, no lo sé, pero yo no me sacrifico nada. Esto sentará mal a mucha gente, pero ¿qué hago si tengo esta constitución? Y además soy una persona muy nerviosa, que es lo que estoy ahora aprendiendo a calmar. Y esos nervios queman muchísimo. Ya sabes esa frase que dice que no hay mejor dieta que los divorcios y las mudanzas, que te quedas consumida. Y en este caso hay un duelo. El estómago se cierra, se cierra, se cierra, y ahí no puedo hacer mucho.

P. He leído que su abuela era capaz de hacer tortilla para 50 personas. ¿Es usted ese tipo de persona?

R. Yo, qué va. Esa es la materna, que en época de vendimia pues venían jornaleros en tren de Jaén a ayudar. Yo me metía en el tractor con mi abuelo y también iba con ellos. Y cuando llegábamos a casa mi abuela había hecho no sé cuántas tortillas, la chistorra, los pimientos verdes, hasta postre. Y nos sentábamos 50 personas ahí, cada uno como podíamos, no te creas que cabíamos todos en la cocina, porque era una cocina patio que le llamábamos la portá. Pensé que me hablabas de la otra, que cumplió cien años el año pasado y falleció. Era una mujer increíble y mi abuelo era 11 años más joven. Ella había sido su profesora en la escuela. Imagínate, ¡enamorarte de un alumno! Murió con las uñas y los labios pintados de coral, siempre el mismo de Chanel, y sus collares de perlas, sus sombreros… ¿ves?, ¿qué tiene de malo ser presumido?

P. Entonces igual le viene de ahí la coquetería…

R. Hay historias muy variopintas en mi casa, pero sí. Yo creo que llevamos más en el ADN de lo que pensamos. Por eso mis hijos son porteros…

P. ¿Usted cree que hay que tener pareja para sentirse realizado?

R. No, ya no. A ver, a mí me encanta la vida compartida, me encanta. Soy romántica confesa, como dice mi amiga Valeria Castro en una canción maravillosa. Yo voy a ser así siempre, voy a idealizar. Lo que pasa es que a veces es más difícil porque no doy con lo que yo exijo. Para mí el amor está muy arriba y cuando me separé comprendí que no para todo el mundo está en el mismo lugar. Es difícil encontrar gente tan intensa como yo. Intensa es la palabra que me define.

P: Pero ya no lo necesita tanto…

R: Yo ahora tengo que pasar un duelo por mi madre, por mis procesos de salud, que han sido muy duros, mucho más de lo que la gente puede pensar. Y entonces, como tengo esta prioridad de salud, yo la poquita energía que tengo me la tengo que guardar para mí. Y después de mí, los niños.

Source: El País · Raquel Peláez

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