“Voy a sonar frío. O es como tú dices. O es que ya no está”.

Rodrigo Hernández, un fisioterapeuta de 26 años nacido en Aguascalientes (México), residente en Oklahoma City (Estados Unidos), va en coche de camino a Toledo, por carreteras que atraviesan las tierras de El Quijote. Se ven campos roturados, algún olivar, cerrillos y, a veces, jirones de humo de alguna quema de rastrojos. Habla al teléfono con un amigo; le va contando que acaba de abandonar el hospital Mancha Centro, en Alcázar de San Juan, y se dirige ahora mismo a la comandancia de la Guardia Civil en la capital manchega. Allí es donde, según tiene entendido, van quienes buscan a sus familiares aún desaparecidos tras el accidente de Urda. “Voy a hacer una prueba de saliva”. Le tomarán una muestra de ADN que quizá ayude a dar con su primo, Fernando Calvillo, de 45 años, del que no tiene noticias más de un día después del accidente. Tras colgar, después de un silencio, dice: “Lo increíble es que yo me quedé dormido”.

Perdió el AVE siniestrado porque la noche anterior salió de fiesta, se lio hasta tarde y a la mañana siguiente no se despertó a tiempo. Está vivo. Pero cuenta todo esto con una mezcla de sentimientos que desde luego no se parecen a la alegría. “Si te pudiera describir lo que se siente…”.

El destino es caprichoso. Hernández aterrizó en Madrid procedente de Estados Unidos el martes 27 de octubre de madrugada, el mismo día en que cumplía 26 años, y un día antes del siniestro. Había planeado pasar unos días de vacaciones en España. Entre otras cosas, tenía previsto ir a Sevilla junto a su primo (también con doble nacionalidad estadounidense y mexicana), el marido de este (estadounidense) y un amigo mexicano residente en Madrid. Tenían los cuatro billetes para el AVE en el vagón 8, uno de los más afectados. Pero solo dos de ellos se subieron.

Como era su cumpleaños, Hernández quedó la noche anterior para celebrarlo con un grupo de amigos que aún conserva en Madrid, de cuando vino a estudiar un máster en fisioterapia en 2024. Se liaron, se fueron de copas, le animaban a seguir: “¡Es tu cumpleaños!”. Su primo y la pareja de este, en cambio, prefirieron no salir esa noche para madrugar y coger el tren. Cuando se fue a dormir a casa de su amigo en torno a las cinco de la mañana, tenía claro que perderían un tren tan temprano, no serían capaces de levantarse: “Mañana les avisamos, ya cogemos otro más tarde”. Le despertó de pronto su amigo con las noticias del accidente. Y, cuando trataron de localizarlos, ni su primo ni su marido respondían al teléfono.

Se suceden horas confusas de llamadas a la familia, al 112, a embajadas y consulados. Los muertos van aumentando en las noticias. La situación se vuelve verdaderamente preocupante cuando desde el otro lado del Atlántico un familiar les pasa la ubicación del Apple Watch de su primo: localizan las coordenadas, que coinciden exactamente con el punto del accidente. Ahora ya se temen lo peor. A las siete de la tarde reciben indicaciones de que Lawrence, el marido de su primo, está vivo. Se encuentra en el Hospital Mancha Centro. Está siendo intervenido; sufrió varias lesiones, sobre todo en las piernas, donde tenía una herida abierta de la que asomaba el hueso. De inmediato, Hernández y su amigo se desplazan hasta allá con unos billetes de tren que les proporcionan en Renfe.

Hernández ha pasado esta noche allí, en el hospital. Habla tranquilo y pausado, sin perder la calma, pero es consciente de que tiene que estar preparado para lo peor. Tiene una barba espesa, los ojos oscuros, viste jersey y chaqueta negra, pantalón azul oscuro; de algún modo sigue estando bien peinado. Describe a su primo, por si alguien pudiera dar alguna información: “Iba vestido con una playera [camiseta] blanca o crema, una chaqueta de mezclilla que no sabemos si la llevaba puesta en un momento o no, pero de ahí en más es la única información que tenemos”. Mide 1,80; pesa entre 80 y 90 kilos; tiene ojos “color café”, se lee en un mensaje que ha hecho circular.

Lawrence y Fernando, quien sigue desaparecido, viajaban juntos. Asientos 7C y 7D. Hernández y su amigo tendrían que haber viajado justo delante: 6C y 6D.

Por su trabajo, que ha ejercido alguna temporada en hospitales, ha visto cosas terribles, según cuenta: extremidades amputadas, vidas rotas en sus brazos.

Lawrence está estable y fuera de peligro, y le ha contado los detalles que recuerda del accidente: tenía los ojos cerrados, se disponía a dormir cuando el tren sufrió el impacto. Acabó debajo de maletas y de partes del vagón; oía gritos, que fueron remitiendo, se notaba frío, empezó a temerse que no sobreviviría. Llamaba a su pareja, Fernando, sin respuesta. Trataba de encontrar su móvil para marcar el número de su madre, pero no había forma. Lo ayudaron a salir. “No te quedes dormido”, le decían unas personas que se mantuvieron a su lado hasta que lo trasladaron al hospital.

Al llegar a Toledo, A Hernández le indican en la comandancia que se dirija a la Casa Sacerdotal, donde se ha improvisado un centro al que acuden familiares de las víctimas desaparecidas en busca de información. El ambiente, en los jardines y las dependencias interiores, es sombrío, el propio de una tragedia de esta magnitud. Hay decenas de personas, familias abrazándose, ojos enrojecidos de tristeza y agotamiento, lágrimas de dolor, rostros tensos y pálidos de incertidumbre, voluntarios que consuelan y personas que recopilan y tratan de proporcionar información. Se habla en voz baja.

No le pueden dar noticias de su primo. Pero sí un rayito de esperanza: ha habido confusión con algunos nombres y, quién sabe, uno de ellos podría ser él, quizá. En este lugar, a veces, llegan buenas noticias: de pronto una niña, que está bien y ha sido identificada en un hospital. A otros les cuentan, en cambio, que ese familiar al que buscaban ha fallecido. Los demás siguen envueltos en esa incertidumbre. A Hernández le han ofrecido una habitación en la Casa Sacerdotal para pasar la noche. Y aquí, en esta casa de ladrillo, tiene previsto quedarse.

Source: El País · Guillermo Abril

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