Nunca antes en la historia de Brasil se había producido una remontada como esta. Nunca antes en la historia de este país, como le gusta decir a Luiz Inácio Lula da Silva, se había visto algo tan bonito. Ni siquiera el movimiento por la redemocratización tras 21 años de dictadura movilizó a tanta gente anónima como ahora, para derrotar al fascismo que representa la familia Bolsonaro. Fue Maria, fue João, fue Ana, fue José contra el Meta de Mark Zuckerberg, que hasta la ONU señaló que había reducido el alcance de las publicaciones a favor de Lula. Fue Raimunda, fue Francisco, fue Carolina, fue Paulo quienes convencieron a los indecisos de que el bolsonarismo no es de derechas, y mucho menos conservador, sino fascismo. Y ahora Lula, reelegido, debe su mandato al pueblo, como debe ser. Porque en las últimas tres semanas lo que se ha visto en Brasil ha sido la democracia ejerciéndose en toda su plenitud para impedir que el bolsonarismo volviera al poder, corrompiera la Constitución, llevara la selva amazónica al punto de no retorno y se arrodillara ante Donald Trump.

La democracia en Brasil ha vencido en un mundo en el que el fascismo avanza. La democracia por la que muchas brasileñas y brasileños luchamos, por la que lucharon nuestros padres y abuelos; la democracia por la que muchos sufrieron brutales torturas por defenderla, otros siguen desaparecidos hasta hoy y otros fueron asesinados por agentes del Estado. La democracia que comenzó a enmendar la violencia estructural contra los negros con el Estatuto de Igualdad Racial y las cuotas raciales en las universidades. La democracia que sacó a Brasil del mapa del hambre. La democracia que permitió que los más pobres llegaran a la universidad. La democracia que fortaleció los derechos de los pueblos indígenas y de las poblaciones tradicionales. La democracia que garantizó el programa social Bolsa Familia. La democracia que salvó lo que aún queda de la Selva Amazónica, del Cerrado, del Pantanal, de la Selva Atlántica, de la Caatinga y del Pampa. La democracia que creó el SUS, el mayor sistema sanitario público, universal y gratuito del mundo. La democracia que garantizó el derecho de cada persona a vivir su orientación sexual y a formar familias con diferentes composiciones de género, respetando las diferencias y con la certeza de que la diversidad es una riqueza. La democracia que impulsó la cultura más allá de los salones de las élites. La democracia que nos permitió ser quienes somos.

Tras haber visto el bando progresista paralizado durante tantos años, inmovilizado ante tantos horrores que cometió Jair Bolsonaro cuando era presidente y el Congreso a lo largo de tantas legislaturas, el sorprendente despertar tras la primera vuelta de las elecciones convierte a Brasil en un faro para el mundo. Porque es posible despertar el instinto de supervivencia de un pueblo. Y la mayoría de las brasileñas y los brasileños tomaron las calles, las de asfalto y las digitales, para luchar por la vida. Como si el Brasil más bello se hubiera reencontrado consigo mismo.

Hay que celebrarlo, pero sin bajar la guardia. La lucha seguirá siendo muy difícil. Lo que Brasil ha conquistado el 25 de octubre es aplazar lo peor. Lula tendrá que hacer frente a cuatro años muy duros, en una coyuntura nacional y mundial dramática y a una edad muy avanzada. El presidente reelegido tendrá que hacer frente a un Congreso dominado por el bolsonarismo. Por sí solo, Lula no puede detener la avalancha fascista que corroe las instituciones. El movimiento que ha garantizado su permanencia en el poder tendrá que mantenerse y ampliarse. Ya no un “ejército de Lula”, sino comunidades de reflexión y acción. Las campañas en las redes sociales son necesarias, pero hace falta mucho más que eso: hace falta debatir y planificar estrategias. Hace falta construir un éxito para 2030. Y quizás lo más difícil: hace falta que el Brasil que ha ganado escuche a los casi 60 millones de brasileños que votaron a Flávio Bolsonaro, porque tienen algo que decir que no se puede ignorar.

Por muy espectacular que haya sido esta remontada en el gravísimo momento actual, hay que entender que se trata de una victoria importante, pero puntual. La democracia brasileña sigue corriendo un gran peligro. Ahora, el desafío es saber si la potencia redescubierta de un pueblo será capaz de mantener la movilización que exige el día siguiente.

Source: El País · Eliane Brum

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