Sentado en la suite de un precioso hotel, con un iced latte en la mano, a Paul Banks (Essex, 48 años) se le aprecian pocas secuelas de aquella vida intoxicada que llevó y que casi lo manda al otro barrio. Al cantante de Interpol se le ve feliz en su madurez. Su banda, que brilló en el Nueva York de principios de los dosmiles al calor del revival post-punk, disfruta ahora de una segunda juventud, aupado por una generación que vuelve a venerar el arquetipo del indie atormentado a lo Ian Curtis, con quien siempre se comparó a Banks.
Está en Madrid para presentar This Mirror Weighs a Ton, el octavo disco de la banda. Conoce bien la ciudad. Vivió en ella de los 11 a los 16 años. Todavía conserva amigos y los visita cada vez que viene. Se enamoró de la capital, cuenta, y aprendió que con tiempo y la actitud adecuada iba a poder vivir en cualquier sitio. “Cuando llegué iba en BMX y jugaba a baloncesto con otros niños. Me fui con 16 años, pero para entonces ya bebíamos, fumábamos y salíamos a discotecas. Fueron los últimos momentos de felicidad pura y los primeros de la vida adulta”.
Creció junto a los skaters en la plaza de Colón porque su padre, ejecutivo del sector automovilístico, vino a Madrid por un puesto en Volkswagen. Luego arrastró a su familia a México y a Nueva Jersey. “Cuando se habla de familias o de niños que se mudan mucho casi siempre se plantea desde un punto negativo, pensando que nunca echarán raíces o tendrán una sensación de desamparo. En mi caso fue exactamente al revés, me permitió ser un ciudadano del mundo con la idea de que todos los sitios tienen encantos”.
Banks estudió Literatura en Nueva York. Era la época del renacer del rock, con bandas como The Strokes, Yeah Yeah Yeahs, The Rapture o LCD Soundsystem. En 1997, se unió a Daniel Kessler, Carlos D y Greg Drudy para formar Interpol. Cinco años después, con Sam Fogarino en lugar de Drudy, debutaron con Turn On the Bright Lights, un álbum clave de aquella escena. Pero, mientras Interpol crecía comercialmente, sus miembros empezaron a acusar el desgaste. En 2010, Carlos D dejó el grupo. Para Banks, aquellos años estuvieron marcados por el consumo de sustancias. Las dejó, relata, cuando se dio cuenta de que por ese camino no iba a durar mucho. “Tuve que ser honesto conmigo mismo y reconocer que estaba llegando a un punto en el que me acercaba a situaciones mortales. Y luego fui a tratamiento”.
Se fue a vivir a Nueva Jersey, a una casa que le pillaba lejos del bar y de algunos de sus amigos a quienes tardó tiempo en volver a ver. “Hay que darse cuenta de que no basta con alejar la cerveza de la mesa. Tiene que estar fuera. Una vez que algo está de verdad fuera de tu cabeza, ya no hay mucho más que hacer. Fue duro, tuve que pasar por un fuerte reequilibrio químico, y creo que padecí depresiones bastante profundas en aquella época. No pude dejar los cigarrillos hasta mucho después. Pero las drogas y el alcohol no fueron tan difíciles, porque era el momento y yo estaba listo”.
Pese a todo, tiene buen recuerdo de aquel año y medio de recuperación, en el que hizo mucho ejercicio y se volcó en la música. “En 2013 hice una mixtape muy loca que se llama Everybody on My Dick Like They Supposed to Be [Todos en mi polla, como deberían]. No sé si la conoces, está solo en YouTube. Fue algo que hice por diversión. Aprendí a usar Logic [un programa de producción musical], y descubrí por primera vez que podía escribir con trompas, con trompetas o con trombones, que podía crear cualquier sonido que quisiera. Fue una porción de creatividad pura en un momento en el que lo necesitaba de verdad”.
Como muchos otros artistas que se acostumbran a crear bajo los efectos de sustancias, Banks necesitó un tiempo para descubrir que podía hacerlo desde la sobriedad. “Nunca he tenido la sensación de que la bebida o la hierba (yo sigo fumando hierba) ayuden a la creación. Sirven como una especie de preámbulo ceremonial al proceso creativo. Así que puedes prescindir de ellas y, en su lugar, sentarte unos minutos y decirte en voz baja que vas a canalizar tu creatividad y vas a intentar hacer algo hermoso”.
Cambió su vida y encontró en el surf y el boxeo dos actividades con las que llenar ese “vacío de emoción” que antes le daban las drogas. Al estar subido a una tabla en mitad del océano aplicó el mismo principio que al dejar de beber. “Cualquier término medio te va a hacer caer. Tienes que librarte por completo del miedo. Si estás sobre la tabla y empiezas a pensar que hay un tiburón debajo de ti, lo más normal es que pierdas el control. En lugar de eso, pienso: ‘No estoy en el menú, estoy haciendo algo que no contamina, sobre un objeto flotante, estoy seguro de que el universo no está enfadado conmigo por estar en el océano. Y si el universo quiere que un tiburón se confunda y venga a morderme, ¿qué coño voy a hacer yo?”.
El final del proceso culminó con el nacimiento de sus dos hijos, que le han cambiado la forma de trabajar y concebir su carrera. “Pienso en qué querría que pensaran mis hijos: en si les gustaría lo que me esfuerzo, si admirarían el compromiso con mi oficio. Ser padre ha iluminado todas las habitaciones de mi alma. No es que el amor que sientes normalmente llegue a diez y ahora llegue a once. Es otra cosa. Es como una habitación que no sabías que estaba en tu casa, y de repente la descubres y alguien enciende la luz, y ahora hay ese espacio de más”. Al final de la entrevista, saca el móvil y muestra orgulloso la foto de sus hijos. Aún no conocen la historia de su padre, pero algún día lo harán. ¿Le preocupa lo que puedan pensar de él? “¿Lo dices porque algunos temas son un poco raros u oscuros? Lo he pensado. Pero por lo que he oído a otros artistas hablar de sus hijos, a ellos les da bastante igual quiénes sean sus padres en el mundo del arte. Robert Downey Jr. cuenta que los suyos ven Los Vengadores, pero les da igual que su padre sea Iron Man: a ellos les gusta Thor. Para mí, lo importante es asegurarme de que esto no se interponga en ninguna parte de su vida ni les afecte negativamente”.
Source: El País · Daniel Soufi
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