El título genérico de la columna, ‘Palos de ciego’, se me apareció mientras daba vueltas a una frase de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Esta columna siempre ha aspirado a entregarle al lector un pedazo de prosa decente, a entretenerle un rato, a hacerle un poco de compañía; en el mejor de los casos, a que ambos, lector y autor, podamos intuir a tientas algo de la oscuridad que nos rodea. No se me ocurre un propósito más ambicioso.
El País Semanal forma parte de un periódico, pero quizá se parece más a una revista que a un periódico. En un periódico, los textos se publican de un día para otro, a veces de un momento para otro; en El País Semanal, no: baste decir que escribo estas líneas más de dos semanas antes de su publicación. El periódico es adicto a la urgencia: cuenta las cosas que pasan en el momento en que pasan, en medio del polvo, el ruido y la furia de la actualidad; El País Semanal trabaja con más calma: aquí escribimos cuando la polvareda se apacigua y la furia y el ruido desaparecieron o se atenuaron y el presente empieza a ser pasado y ya es posible intentar entender o empezar a entender lo ocurrido, o parte de lo ocurrido. El periódico tiende a la narración; El País Semanal, a la reflexión. Para un servidor, que no es periodista y siente que el periodismo es algo demasiado serio como para considerarse periodista, esto representa una ventaja, entre otras razones porque no le obliga a escribir con la velocidad del periodista, de la que es incapaz. (Aquí, como casi siempre, me siento muy próximo a Oscar Wilde. “Me he pasado el día escribiendo”, declaró. “Por la mañana quité una coma; por la tarde, la volví a poner”). No es la única ventaja. Dado que no se hallan sometidos a la dictadura de la actualidad, los textos de El País Semanal pueden alzar la mirada de lo inmediato y particular a lo general y universal; de ahí que deriven hacia lo ensayístico, lo literario y lo personal, que es lo más universal. Por otra parte, es sabido que los escritores padecemos una querencia incontenible por la irrealidad; escribir una columna, sin embargo, obliga a mantener un pie en lo real, a interesarse por lo que ocurre alrededor y ocuparse mínimamente de la polis, de lo que nos atañe a todos. Esto es a menudo incómodo, pero siempre es saludable, porque un escritor es antes que nada un escritor, pero también es un ciudadano y tiene los mismos derechos y deberes que cualquier ciudadano, empezando por el deber de ocuparse de la polis; a mí, sin ir más lejos, esta columna me ha obligado a estudiar asuntos que, si no hubiera tenido la responsabilidad de escribirla, quizá nunca hubiera estudiado: era la única forma de participar en el debate público no solo con la honestidad y humildad exigibles a cualquier articulista, sino también con algún conocimiento de causa. García Márquez, que fue periodista antes que novelista (además de discípulo aventajado de Faulkner), decía con razón que para un novelista es bueno escribir una columna, porque le permite mantener la disciplina de escritura entre novela y novela, como si el periódico fuera un gimnasio. Reconoceré que, en mi caso, con frecuencia he usado esta columna como laboratorio; la prueba es que durante los últimos 25 años apenas he publicado un libro que no haya tenido en estas páginas su origen, o que no se haya alimentado de ellas. Todo eso que le debo a El País Semanal.
Pero sobre todo le debo otra cosa. “Escribir una columna es como invitar cada domingo a tu casa a un montón de gente”, me dijo hace casi 25 años Alex Martínez Roig, por entonces director de El País Semanal, cuando me invitó a colaborar aquí. Nunca empiezo a escribir esta columna sin recordar esas palabras, sin recordar que escribirla equivale a entablar un diálogo personal con ustedes, los lectores. Y que el primer beneficiario de ese diálogo soy yo.
El País Semanal 50 Aniversario
Este artículo forma parte del especial aniversario de la revista que se publica en su edición impresa el domingo 25 de octubre.
Source: El País · Javier Cercas
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