Un 15 de abril de 1970, Indro Montanelli tomó la estupenda decisión de enfadarse con el responsable de Il Gazzettino, Lauro Bergamo. Bergamo le había dedicado un editorial a Montanelli, y Montanelli escribió en sus diarios: “Voy a contestarle en su propio periódico y todos creerán que nos estamos peleando. Pero qué va, nos hemos puesto de acuerdo para discutir, y la pelea será fingida”. El caso es que los dos, movidos por la atención que se les prestaba, empezaron a endurecer su réplica. Hasta que Bergamo descolgó el teléfono iracundo: “Te publico porque ese era nuestro pacto. ¡Pero tú muerdes!”. “Tú también muerdes”, contestó Montanelli. “Sí”, reconoció humilde Bergamo: “Pero tú haces daño”. Escribe Montanelli en sus diarios, Cuentas conmigo mismo (La Esfera, 2011), que, efectivamente, Bergamo daño no hacía.

¿Hace daño Javier Milei? ¿Hace daño a aquellos a quienes insulta? ¿Da o resta votos un zafio gritando dictador impresentable al presidente de una democracia? ¿Ganaría o perdería votos Núñez Feijóo si, como hizo Zapatero ante Chávez, defendiese, no a Sánchez siquiera, sino a la democracia española de los ataques de Milei? Es importante esto: no confundir atención con persuasión. Hay estudios que creen que la mala educación rebaja mucho el interés por lo que dice el político y otros explican que puede conectar mejor con personas de actitudes populistas. Ambas lecturas son compatibles. El insulto no convence mucho a quien está fuera del grupo, pero da forma y energía al rebaño convencido. Y regala al líder una escena reproducida automáticamente: hay alguien por ahí que se ofende, el líder se burla de la ofensa, los fans celebran la burla y la respuesta del ofendido confirma, cómo no, que el sistema no soporta que le digan la verdad. En esto hay que decir que los columnistas ―me incluyo el primero y a menudo por la pereza de buscar asuntos más interesantes― somos tontos útiles. Esta semana, con la gira insultona de Milei, pensé si este hombre, estos líderes, importan a alguien más que a los periodistas, insultados o no, que les hemos dedicado eufóricas censuras solemnes. ¿No estamos todo el rato haciendo un juego absurdo a esta ralea de bastos que no tienen ningún efecto fuera de su círculo porque de tan burdos son invisibles o desagradables?

Fue en 2004 cuando Labordeta, desde la tribuna del Congreso, llamó “gilipollas” a un diputado del PP, Carlos Aragonés. Pidió perdón y aceptó que se retirase el insulto del diario de sesiones. Un año después. Zapatero llamó a Rajoy “patriota de hojalata” y Rajoy le respondió con un “bobo solemne” del que tomó nota un jovencísimo Leo Messi ya instalado en Barcelona, absorto en los vericuetos de la política española. Del “bobo solemne” de Rajoy, un insulto de cierta elegancia y como respuesta a un ataque anterior, al “mierda”, “psicópata” y “chulo de putas” de Abascal a Sánchez y al “rata” de Abascal a Marlaska, y al “hijo de la gran puta” de Ortega Smith a Sánchez, hay un trecho moral, una distancia abrumadora que le gustaría recorrer a Isabel Díaz Ayuso, pero no le dejan, así que tiene que decir “me gusta la fruta” todo el rato guiñando el ojo. Lo cual resume muy bien la zona intermedia entre PP y Vox: un sobreentendido.

Bergamo y Montanelli eran, claro, estilistas que se atacaban con ingenio y argumentos, y que entendieron que para que el público prestase atención al periódico no había nada mejor que una buena pelea. La confrontación siempre ha vendido mucho. Pero para el intercambio más o menos agresivo de ideas se necesitan dos inteligencias dispuestas a no rendirse y a brindar un espectáculo del que siempre sale algo mejor, a menudo una idea nueva. Por eso es algo a estudiar el fenómeno del youtuber que observa sus cifras de audiencia (su dinero, vamos), repara en que los insultos y los bulos tienen mejores números y de pronto acaba pensando a la manera de Simón Pérez Golarons, aquel economista reconvertido hoy en pieza de desguace de internet: si metiéndome 10 gramos en directo tuve tanta audiencia, ¿cuántos necesito para superarla?

El insulto público ha existido siempre. Pero ha cambiado algo: su rendimiento político. Es decir, ya no es un motivo de vergüenza haberlo pronunciado; ya uno no necesita estar fuera de sus casillas, o desesperado, o simplemente arruinado mentalmente para bajar sus defensas y consentir que salga de su boca un improperio o una faltada. Esto, para una determinada gente, se premia. El portal Chequeado contó al menos 1.051 insultos, descalificaciones o ataques de Milei en los primeros 439 días de gobierno: unos 2,4 al día. Su recuento incluyó 97 discursos oficiales, 347 vídeos de entrevistas y 1.377 tuits. No está tan enfadado Milei para insultar tanto: es una rutina de gobierno, es una manera de comunicarse, de conectar. El politólogo Benjamin Moffitt identifica con cierta precisión los “malos modales”: sería algo así como la oposición entre pueblo y élite y la representación de una crisis como rasgos inequívocos del estilo populista. Uno puede caer en el error de pensar que el insulto es espontáneo, pero realmente el insulto trabaja, cumple una función: el que insulta le está diciendo a su desacomplejada audiencia (qué necesarios son algunos complejos hoy en día): “Hey, yo no hablo como ellos; no me impresionan sus ceremonias y sus palabras esdrújulas; me atrevo a decir lo que vosotros pensáis”. Que al final es el fondo y la superficie del problema: lo que vosotros pensáis.

Source: El País · Manuel Jabois

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