Hace dos años, este actor no era actor sino un veinteañero encerrado en un cuarto de alquiler, tan bloqueado por el miedo a haber echado su vida a perder que no se atrevía a salir a la calle. Ahora, sin embargo, Milo Quifes (Palos de la Frontera, Huelva, 25 años) se ha convertido en la piedra sobre la que la pareja de directores y guionistas conocida como Los Javis construye el edificio narrativo de La bola negra: esa iglesia que suma ya millones de feligreses por el mundo, se ha coronado como la película española más taquillera del año (y una de las diez más taquilleras de la historia) y tiene la vista puesta en los Oscar. El diario The New York Times la ha calificado de “íntimo drama con envergadura épica e histórica, y unas aspiraciones aún más grandes”, y la revista Variety la ha posicionado como el rival para el Oscar a mejor película de La Odisea, de Christopher Nolan. Sería el primero de Netflix, su distribuidora en EE UU.

De hecho, la segunda vez que Quifes responde a nuestras preguntas han pasado solo tres días desde que el elenco acudió a la gala del Museo de la Academia en Los Ángeles. Fue a mediados de octubre, la película se acababa de estrenar allí y Quifes coreó a grito pelado Love Story con Taylor Swift cantando a escasos metros. “Pero ahora mismo estoy con la declaración del IVA, que me llegó una cartita de Hacienda diciendo que no lo había hecho bien”, confesó desde su hotel en Beverly Hills. La primera vez que hablamos fue en septiembre en un estudio fotográfico de la periferia madrileña. La película acababa de ganar el premio del público en el Festival de Toronto y solo llevaba tres días en las salas españolas. Él estaba tan cansado que casi se duerme en la sesión de fotos. “Llevo sin poner la lavadora un mes”, contaba.

Quifes parece tener una estrategia defensiva: para distanciarse de su nueva realidad, que no deja de parecerle extraterrestre, te cuenta sobre el mundo del que viene: “Me he hartado de hacer cosas. He estudiado Biología, he limpiado cuartos oscuros, he sido camarero, recepcionista…”. Pero también: “Monaguillo, nazareno y hasta monitor de colonias de mi hermandad del Rocío”. Además, a semejante currículum hay que sumarle la faceta de tiktoker –llegó a acumular más de un millón de seguidores– y la de autor de la novela juvenil Ultravioleta (Montena, 2024). Todo eso antes de cumplir los 25 años que, por cierto, celebró hace unas semanas con sus amigos en un escape room de monjas terroríficas y en unas camas elásticas.

Desde niño escribe sus diarios y a las entradas de este último mes les debe de suceder lo mismo que a nuestra conversación: es imposible separar lo personal de lo profesional y probablemente tampoco haga falta. No es raro que en la troupe de Javier Calvo y Javier Ambrossi los papeles de los intérpretes vayan unidos a su biografía, y Quifes es uno de los mejores ejemplos de esta forma de hacer cine que en el último Festival de Cannes les valió el premio a la mejor dirección. Su personaje se llama Carlos, nombre escogido por Federico García Lorca en la obra de teatro inacabada que inspira toda la película, y es un niño bien de la Granada de 1932 que, por presión paterna, busca ser admitido en el casino de la ciudad, pero la junta lo rechaza por homosexual y él se pasa toda la cinta debatiéndose.

“He estudiado Biología, he limpiado cuartos oscuros, he sido camarero, recepcionista…pero también monaguillo, nazareno y hasta monitor de colonias de mi hermandad del Rocío”

Milo Quifes

Sobre este mártir de mirada gélida, Los Javis construyen el resto de su catártica hagiografía queer. Una escena como la del casino, ¿ayuda a reconciliarse con el pasado? “Recuerdo el rodaje. Estaba muy enfadado cuando tuve que decir que no era homosexual. Enfadado con los que tenía delante, con mi padre, mi madre, conmigo mismo. Me di cuenta de que me he pasado toda mi vida negándome. Se cuestiona tu identidad sexual desde muchísimo antes de que lo tengas claro. Estoy cansado de la obligación de salir del armario una y otra vez”.

Todo esto, toda una vida, en la película acaba condensado en una sola mirada y en un no. En el universo de Los Javis —desde La llamada (la obra de teatro de 2013 y la película de 2017) a La mesías (2023)– abundan estas escenas. Algunas son liberadoras y otras devastadoras, pero todas catárticas y para llevarlas a cabo se necesita una mirada como la de Quifes. Una mirada en la que se intuye un camino lleno de juicios, jurados y sentencias.

Vida y milagros

El primero de los escenarios en la historia de Milo Quifes sería su pueblo: Palos de la Frontera, Huelva. Allí, para todos, él era Chico, porque su padre también se llamaba José Antonio Quifes (no Camilo Joaquín Villarruel, como pone en la Wikipedia, algo que han reproducido en medios desde China hasta España confundiéndole con el rapero Milo J), y pasaba su vida en la plaza donde vivía toda su familia. Su padre era contable y profesor de guitarra. Su madre, secretaria, aseguradora en Mapfre, vendedora de Mary Kay… Es decir: “A mí de pequeñito me cuidaba mi abuelo Antonio”, dice el hoy actor. Por las tardes, su abuelo veía películas del oeste, le hacía un Nesquik y él montaba puzzles. Se acompañaban en silencio y esa era prácticamente su única relación social. “Yo siempre he sido así… Se me ha dado muy mal calar a la gente. En el colegio era un poco rarito. Con los chicos intentaba integrarme y no podía y, cuando encontraba mi espacio con las chicas, me sentía desafortunado porque quería estar con los chicos. Igual es porque era torpe socialmente, pero siempre he estado excluido. En la ESO, Bachillerato, la universidad...”, recuerda.

Cambio de escenario. Con 12 años la familia se fue a vivir a Sevilla y el drama empeoró: los padres seguían hartándose a trabajar y el hijo ya no tenía a su abuelo, que murió de cáncer. “Fue muy drástico. Me quedo con la espinita de no haber sido sincero con él, pero también agradezco que se fuese antes. No sé si mi abuelo me hubiese aceptado al enterarse de que era gay. Así su imagen está impoluta”, dice Quifes. Cuando sus padres se separaron llegaron las fiestas, beber, fumar, la policía llevándole a casa… “Etapa típica, de niño bueno a oveja negra. Necesitaba encontrar mi espacio y decidí irme fuera a la universidad”.

No lo encontró en Granada. Tampoco en Valencia. Pero de esa etapa sacó, por lo menos, el apodo de Milo, que era el nombre de su perro, y decidió que quería dejar Biología. Volvió a Sevilla a trabajar de camarero y, en los ratos en los que no dormía, escribía la historia de amor de dos chicos que, como él, vivían llenos de frustraciones. Con el dinero ahorrado, decidió probar suerte con un nuevo escenario: se mudó a Madrid y publicó su libro, Ultravioleta. Ya está, sueño cumplido, ¿no? “No fue como pensaba. A las dos semanas estaba trabajando en la misma cadena de gimnasios en la que trabajaba en Sevilla. El mundo editorial se interesa mucho por ti, pero luego te deja en la estacada. Nos convertimos en productos, hay muchos productos y no pueden estar pendientes de todos. Había publicado, pero era infeliz. No tenía metas, había dejado la carrera y estaba atrapado en un trabajo”.

Y, encima, Madrid. “Aquí intentas esquivarlo todo con la noche, la fiesta, ligar, ahora tienes un sueño, ahora no... Empecé a desarrollar ansiedad y lo que comenzó siendo ansiedad por salir por ahí con mis amigos se transformó en ansiedad por salir a la calle. Me tenía que obligar a ir todos los días a comprar aunque fuera unas chuletas de cerdo al Lidl. Iba a peor cada mes, me sentía bastante solo”, cuenta. Hasta que un día le llegó un casting de lo que pensaba que era una figuración y se forzó a ir, igual que con las chuletas. Cargaba ya con mucho y con ese equipaje llegó al lugar oportuno en el momento justo.

Ese chico triste

“Milo nos enseñó toda su melancolía. Entendía el dolor de alguien que está donde no quiere, de alguien a quien no ven. Todo eso lo veíamos en su mirada”, escriben por correo electrónico Eva Leira y Yolanda Serrano, directoras de casting. Aunque la decisión final no fue suya, claro. “Cuando lo vi, lo supe. Su fragilidad, sus ojos, lo icónico de su cara. Cuando lo conocimos solo recuerdo su mano temblando. Temblaba tanto... Yo le decía: ‘Tranqui’. Y él seguía temblando. Pero me emocionó su manera de sobreponerse. Cuando estaba ante nosotros, Milo de pronto era Carlos frente a la junta del casino”, explica Javier Ambrossi por WhatsApp. Así, sin apenas darse cuenta, se encontró saliendo de su casa para ir a la primera lectura de guion. “Mi cabeza siempre ha sido de ir de problema en problema. No ha sido disfrutona. ¡Ella no! En vez de que el problema fuese ‘no estás saliendo a la calle’ era ‘te han cogido para una película y no eres actor’. Pero estaba ilusionado”, recuerda. “Me pasé el verano a la sombra, leyendo los Sonetos del amor oscuro [de Lorca] porque tenía que ser el niño nieve, no me podía dar el sol”. Se lanzó a actuar, tocar el piano y bailar. Todo por primera vez.

“Voy poco a poco, tío, porque de repente hay algo en mi cabeza que dice: ‘Demasiado amor’. Es imposible no salir transformado de esta película”

Milo Quifes

“Milo es muy inteligente y muy sensible. Trabajamos mucho en los ensayos, le ayudamos a encontrar un punto medio entre el personaje y su persona y hubo un momento en el que hizo clic. Empecé a dejarle libre y en la nieve casi lo experimentó solo”, añade Ambrossi. Así, un día, en lo alto de Sierra Nevada, se acabó sin más el rodaje. Quifes volvió a trabajar en el gimnasio. Pero aguantó solo tres meses.

A diferencia de la última vez, ahora tenía una comunidad que le sostenía, uno de los temas capitales de La bola negra. La película toca casi todos los temas clave de la ecuación queer. La mezcla entre líneas temporales ilustra la histórica hostilidad y el aislamiento que ha sufrido el colectivo LGTBIQ+, en este caso, a lo largo de las décadas en España. Esa soledad incluye el deseo culpable, que conecta los oscuros callejones del pasado con las coloridas aplicaciones del presente. “Siempre nos hemos tenido que esconder para relacionarnos entre nosotros, ya sea sexual o amistosamente. Toda interacción nos ha dado vergüenza y eso es lo que representan las aplicaciones: nuestro vínculo sexual de una manera muy poco cómoda”.

Por otro lado, que mientras se proyecta La bola negra sean noticia jóvenes que, como en la película, bromean con el brazo en alto y gritan consignas fascistas, dice bastante de lo oportuno de la cinta y explica en parte por qué ha sido acogida con tanto entusiasmo. Quifes advierte: “Siempre que alguien esté en contra de nuestros derechos nos estarán acechando. Por eso hay que reivindicar día tras día la lucha por ser quien eres. Con que haya un resquicio [de peligro], allí estaremos nosotros para defendernos”. ¿Cómo le ha cambiado la camaradería de una película dirigida por hombres gais e interpretada por actores gais? “Poder trabajar con todos ellos, que te acompañen y te digan: ‘Tú puedes con esto’, fue increíble. Me ayudaron a darle valor a mis cosas. Tengo tal trauma con el tema de la novela que es un aspecto de mi vida que intento no tratar. Pero son ellos los que me dicen que siga hablando de ella”, contesta.

Esa comunidad no se queda ahí. “Mi madre cogió a todo Sevilla y a todo Huelva en una sala de cine de Camas para ver la película. Hay un vídeo en el que está toda la gente que ha pasado por mi vida. Es muy fuerte. Voy poco a poco, tío, porque de repente hay algo en mi cabeza que dice: ‘Demasiado amor, me suena raro, que pase ya algo malo”, dice Quifes. Pero de momento la espuma solo sube. La bola negra ya es parte de la historia del cine español y una revolución para los que la han hecho. “Es imposible no salir transformado de esta película. Yo creo que voy a tener esta cabeza mía siempre, pero ahora tengo herramientas para ver lo bueno y lo malo”, explica. ¿Ha encontrado la receta para sobrevivir a semejante ritmo de exposición? “Mmm… ¿Medicación?”, responde entre risas. ¿Y hablando en serio? “Yo veo el éxito de la peli desde fuera y felicito a los otros, no a mí. Les echo esa responsabilidad porque me da miedo el rechazo”, zanja Quifes. “Tengo la fortuna de que es un reparto coral, como yo me viera solo allí…”.

CRÉDITOS

Realización: Fátima Monjas. Maquillaje y peluquería: Ricardo Calero (Uno Artists). Asistente de fotografía: Ayub El Kadmiri. Asistente de estilismo: Lidia Lara.

Source: El País · Lucas Barquero

At a glance

Topic
World
Country
🇪🇸 ES
Publisher language
ES
Added to Allnira