Leo Messi se empieza a dar cuenta a los 39 años de que a menudo no ha disfrutado de sus goles y de sus éxitos tanto como se merecían, ni siquiera en los momentos de plenitud, obsesionado con ser mejor futbolista cada partido, como si el resultado fuera su marcapasos, ahora ya solo pendiente por fin del contrato con el Inter de Miami hasta 2028. La plena dedicación y su especial carácter no le dieron tiempo ni para estudiar, tampoco para aprender el inglés suficiente para viajar por el mundo, acostumbrado desde pequeño a disponer de un intérprete si hacía falta para hablar con la profesora de la escuela de Rosario. Incluso puede que no hubiera sido futbolista si su abuela Celia no le hubiese llevado de la mano al equipo del Grandoli. Introvertido en el aula y tímido en el barrio, siempre se expresó con la pelota, como si supiera desde pequeño que no necesitaba nada más para ser considerado posiblemente el mejor jugador de la historia, el número uno.
Quizá en lo que nunca reparó es que trascendería el ámbito futbolístico para alcanzar la condición de figura universal, título que supone contar con unos valores especiales además de una demostrada vinculación con las causas solidarias y una ascendencia sobre los niños, sin la necesidad de ser un rebelde, un modelo o un actor fuera de la cancha, simplemente con su virtuosismo de deportista y respeto por las leyes del juego, por el aficionado y por la camiseta emblemática del 10. Messi ha sido un clásico moderno porque toda su carrera se ha retransmitido en directo por los medios más convencionales y también los digitales hasta alcanzar la Inteligencia Artificial. Nada mejor que saberlo todo de Messi para poder actualizar la historia del fútbol y establecer comparaciones con los demás dioses del juego: Di Stéfano, Maradona, Cruyff y Pelé.
Aunque todavía es pronto para el inventario futbolístico, porque marcará más goles y es muy capaz de llegar hasta los 1.000 (ahora mismo supera los 930), Messi se siente tan expuesto y reconocido con premios como el Princesa de Asturias de los Deportes, que recibe hoy en Oviedo, que empieza a ser consciente de que apenas se ha divertido en su vida, sino que se ha exigido solo como futbolista, demasiado tenso y raro incluso cuando se imponía el ocio, señalado por sus compañeros, como Luis Suárez, que le regaló un pijama del pitufo gruñón, la misma figura que se incluyó en el pastel de aniversario cuando cumplió los 38. La familia y el descanso han sido las únicas concesiones del futbolista Messi.
Absorbido por el balón, no reparó en que los aficionados pensaban que no necesitaba correr ni romper a sudar para marcar goles, que sobraba el esfuerzo y se imponía el talento de forma natural, razón de más para explicar por qué sorprendió su despedida de la Albiceleste después de disputar una excelente Copa del Mundo de 2026, mejor incluso que la anterior, cuando ganó el título en Qatar 2022. A excepción de la final perdida contra España, Messi protagonizó unos partidos magníficos y una actuación emocionante contra Inglaterra, la mejor manera de honrar al carismático Maradona. Una nueva batalla ganada después de años de sufrimiento: ya se puede hablar de Diego sin dañar a Leo. El rosarino dejó de ser un pecho frío que no cantaba el himno para convertirse en el ídolo de Argentina con los títulos de campeón mundial y de América.
Messi se ha desvivido para merecer la admiración de su país después de un tiempo en el que fue acusado de vivir solo por la causa del Barça. Ha sido un tarea titánica porque nunca consiguió ser dichoso al mismo tiempo con el equipo azulgrana y con la selección albiceleste, quizá porque no tuvo razón social-deportiva en su país más allá de Newell’s. El único vínculo ha sido un papel escrito: la servilleta con la que se formalizó su contrato con el Barcelona y el manuscrito con el que anunció su despedida de Argentina. El adiós multitudinario que recibió en Buenos Aires estimulará seguramente con el tiempo el reencuentro con el Barcelona después de ser despachado de mala manera en 2021. Messi, el niño que se pinchaba cada noche la hormona del crecimiento financiada por el club azulgrana, no paró de llorar a su llegada y también en su salida del Camp Nou.
El desgate físico y emocional ha sido continuo para el 10. La necesidad de superación, la competitividad y la ambición no permitían distracciones, sino que exigían una dedicación única en un duelo de Messi contra Messi. Muy posiblemente si ha decidido regular el final de su carrera es porque en su continuo ejercicio de introspección ha reparado en algo imposible de detectar en sus seguidores: su cabeza y sus pies ya no van a la misma velocidad, siente que no puede ejecutar aquella jugada que ha visto mucho antes que cualquiera, sabe que no puede ser Messi cada día, sino solamente de vez en cuando y en la MLS de Estados Unidos. El fútbol extraordinario del 10 no será cotidiano por más que no haya imposibles para Messi, un delantero de calle, único en la interpretación de los partidos, que aprendió a jugar en equipo en la academia de La Masia.
Como Maradona
Al igual que el mejor músico de jazz, solamente improvisaba a partir del solfeo, tan generoso como egoísta, dichoso ahora por el premio y el encuentro con los niños de Oviedo. Volver a sentirse crío para aconsejar a los niños que estudien, que se preparen, que aprendan idiomas, sin desmerecer, eso nunca, las enseñanzas del fútbol. “Es una forma de vivir; te educa también de alguna manera”, manifestó hace poco en el podcast Miro de Atrás en un charla con Nahuel Guzmán. El 10 puede explicar y presumir de que nunca se tiró ni simuló y que si un día marcó un gol con la mano que fue concedido fue porque quiso demostrar que, si quería, podía ser como Maradona.
A su calidad futbolística ha añadido la ética del trabajo y un respeto a los protocolos más comprometedores, como el del Mundial del que tanto presume Trump, o también saltarse las normas para ser próximo a los fans, igual que pasó ayer en Oviedo. Jamás quiso ser noticia en la tribuna, eludió el quirófano porque se cuidó mucho de sus lesiones desde que supo que la alimentación provocaba sus continuas roturas musculares e intentó pasar desapercibido después de comprar con vistas al futuro al Eldense y el Cornellà. No es fácil imaginar a Messi de amo o de directivo de la misma manera que resulta complicado verle sentado en un banquillo, ni que sea como entrenador de las categorías inferiores de la Albiceleste o incluso del Barcelona.
Messi ha dedicado y dedicará su tiempo al fútbol, cada vez más alejado de la pelota y, por tanto, más cerca de los homenajes y tributos como el Princesa de Asturias en Oviedo. Ahora toca recuperar el tiempo perdido y disfrutar del favor de la gente sin ningún reproche personal, solo ante el espejo, hablando incluso de que fue feliz en los momentos de felicidad, convencido de que para ser Messi se tenía que comportar como Messi.
Source: El País · Ramon Besa
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