Adolfo Suárez sacó un papelito del fondo de su terno gris marengo y se lo entregó con mucho misterio a su fontanero en jefe, José Manuel Otero Novas. Abogado del Estado, ministro en dos ocasiones y en el verano de 1977 mano derecha de Suárez, Otero tiene hoy 86 años y recuerda con retranca en su domicilio madrileño aquella conversación con el presidente. “Yo era listo, ambicioso y con formación jurídica, y le estaba ayudando a montar el primer Gobierno democrático. Suárez se pensaba mucho las cosas. Un par de días después de ganar las elecciones del 15 de junio me confió en La Moncloa, donde todavía andábamos con andamios y obreros porque nos habíamos mudado en Navidad: ‘¿Te das cuenta de la cantidad de gente con la que voy a quedar mal?’. Habíamos ganado, pero solo había 20 ministerios y la UCD [Unión de Centro Democrático] era la suma de 16 partidos. No llegaba para todos. Suárez me dio una lista y me dijo: ‘He prometido o dado a entender a todos estos que serían ministros. Y no va a ser posible. Y se van a sentir traicionados. Quiero que suavices las posiciones y consigas que sigan siendo mis amigos. Tú ya sabes lo que puedes ofrecer. Engánchales a otras cosas”.

—Y se inventaron el puesto de secretario de Estado…

—Ese es el origen. Estábamos reformando el aparato administrativo heredado del franquismo. Era el periodo preconstitucional. En mayo de 1977, un mes antes de las elecciones, redacté un informe donde le hablaba al presidente de ese cargo que ya existía en otros países. Yo pensaba que aquí podía servir como figura de satisfacción política. Y cuando Suárez me hizo el encargo, tuve claro que podíamos jugar con ello. Hablé con los de la lista y les dije: Adolfo está muy preocupado porque no os puede hacer ministros, pero vamos a buscar una solución. El 4 de julio se publicó el nombramiento de los cinco primeros secretarios de Estado. Ninguno se quejó.

En pocos meses se cumplirán 50 años de aquel real decreto que daba carta de naturaleza a una inédita y poderosa bisagra político-técnica dentro de la anquilosada Administración española. Cuajó. Hoy, medio siglo más tarde, ser secretario de Estado se ha convertido en sinónimo de controlar la sala de máquinas del Estado bajo la línea de flotación, pero en conexión inmediata con el puente de mando. Una veintena de ellos, en ejercicio y de anteriores administraciones, prefieren huir del concepto de poder unido al cargo y coinciden en concebirlo como una vocación de servicio público. La realidad es que, desde julio de 1977, y especialmente desde la Ley de Organización y Funcionamiento de la Administración General del Estado (Lofage), de 1997, que aseguró su posición y los definió, al igual que a los ministros, como “órganos superiores de la Organización Central”, ser secretario de Estado representa ser una especie de viceministro. Erigirse como número dos del ministerio, por encima del subsecretario (el poderoso lugarteniente en el franquismo, proveniente de las élites funcionariales), dirigir a decenas de miles de empleados públicos, firmar contratos milmillonarios, espolvorear las ayudas de la UE, negociar con los otros ministerios, los grupos parlamentarios, los sindicatos, los ayuntamientos y las comunidades autónomas; comparecer ante las Cámaras, asistir a las Comisiones Delegadas del Gobierno, negociar los asuntos confidenciales que irán al Consejo de Ministros y acariciar el Gobierno.

Ya desde la era de Suárez, las Secretarías de Estado se iban a convertir en una escuela y semillero de ministros. En sus memorias, el que fuera vicepresidente de Suárez hasta julio de 1977, Alfonso Osorio, encargado de pastorear desde octubre de 1976 la primitiva Comisión de Subsecretarios, precedente de la actual Comisión General de Secretarios de Estado y Subsecretarios (CGSEYS), que prepara todos los asuntos que van los martes al Consejo de Ministros y preside el ministro Félix Bolaños, relataba con evidente sonrojo: “Un día a Suárez se le ocurrió una idea singular, ¿por qué no los puntúas según la calidad de sus informes para ver después quiénes son los que tienen condiciones para ministros? Me pareció de EGB. Pero lo hice”. Desde aquellos tiempos preconstitucionales se ha sucedido un trasiego continuo desde las Secretarías de Estado hasta la cima de los ministerios. Uno de cada diez secretarios de Estado lo ha logrado. De forma destacada, en los ámbitos más técnicos de la Administración, en el área económica, de relaciones con la UE y la defensa, con sonoros apellidos en las administraciones del PSOE y el PP como Borrell, Solbes, Narbona, Serra, Costa, Montoro, De Guindos, Nadal o Morenés. Y otros de corte político, como Pérez Rubalcaba, Pajín, Fernández Díaz o Belarra. Los actuales titulares de dos importantes ministerios socialistas fueron catapultados hasta la cumbre desde una Secretaría de Estado por Pedro Sánchez: Sara Aagesen, a Transición Ecológica, y Arcadi España, con destino a Hacienda. Sus perfiles son muy distintos: una ingeniera química sin carné criada políticamente por Teresa Ribera (que a su vez fue secretaria de Estado), y que como su mentora ha alcanzado una vicepresidencia. Y un político de corte técnico con una larga militancia socialista, como es Arcadi España, placeado en la administración autonómica valenciana y después como secretario de Estado de Política Territorial.

La gama de perfiles de los titulares de las Secretarías de Estado es tan amplia como la escala de grises: va del técnico puro al político puro. No hay requisitos para ser secretario de Estado; no es necesario ser un alto funcionario del exclusivo grupo A1, como es preceptivo en los subsecretarios. Ni un fiel miembro del aparato con el carné entre los dientes, como los diputados. No se puede trazar un retrato robot concluyente. Sus orígenes profesionales, políticos y geográficos son dispares. Y más aún en tiempos de gobiernos de coalición. Para el profesor de Ciencia Política Carles Ramió, que ha estudiado las relaciones y los equilibrios de poder entre los políticos y los altos funcionarios en los puestos clave de la Administración: “El secretario de Estado rompe con la tradición española de reservar la dirección de la Administración a las élites funcionariales. Se consolida como un espacio entre la dirección política del ministro y la profesionalización de la alta Administración, abierto a procedencias diversas. Y es cada vez más un puesto político”. En ese sentido, los gobernantes han operado como avezados head hunter: los secretarios de Estado proceden de la universidad, la empresa, los grandes cuerpos del Estado, gabinetes, laboratorios de ideas, sindicatos y patronales, la administración autonómica y local o, directamente, del fondo de armario del partido de turno para premiar los servicios prestados. Esa variedad de orígenes es uno de los atractivos del colegio de viceministros.

Jesús Gascón, secretario de Estado de HaciendaJames Rajotte
Eva Granados, secretaria de Estado de Cooperación InternacionalJames Rajotte
Joaquín Pérez Rey, secretario de Estado de Trabajo James Rajotte
Rosa Martínez, secretaria de Estado de Derechos SocialesJames Rajotte

“Pero, aunque estés en lo técnico, no puedes ser neutral, yo no lo concibo así”, reflexiona Joaquín Pérez Rey, secretario de Estado de Trabajo, miembro de Sumar y mano derecha de la vicepresidenta Yolanda Díaz, con la que sacó adelante la reforma laboral: “En mi caso, no puedo separar lo técnico de lo político. Cuando trabajas por tu país, no me entra en la cabeza lo técnico sin vocación política. Yo he sido toda mi vida profesor de Derecho del Trabajo, pero aquí estoy para ser útil y devolver a la sociedad lo que me ha dado. Y creo que en este puesto hay que cruzar al milímetro el conocimiento con la sensibilidad”. Para Rosa Martínez, secretaria de Estado de Derechos Sociales, una politóloga que fue diputada vasca y también pertenece a Sumar: “Esto es política, política y política; no es retórica, es toma de decisiones. Debes orientar políticamente el trabajo de la Administración; traducir las prioridades del Gobierno en decisiones, diseñarlas, ejecutarlas y rendir cuentas. Conectar lo administrativo, que tiene grandes inercias, con lo político. Hablar con todo el mundo y actuar dentro de un acuerdo de Gobierno. Así hemos sacado adelante la reforma de la ley de dependencia. Y, además, tenemos una ventaja, la mayoría no somos de Madrid, somos periféricos. Y vemos las cosas con otros ojos que la élite madrileña”.

En el caso del Ministerio de Exteriores, que cuenta con cuatro secretarías de Estado, según explica una de sus titulares, la socialista catalana Eva Granados, responsable de Cooperación Internacional: “Los cuatro somos distintos. Las dos mujeres procedemos de la política, otro es diplomático y uno funcionario de la UE. Pero el trabajo es el mismo, convertir una decisión en gestión pública”.

—En su Secretaría de Estado, ¿eso cómo se consigue?

—Este Gobierno tiene una política exterior con identidad propia, de Ucrania a Gaza y, a partir de ahí, desde esta secretaría trabajamos por un mundo estable, en paz y sostenible. Promover el desarrollo, combatir la pobreza y llevar a nuestros funcionarios a expandir una buena gobernanza en otros países, con un enfoque feminista, es una forma clara de defender nuestros intereses. Eso es política. Y nuestro presupuesto supera los 1.000 millones.

Jesús Gascón es el secretario de Estado de Hacienda, es decir, el recaudador mayor del reino. No pertenece al PSOE: “Yo vengo de abajo, he recorrido todos los puestos desde que me hice inspector de Hacienda hasta ocupar la Secretaría de Estado. Para ser secretario en un ministerio tan superespecializado y transversal como este, hay que dominar lo técnico para saber qué terreno pisas y sentirte cómodo. No cuentas con dos años para bregarte, tienes que ponerte a trabajar el primer día”.

—¿Se considera usted un técnico?

—En este puesto no vale con lo técnico. Es un mecanismo que toma decisiones políticas alineadas con el Gobierno. Y no hay nada más ideológico en una legislatura que el Presupuesto General del Estado.

María Teresa Fernández de la Vega fue una de aquellas bisoñas y legendarias secretarias de Estado que después alcanzó las más altas posiciones. Pasó de ser en 1994 secretaria de Estado de Justicia a ser designada vicepresidenta primera del Gobierno por Rodríguez Zapatero en 2004, un cargo que desempeñó durante seis años con mano de hierro en guante de seda. Había llegado a Justicia en 1994 de la mano del biministro Juan Alberto Belloch. Y en compañía de otra jueza y amiga, Margarita Robles (hoy ministra de Defensa), a la que Belloch encomendó la Secretaría de Estado de Interior en un momento en el que la corrupción y la guerra sucia campaban en su departamento y ETA mataba. Robles tenía 37 años y, durante su mandato (1994-1996), 32 personas fueron asesinadas por la organización terrorista. Fernández de la Vega relata en el salón de su casa de Madrid: “Nuestra llegada a las Secretarías de Estado fue un bombazo. Para fastidiar, nos llamaban las niñas de Belloch. A mí me daba lo mismo, solo pensaba en modernizar la justicia. El ministro nos dio máxima autonomía, confiaba ciegamente en nosotras. Y un secretario de Estado es bueno o malo en función de lo que le deja hacer su ministro. A nosotras, nos dejaba trabajar. Los tres éramos jueces y teníamos un lema que marcó nuestro trabajo: solo lo ético es práctico y, por lo tanto, eficaz”.

—¿Estaba usted en calidad de política o de técnica?

—A mí me gustaba la política. Yo era socialista por la puerta de atrás, porque era jueza. Y lo técnico se refiere a lo burocrático, la gestión del personal, las tripas del ministerio, eso me aburre. Yo estaba en promover una administración de justicia que fuera un servicio moderno para los ciudadanos. Pero no tenía manual de instrucciones ni tampoco sabíamos qué era exactamente una Secretaría de Estado. Marga y yo éramos las primeras en Justicia e Interior. Yo tenía ideología y quería cambiar una justicia rancia que se había perpetuado. Marga era menos política, pero tuvo un temple de acero.

—¿Era usted poderosa?

—En ese trabajo, si tienes criterio, tienes poder, porque dependes de lo que te deje hacer tu jefe. Yo en el Ministerio de Justicia me eché una fama horrorosa porque curraba y mandaba mucho; fui viceministra en el más amplio sentido de la palabra. Era todo muy antiguo en Justicia, no había mujeres. Y yo no me cortaba un pelo. Intentamos cambiar las cosas. ¿Eso es tener poder?

Las cinco primitivas vicecarteras que creó Suárez en 1977 reflejaban por dónde iba a crecer el Estado democrático: economía, investigación, cultura, turismo y administración pública. Curiosamente, no dio ninguna explicación sobre la naturaleza de ese altísimo cargo que se había sacado de la chistera. No se trató en rueda de prensa ni ocupó las primeras. Surgió de la noche a la mañana, se publicó en el BOE y punto. Nadie tenía clara su posición. “Además, con ese nombre tan anodino, que no dice ni cuenta nada, la gente sigue sin tener ni idea de lo que somos”, analiza Begoña García Bernal, secretaria de Estado de Agricultura, una socialista que procede de la política local y autonómica en Extremadura y es, desde 2023, la primera persona en ocupar ese puesto de nueva creación en Agricultura. Tiene una incapacidad visual del 75%, es experta en desarrollo rural y acaba de concluir un plan de modernización de regadío en España financiado por la UE en el que se han invertido 1.300 millones: “A este puesto había que haberlo llamado viceministro, es lo que somos, pero no se debieron atrever”.

En realidad, en 1977 nadie le dio muchas vueltas a la naturaleza de los secretarios de Estado. La transición comenzaba a rodar y los ojos estaban puestos en la Constitución, que no diría ni una palabra de esos viceministros. Sin embargo, dejaba abierta una gatera en su artículo 98 para que formaran parte del Ejecutivo: “El Gobierno se compone del presidente, de los vicepresidentes, en su caso, de los ministros y de los demás miembros que establezca la ley”. Nadie sabía muy bien a qué miembros se estaba refiriendo. Lo que iba a provocar una ambigüedad sobre la figura del secretario de Estado que duraría dos décadas, hasta que Aznar blindó el puesto en 1997.

En el impersonal lenguaje legislativo, la justificación en 1977 de su nacimiento había sido frágil en extremo: “Se crea la figura del secretario de Estado, intermedia entre el ministro y el subsecretario, que ya ha acreditado su eficacia en las organizaciones administrativas más avanzadas para intensificar las acciones administrativas en ciertas áreas”. Más inconcreto imposible. Nadie tenía claro si iban a perdurar o si eran una especie de ministros adjuntos o sin cartera resultado del clientelismo de Suárez y con fecha de caducidad. La realidad no fue esa. La función fue moldeando al órgano. Los gobiernos lo mantuvieron y reforzaron. Desde entonces, unas 400 personas lo han ocupado; solo un tercio, mujeres.

“En 1977 no hubo ningún debate a propósito de esa figura que se habían inventado”, reflexiona Santiago Muñoz Machado, catedrático de Derecho Administrativo y director de la Real Academia Española, en su despacho de la docta casa: “Se hizo por las buenas, sin justificación técnica, con rasgos poco definidos y dudosa utilidad. Era una institución nueva. Pero tenía su lógica, la Administración había crecido mucho, íbamos a entrar en Europa y había cada vez más asuntos en cada cartera ministerial. El subsecretario era el ama de llaves del ministerio, el ministro no se podía ocupar de todo y el secretario de Estado tomaba el control de una parte. Con la descentralización y las transferencias a las comunidades autónomas, se podría haber eliminado, se podría haber achicado la Administración, pero en España, cuando se establece un órgano, tiende a perpetuarse más allá de su utilidad”.

Cuarenta personas no coincidirían con este último juicio. Son los secretarios y secretarias de Estado en ejercicio. Exudan pasión y conocimiento profundo de sus sectores. Sorprende su entusiasmo. Como explica José María Lassalle, que ocupó las de Cultura y Agenda Digital con Mariano Rajoy: “Es apasionante poner en práctica lo que has planeado de forma teórica durante años. Arrancar y ejecutar lo que sabes. Pero es importante que tengas claro quién te ha nombrado y para qué. En mi caso, Rajoy me eligió directamente para desarrollar la política cultural que yo había diseñado en la oposición. Y eso provocó que me llevara fatal con mi jefe, el ministro de Educación y Cultura José Ignacio Wert.

—¿Hay que ser más técnico o más político?

—Si un secretario de Estado es muy técnico y no sabe nada de política, la puede cagar. Debes llegar con preparación, pero si te falta expertise político, si no tienes mano izquierda, no funciona, porque tienes que traducir las políticas en proyectos de ley. Resumiendo, el ministro es más político que tú y tú más técnico que él.

—¿Qué hace un secretario de Estado cuando cesa?

—Se nos rifan. Has estado en la torre de control del Estado, en un laboratorio de experiencias único para entender la Administración. Y solo vuelves a lo público si te hacen ministro y rematas la faena.

Iván Redondo, que fue entre 2018 y 2021 director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno o, lo que es lo mismo, príncipe de las tinieblas del presidente Sánchez y el número uno en protocolo de los secretarios de Estado, aporta varias ideas: “Un secretario de Estado tiene que entender que lo estratégico puede ser más importante que lo técnico. Yo los defino como gente que tiene las ideas por encima de las ideologías y a las personas por encima de los partidos. Y es cierto, algunos hacen oposiciones a ministro, pero no creo que sea lo que los mueva. Hay un perfil muy definido de servicio público”.

Aina Calvo, secretaria de Estado de SeguridadJames Rajotte
Fernando Martínez López, secretario de Estado de Memoria DemocráticaJames Rajotte
Begoña García Bernal, secretaria de Estado de Agricultura.James Rajotte
Hugo Morán, secretario de Estado de Medio Ambiente.James Rajotte

Ganan hasta 50.000 euros al año más que sus ministros (entre 140.000 y 150.000 euros) porque su dedicación es absoluta. No pueden ser diputados, faltarían a la mayoría de las sesiones. Cuando se le pregunta a Aina Calvo, la mallorquina secretaria de Estado de Seguridad, en la sala de crisis del Ministerio del Interior, cómo es la vida privada de la número dos de Marlaska que, entre otras funciones, dirige a los 170.000 efectivos del Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil, la respuesta se resume en dos palabras: “No tengo”. Calvo reúne muchos elementos del retrato ideal de secretario de Estado, una militancia política clara pero también una larga carrera administrativa, desde profesora universitaria a alcaldesa de Palma, diputada, directora de Aecid (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo), delegada del Gobierno en Baleares y secretaria de Estado de Igualdad antes de desembarcar en Interior. “Cuando me llamó Marlaska en junio de 2025 y me lo planteó, le dije que no, que se buscara a otra persona. Salía de un cáncer. Al final dije que sí, porque es un político brillante y riguroso, y estamos hablando de seguridad nacional. Pero no me imaginaba el nivel de dedicación. El ritmo es endiablado. Tienes que cuidar tu salud, no perder el control del timón de tu vida. E intentar disfrutarlo”. En ese mismo tono, este verano, cuando España ardía, Hugo Morán, secretario de Estado de Medio Ambiente, un histórico socialista asturiano, nos comentaba en su despacho del ministerio con un ojo puesto en la televisión y el otro en el móvil: “La diferencia con otro empleo es que aquí no hay horario. No hay vacaciones. Estás continuamente activado. No es un trabajo para hipertensos”.

De los actuales 40 secretarios de Estado, 35 codirigen los 22 ministerios y otros 3 están empotrados en la Presidencia del Gobierno, son fichados por el presidente, de su confianza y tienen sus despachos en el complejo de La Moncloa, a orillas del palacio. Son el director de Gabinete, el director de la Oficina de Asuntos Económicos y la secretaria de Estado de Comunicación. Con esta última, la periodista valenciana Lydia del Canto, puede ocurrir que a mitad de conversación reciba una llamada de número privado y salga pitando: “Es el presidente”. A estos 38 secretarios hay que añadir otros dos con esa misma categoría y que son culmen en la Administración del Estado, la directora del CNI y el Jemad. Ambos penden de Defensa.

Son 40 nombres y rostros desconocidos. No tienen agenda propia. Su exposición mediática es mínima en comparación con sus ministros, lo que les permite plena dedicación al tajo. Viven ajenos a las escaramuzas informativas. Tras el desenlace de las elecciones del 29 de noviembre, quedarán en funciones hasta perder su empleo cuando se forme un nuevo Gobierno y sean renovadas las secretarías. De acuerdo con la Ley de Incompatibilidades, no podrán trabajar durante dos años en el sector que han encabezado. Pero los engranajes del Estado jamás se detienen. Como explica José Luis Ayllón, un político puro del PP que durante siete años ocupó la Secretaría de Estado de Relaciones con las Cortes con Rajoy y fue después su director de Gabinete, con apenas moverse 100 metros en La Moncloa: “Nuestro sistema administrativo es perfecto. Los engranajes nunca se paran, solo cambian las personas. Está un partido en el Consejo de Ministros y llega otro y el mecanismo no se detiene. El relevo coge el autobús en marcha. Se hereda cada documento”.

Actual director de Presidencia de la patronal CEOE, Ayllón es uno de los pocos finos analistas de la figura del viceministro: “¿Tienen poder? A ver, si hay muchos ministerios, como ahora, se diluye mucho la figura del secretario de Estado, lo mismo que si hay muchas Secretarías de Estado en un solo ministerio, como en Exteriores. Tiene más poder cuando solo hay una Secretaría de Estado en el ministerio y actúa de auténtico viceministro. O cuando esa secretaría fue en otro momento un ministerio, como UE o Relaciones con las Cortes. Luego depende de la influencia de cada ministerio y si es sectorial o horizontal. En los primeros, como Industria o Cultura, se tiene preponderancia sectorial, pero en los segundos, Presidencia, Economía o Hacienda, cuyas competencias afectan a toda la Administración, se tiene influencia transversal. Y hay variables como de qué tipo de ministro estamos hablando, si es de partido o no; y si sabe o no sabe algo de la cartera que le han encomendado.

—¿Quién elige realmente al secretario de Estado, su ministro o el presidente?

—Sobre el papel, te nombra por real decreto el Consejo de Ministros a propuesta del ministro, a excepción de los de La Moncloa, que son del presidente —explica Ayllón—. Pero la realidad es que el presidente es el único que puede crear, modificar y suprimir las Secretarías de Estado. Y hay veces que crea una y se la da al ministro con un bicho dentro por compromiso previo. A mí me nombró Rajoy. Aznar y Zapatero elegían a muchos secretarios. Aznar en asuntos económicos, y Zapatero, políticos. El problema es que si el presidente se salta al ministro, terminan saltando chispas. En el fondo, el secretario de Estado aspira a ser el número uno. Y solo le falta un paso.

“Eso me ocurrió con el ministro Moratinos”, recuerda Diego López Garrido, letrado, catedrático y exportavoz socialista en el Congreso, elegido por Zapatero secretario de Estado para la UE entre 2008 y 2011. “Fui designado incluso antes que el ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos, que iba a ser mi jefe. Lo hablé con Zapatero y más tarde habló con Moratinos. Me lo ofreció y lo consultó con la Ejecutiva del PSOE, lo que indica la naturaleza política del puesto. Un secretario de Estado es un cargo con territorio propio que hace cosas tan importantes como un ministro. Yo no me sentía un subordinado. El problema llega cuando tienes mucha autonomía porque te ha nombrado el presidente y tiendes a llevarte mal con tu jefe y otros ministros”. ¿Es entonces el presidente del Gobierno de turno el que elige entre bambalinas a los secretarios de Estado como su segunda capa de gobierno? Contesta la exvicepresidenta Fernández de la Vega: “Cuando un ministro va a nombrar a un secretario de Estado, tiene la obligación no escrita de consultar al presidente. Y el presidente sugiere nombres”. Completa el razonamiento Iván Redondo: “Y el partido también presenta sus ternas. En lo que no ha entrado Sánchez, es en la elección de los secretarios de Estado de Sumar, su socio de Gobierno de coalición”.

La imagen del poder de los secretarios de Estado se escenifica cada jueves en el edificio Inia de La Moncloa. A las 9.30, rompiendo la bucólica somnolencia del complejo, una caravana de relucientes Mondeo Hybrid oficiales de color gris (el azul es para los ministros) estaciona con una precisión propia de la corona británica ante la fachada de un caserón que remeda al Barroco madrileño, aunque fue construido en los cincuenta como Instituto de Investigaciones Agrarias. En la Navidad de 1976, Suárez trasladó a este territorio la maquinaria de la Presidencia del Gobierno. Aquí sigue. La Comisión General de Secretarios de Estado y Subsecretarios (Cgseys) se celebra en un espacio que fue laboratorio de fitopatología. Es la discreta cocina del Gobierno. Las sesiones de la Comisión transcurren en una sala sin ventanas, donde no entran los móviles, en la que se realizan barridos electrónicos y a la que se accede por una puerta anodina y bien barnizada con dos hojas consecutivas para evitar indiscreciones. Al fondo, una mínima terraza para fumadores. Aquí se reúnen presencial y telemáticamente 60 personas. Nada ocurre los martes en el Consejo de Ministros sin que haya sido tratado y visado en esta cumbre el jueves previo. Todo llega atado y bien atado a las manos del presidente del Gobierno. En el Consejo de Ministros, como en la Comisión, se debate y delibera, pero jamás se vota. La regla es el consenso.

En esta sala de la Comisión el sumo sacerdote es el ministro de Justicia y Presidencia, Félix Bolaños, que la preside y es además secretario del Gobierno, es decir, su coordinador y ministro de confianza del presidente. Controla el sistema circulatorio de la toma de decisiones del Estado, canaliza la información que le llega a cada ministerio previa a los Consejos de Ministros, prepara y canta el orden del día en el Consejo, da fe de lo aprobado, firma y pone a buen recaudo en armarios acorazados las actas de las reuniones (las deliberaciones son secretas) y se encarga de la rúbrica del Rey, que se hace físicamente y transporta en mano un motorista entre la Zarzuela y la Moncloa. Como líder de las reuniones de la Comisión de Secretarios de Estado, Bolaños es ejecutivo, taxativo, directo, poco afecto a los debates interminables y a perder el tiempo en florituras. Es duro, pero maneja con salero la ironía. Actúa como un comandante en jefe de los secretarios de Estado.

Se acerca caminando desde su despacho, en el llamado edificio nuevo del complejo monclovita, hasta Inia, mientras afina los detalles de la reunión con su principal colaborador, el subsecretario Alberto Herrera, que controla los engranajes con su equipo de la Oficina del Secretariado del Gobierno, que encabeza el abogado del Estado Alberto García junto con una treintena de funcionarios. Mientras caminamos, Bolaños explica: “La Comisión no es una reunión, sino un proceso. El sistema funciona a través de la Comisión Virtual, una aplicación donde cada ministerio vuelca los asuntos que quiere que vayan al Consejo de Ministros. Así se constituye el índice negro. Cada proyecto de ley, cada real decreto, cada reglamento, tiene que estar hablado y pactado entre los ministerios. No quiero que los asuntos vayan al Consejo de Ministros en canal, sin consensuar, con observaciones y discrepancias de otros ministerios, saltándose pasos o sin calidad legislativa. Si un asunto no está maduro, lo freno. Y luego decido junto con el presidente el orden del día del Consejo de Ministros: lo que va de carril y no implica ninguna discusión, que va en el índice verde, y lo que exige un debate político profundo, que va en el índice rojo”.

Aina Calvo, secretaria de Estado de Seguridad, afirma bromeando que lo más vibrante de la Comisión “transcurre en el pre y en el pos”, durante el desayuno en una estancia contigua a la de la Comisión, y a la salida de esta, al estribo de los coches. Son momentos de pacificación entre los ministerios. Un Gobierno no es un oasis. Las fricciones son continuas y a veces históricas. Durante la Comisión, y antes y después de ella, los secretarios de Estado tienen que tirar de extintor, lograr que sus asuntos salgan adelante y no poner demasiadas trabas a los del prójimo. Por encima de todos está la secretaria de Estado de Presupuestos, la andaluza María José Gualda. Es la figura más solicitada. Hay que guardar turno para conseguir su audiencia durante el refrigerio. Tiene derecho a veto. “La política es el arte de lo posible, es lo primero que aprendes cuando llegas aquí”, concluye el secretario de Estado de Trabajo, Joaquín Pérez Rey.

Los secretarios de Estado forman un lobby silencioso. De la continua negociación, la Comisión y los grupos de WhatsApp pasan a la complicidad y, a veces, a la amistad. Saben de qué va el oficio. Están continuamente conectados. Son una raza aparte. Cuentan los políticos más viejos del lugar que, en los primeros compases de la democracia, los entonces subsecretarios se iban cada viernes a ver una película que seleccionaba el de la Presidencia, Sabino Fernández Campo, y después cenaban en confraternidad. Constituyen un segundo anillo del Gobierno. No deciden, pero ejecutan. Son el poder detrás del poder.

Source: El País · Jesús Rodríguez

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