“Cada areola es única, igual que tu huella dactilar o tu ojo. Y hay muchísimos colores”, asegura la tatuadora Mariska de Jong (Breda, Países Bajos, 45 años), rodeada de flores, plantas y premios, durante la entrevista en su consulta en su ciudad natal. Desde el pasado 25 de octubre, ella es la campeona mundial de micropigmentación mamaria en pacientes que han pasado por una mastectomía, o bien cirugías derivadas de un cáncer de mama. Su especialidad es grabar en la piel de un pecho reconstruido, un gesto que supera lo estético para entrar en el terreno psicológico. “Tatuar en la piel un pezón y areola hiperrealistas ayuda al paciente a recuperar la autoestima”, cuenta a EL PAÍS.

De Jong se proclamó campeona de su especialidad en la World Universal League of Permanent Makeup (Liga Universal Mundial de Maquillaje Permanente), celebrada a finales del mes de octubre en Antalya (Turquía). Fue una semana intensa, con miles de artistas de 85 países en la competición, y llegó avalada por el título de campeona del Benelux en su campo, obtenido el pasado septiembre. Un buen apoyo, pero la calidad del trabajo del resto de los tatuadores era muy alta. “Fui a disfrutarlo sin demasiadas expectativas, pero creo que hice el mejor trabajo de mi vida. Y eso que llevo 15 años en este campo”, explica.

Tenían que trabajar de memoria, en 75 minutos, sobre una pieza lisa de látex como las que ordena en su sala de tratamiento. Hay que tocarlas para comprobar que no tienen volumen. En su consulta, las usa para grabar la imagen previa “cuando viene una mujer o un hombre, porque ellos también pueden tener cáncer de mama”, advierte. Si no disponen de una foto anterior a la operación, De Jong les enseña un libro con todo tipo de pezones y areolas. “Hago un esbozo con los pigmentos para que se hagan una idea del resultado final”, cuenta.

Las pruebas con colores ayudan a establecer la profundidad, definición y brillo del tatuaje, porque, subraya, “siempre hay un punto donde incide la luz, y así vas componiéndolo”. No todas las pieles absorben de la misma manera la tinta, así que la gama abarca del rosa a diversos tonos de marrón. Los cubículos de tratamiento son blancos. Su sala de espera, por el contrario, está pintada de verde y llena de grandes plantas, con unos flamencos asomando en el papel pintado de la pared. Un ambiente cálido que arropa en un posible día gris y frío.

Poco antes de iniciarse la entrevista, De Jong atiende a una mujer que ha pasado por la operación y reconstrucción posterior de la mama, y que estuvo a punto de pedir que le hicieran un pezón nuevo mediante un injerto de piel, hasta que la conoció. “Tenía dudas porque siempre estaría duro, y se alegró mucho cuando supo que gané el campeonato del Benelux”, recuerda la tatuadora. “Me confió que nunca había obtenido la información correcta para poder elegir bien”, asegura, y aprovecha para plantear dos mensajes claros sobre el efecto de su labor. Por un lado, dice, “ayuda a que te sientas de nuevo completa, igual que cuando se camuflan cicatrices”. Por otro, considera que “gran parte de la medicina se centra en resolver problemas”, pero luego es cada uno que tiene que “aprender a vivir con los resultados”. “Abordar el aspecto psicológico y estético te devuelve la confianza”, afirma.

De Jong habla con conocimiento de causa. Ella no pasó por un cáncer, pero sí ha pasado por múltiples operaciones para retirar y estirar la piel por una pérdida radical de peso tras una etapa como culturista en su juventud. Tuvo muchos problemas de inflamación e infecciones y, a pesar de que llevaba décadas en el mundo del maquillaje permanente, reconoce que le costó encontrar a un experto capaz de corregir todas sus “marcas”. La tatuadora levanta ambos brazos y muestra unas largas cicatrices del mismo color de su piel. Están tan bien difuminadas que hay que mirar con detención. “Que puedas contemplar de nuevo tu pecho porque hay un tatuaje en 3D, que te atrevas a ponerte el bañador en verano, que no te avergüences de ti misma... Eso es lo máximo que puedo hacer en mi trabajo”, admite.

Un tatuador clínico debe conocer a fondo la piel y cómo reacciona el tejido cicatricial, “que necesita entre seis meses y un año de antigüedad para ser tratado”, según ella. No puede haber un edema, y hay que saber “cuándo se sometió a radioterapia el paciente, si el tratamiento ha concluido y la medicación que toma”, explica, mientras enseña fotos en su móvil de casos antes y después del tatuaje —los pezones están tan bien hechos que Instagram ha censurado algunas de las publicaciones en las que comparte esos resultados—. La piel normal tiene su forma habitual de curarse, pero cuando ha habido un traumatismo, las cosas cambian. Los queloides, por ejemplo, que son una cicatriz producida por un aumento excesivo de tejido conjuntivo, “solo tienen que tocarlos médicos e investigadores”. “Si los estimulas, pueden proliferar”, advierte.

Desde 2022, está vigente en Europa la normativa que prohíbe o restringe la concentración de sustancias peligrosas en las tintas para tatuajes permanentes (REACH, en sus siglas en inglés). “Gracias a esa regulación es un procedimiento seguro, y mi habilidad es conseguir un resultado muy realista”, reconoce. El campeonato mundial le ha franqueado la puerta de los cirujanos, que permanecía hasta ahora entreabierta en el mejor de los casos. “Me he esforzado mucho y he propuesto repetidas veces sin éxito que trabajemos juntos”, confiesa. Ahora, en cambio, dice sonriendo que le han han llamado desde varios hospitales para concertar una cita. “Podríamos hacer un buen trabajo conjunto”, propone. Han llegado dos nuevas clientas, y antes de la despedida proclama lo siguiente: “Quiero ayudar porque yo aprendí a quererme de nuevo cuando suavizaron mis múltiples cicatrices”.

Source: El País · Isabel Ferrer

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