María Corina Machado llegó a Venezuela. La noticia se propagó rápidamente por los grupos de WhatsApp. Primero lo anunció ella misma en su cuenta de X: “Estoy aquí con ustedes”. Poco después, Edmundo González Urrutia, exiliado en España, confirmó la información y aseguró que él también regresará pronto al país. Tras la conmoción inicial surgió la pregunta inevitable: ¿qué viene ahora?
Se trata del noveno intento de la líder opositora por regresar a Venezuela. Temprano este domingo, miembros de su equipo recibieron un mensaje de Magalli Meda, jefa de campaña de Machado, informándoles que el retorno ya se había concretado. María Corina se preparaba para asistir a una misa en una iglesia de Barquisimeto, en el centro del país, cuando comenzó a circular la noticia. Meda describió el regreso como una operación compleja y advirtió que ahora empiezan nuevos desafíos. Son varios.
El primero será mantener el respaldo popular que, al menos en las primeras horas, se hizo evidente en las manifestaciones de entusiasmo registradas a lo largo del recorrido terrestre que emprendió hacia Caracas. El segundo, quizá más delicado, consiste en gestionar su ya tensa relación con Estados Unidos, un aliado al que ha pedido públicamente acelerar las acciones necesarias para propiciar un cambio político real en Venezuela.
Durante su ausencia forzada, Machado ha conservado niveles muy altos de popularidad. Un estudio reciente de la firma Poder y Estrategia le atribuye una intención de voto cercana al 70%. Sin embargo, nada indica que en el corto plazo vaya a celebrarse una elección presidencial en el país sudamericano.
La semana previa a su retorno concluyó la tercera ronda de conversaciones entre el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez y un sector de la oposición representado por los remanentes de la Asamblea Nacional electa en 2015, liderados por Dinorah Figuera. Al cierre de la ronda, Figuera y Rodríguez se reunieron públicamente por primera vez, un hecho que alimentó rumores sobre un posible encuentro con Machado. Hasta ahora, no pasan de ser especulaciones.
La Mesa de Acuerdo avanzó hacia uno de sus objetivos: la renovación del Tribunal Supremo de Justicia. A cambio de las concesiones realizadas, el gobierno de Rodríguez continúa exigiendo el levantamiento total de las sanciones internacionales. Entre las demandas planteadas en la negociación figura la devolución de cuatro mil millones de dólares en oro bajo custodia del Reino Unido. No está claro si esa solicitud ya fue atendida ni si forma parte de los acuerdos alcanzados hasta ahora, ya que, como otros aspectos de la negociación, no ha sido informada oficialmente.
Ricardo Ríos, director de Poder y Estrategia, señala dos interrogantes centrales sobre el futuro inmediato de Machado. La primera tiene que ver con el grado de libertad de movimiento y acción política que podrá ejercer dentro de Venezuela, especialmente si su retorno estuvo sujeto a condiciones negociadas. La segunda apunta a los costos políticos que podría enfrentar en los próximos meses si las expectativas de cambio terminan frustradas. “Ha hecho una jugada audaz que mueve el tablero, pero no debe estar sola en esta decisión”, afirma.
También sigue siendo una incógnita el papel desempeñado por Estados Unidos en este retorno. Sin embargo, existe consenso entre distintos actores políticos sobre un hecho: Washington no obstaculizó el regreso de Machado, como algunos presumían que había ocurrido en los ocho intentos anteriores.
El secretario de Estado, Marco Rubio, saludó el reingreso de la dirigente opositora en términos que reflejan cierto malestar por las críticas recibidas desde sectores de la oposición:
“Las condiciones que permiten el regreso seguro de la Sra. Machado a Venezuela son el resultado directo de las conversaciones de reconciliación apoyadas por Estados Unidos, que ya han logrado la liberación de cientos de presos políticos y el retorno del exilio de cientos de figuras de la oposición política”.
Rubio instó además a que continúe el respeto a las libertades de todos los sectores políticos.
“Esperamos que todos los actores políticos apoyen estas conversaciones, que representan la mejor oportunidad que Venezuela ha tenido en treinta años para lograr pacíficamente no solo una elección libre y justa, sino una democracia duradera”.
Machado había incrementado la presión pública mediante artículos y entrevistas publicados en The New York Post, The New York Times y Fox News. En esos espacios procuró matizar sus diferencias con Washington: elogió el papel del presidente Donald Trump en la salida de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, pero cuestionó que gran parte de la estructura de poder del antiguo régimen continúe administrando el Estado y participando en los negocios petroleros.
El jueves 23 de octubre, además, cientos de simpatizantes se movilizaron en distintas ciudades para exigir que se facilitara su regreso al país.
Uno de los temores que se expresan en voz baja, tanto dentro como fuera del oficialismo, es que Machado logre capitalizar el creciente descontento social. La frustración no solo responde a la ausencia de mejoras económicas, aún inalcanzables, para la mayoría de la población, sino también a la percepción de que persisten prácticas de corrupción alrededor de los acuerdos políticos y económicos impulsados por ambos gobiernos, como ha señalado el economista Ricardo Hausmann.
Por ahora, el regreso de María Corina Machado altera el clima político en un tablero que comenzaba a estabilizarse y que lucía predecible. Sin embargo, aún no cuenta con capacidad de incidencia directa en la mesa de negociaciones donde hoy se ejecutan las decisiones más relevantes, bajo la tutela de Estados Unidos.
Su principal reto es cómo transformar el enorme capital político que ha construido en los últimos tres años en un movimiento que no se agote ante tantos intentos frustrados de lograr un verdadero cambio. Le corresponde reencontrarse con sus seguidores, reconstruir espacios de acción y, al mismo tiempo, administrar con habilidad una relación compleja con un aliado indispensable que ha preferido jugar cerrado con su némesis.
Source: El País · Luz Mely Reyes
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