Es muy difícil demostrar que eres descendiente de exiliados del franquismo. Y si tu bisabuelo se marchó de España a finales del siglo XIX a Uruguay, sería casi imposible demostrar que puedes optar a la nacionalidad española según una vía pensada para descendientes de exiliados del franquismo sin la instrucción de Sofía Puente, que modificaba ilegalmente lo que habían decidido los representantes de la soberanía nacional. La ciudadanía, la jerarquía normativa y el censo son cuestiones serias en una democracia. Pero nuestro Estado se respeta poco a sí mismo y quienes lo dirigen no respetan casi nada a los demás.
Un indicio es que el conflicto surja en torno a la Ley de Memoria Democrática: la instrucción se salta la ley, sustituye la memoria por la amnesia y termina modificando el demos. Ha dicho Pedro Sánchez que “los nietos del exilio republicano tienen el mismo derecho a votar que los nietos del régimen franquista”. Uno se pregunta quiénes son esos nietos del régimen franquista. ¿Personas cuyos abuelos vivieron en la España de la dictadura? ¿Los que coincidieron, digamos, biológicamente, con el régimen? ¿El descendiente de un republicano represaliado, o de un republicano fusilado, es nieto del franquismo? ¿O hay que reservar el título a gente como el presidente del Gobierno, cuyo abuelo, tras desertar del ejército republicano, combatió valientemente a favor de Francisco Franco y recibió tres condecoraciones por ello? ¿Había una anti-España, pero era la que estaba dentro, y la de verdad era la que estaba fuera? Quizá deberían pedir la nacionalidad española los que no descienden de exiliados. No sabemos quiénes son los nietos del franquismo, y menos los nietos del exilio según la instrucción.
El lío me ha recordado un artículo de Guillermo Abril, publicado en EL PAÍS en 2007. “Brillan los campos de trigo. Es media tarde en Segovia. Un pequeño grupo de maoríes desanda el camino hacia sus raíces. Al lugar donde todo empezó, Valverde del Majano”, empezaba. 16.000 maoríes, la tribu de los Paniora, descendían de Manuel José, que llegó a Nueva Zelanda en 1834; una delegación viajaba a Segovia para conocer la tierra ancestral. Las cifras de reproducción de Manuel José son muy altas, como las de los exiliados. Pero es que a un español sin smartphone no hay quien lo pare. Confiemos en la justicia, y esperemos que los Paniora puedan votar. A fin de cuentas, ya decía Javier Krahe que todo es idéntico en las Antípodas, y Luis Alegre cantaba, una noche memorable en Casa Emilio, “Nueva Zelanda, camisa blanca de mi esperanza”.
Source: El País · Daniel Gascón
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