Dos años después de perder la Casa Blanca y el Capitolio ante el empuje de un Donald Trump resurgido de sus cenizas, los demócratas recuperaron este martes con holgura el control de la Cámara de Representantes y del Senado en las elecciones de mitad de mandato. Fue una auténtica carnicería para los republicanos, un serio castigo al presidente de Estados Unidos y una velada histórica, pese a lo gastado del adjetivo: esa doble pérdida legislativa para el partido en el poder solo se había dado en seis ocasiones anteriores.
Impulsada por el hastío de los votantes ante una presidencia caótica y llena de promesas rotas, la oposición devolvió el golpe a Trump con fuerza, como lo haría un luchador recompuesto tras morder el polvo. Las encuestas vaticinaban una ola azul, pero, por seguir con una de esas analogías que tanto gustan en Washington, un verdadero tsunami acabó arrasando las costas republicanas.
Fue a eso de las 22.00 (seis horas más en la España peninsular) cuando se pudo dar por descontado que los demócratas superarían el umbral de los 218 escaños que necesitaban para la mayoría de la Cámara baja. Mientras eso sucedía, el recuento de votos en los 35 Estados en los que renovaban su representación en el Senado seguía añadiendo más malas noticias para los republicanos, que perdieron un territorio reñido tras otro.
La sangría roja no paró ahí: el partido de Trump perdió contiendas a gobernador en lugares tan improbables como Texas y Ohio, dos Estados en los que los demócratas ganaron el Senado, gracias a las candidaturas de Sherrod Brown y James Talarico.
No había terminado aún la votación en la costa Oeste, y ya estaba claro que no haría falta siquiera esperar a que cerraran los colegios electorales en Alaska a la 1.00 para saber que, por esta vez, la noche electoral se había quedado en Estados Unidos en eso, una noche y no, como últimamente, en una o varias semanas.
El presidente de Estados Unidos había pedido una y otra vez a sus fieles, y, por extensión, al resto de sus compatriotas, que fingieran que su nombre figuraba en las papeletas, pese a que esta cita con las urnas es, cada cuatro años, un referéndum solo en teoría sobre el desempeño del presidente.
Cuando la debacle ya estaba clara, Trump, fiel a su estilo de negar la realidad y al uso enfático de las mayúsculas, batió sus propias marcas de cinismo con el siguiente mensaje en su red social, Truth: “¡Yo no aparecía en la papeleta electoral y, si hubiera aparecido, habríamos ganado POR UNA VICTORIA APLASTANTE!“. Al rato, habló con The New York Times para anunciar que está dispuesto a aceptar el resultado de las elecciones, y eso, en su caso, supo a noticia de impacto.
Tradicionalmente, los electores suelen reprobar al inquilino de la Casa Blanca en las midterms, un rito de paso presidencial que les brinda la oportunidad de decirle que no están contentos con el estado de las cosas. Animados esta vez, según las encuestas, por el enfado ante la marcha de la economía, el alto precio de la gasolina, la guerra en Irán, las fijaciones ególatras de Trump y la corrupción del Gobierno, los votantes tiñeron el mapa de azul en lugares en los que Trump había ganado de calle en 2024.
Entonces, los estadounidenses le dieron un billete de vuelta a la Casa Blanca porque le creyeron cuando prometió que arreglaría la inflación, y que lo haría rápido. El jueves hará dos años de aquella victoria y aún siguen esperando. El candidato también repitió en aquella campaña que no metería a su país en una guerra en el extranjero y la lanzada junto a Israel contra Irán va ya para 10 meses.
Primeros síntomas
Los primeros síntomas de la hecatombe republicana empezaron pronto. Y se convirtieron enseguida en clamorosas señales de alarma con la victoria de Jon Ossoff, que será senador por segunda vez en representación de Georgia y gana puntos como posible candidato a la presidencia en 2028; el vapuleo en Carolina del Norte de Roy Cooper a Michael Whatley, aspirante impuesto por Trump; y la perspectiva hasta hace meses impensable de un representante demócrata de Carolina del Sur en Washington. Será, a partir de enero, Annie Andrews, que se impuso a Darline Graham, otro capricho del presidente, que la designó por ser hermana de Lindsey Graham, al que ambas aspiraban a sustituir por fallecimiento.
Después cayeron Kansas e Iowa, con las victorias del pastor Adam Hamilton y el centrista Josh Turek. Ken Paxton (de nuevo, un empeño de Trump) perdió en Texas, Estado que ha votado demócrata por primera vez en más de 30 años. Además de Paxton y el gobernador Greg Abbott (derrotado por Gina Hinojosa), el otro gran perdedor fue allí Elon Musk, que puso más de 400 millones de dólares para ayudar a los republicanos. Por esta vez, el dinero del hombre más rico del mundo no sirvió para nada.
La noche también dio para otros hitos históricos. Dos Estados del viejo Sur esclavista, Florida y Georgia, tendrán por primera vez gobernadores negros: Byron Donalds (republicano) y Keisha Lance Bottoms (demócrata). Y si Bottoms fue la primera afroamericana en conquistar ese cargo en la historia del país, Deb Haaland se convirtió, por su parte, en la primera nativa estadounidense en hacer lo propio en Nuevo México.
Antes de romperse los techos de cristal, la jornada electoral había transcurrido con razonable tranquilidad, salvo por algunos incidentes aislados, como una amenaza de bomba en Toledo (Ohio), inundaciones en Florida y fallos en el software de recuento en un condado de Nueva York.
El día había empezado con el envío por parte del Departamento de Justicia de una remesa de cartas amenazantes en la enésima treta de la Administración de Trump para poner preventivamente en duda los resultados en Alaska, donde los demócratas maniobraron para despistar a los electores con un candidato independiente (Dan J. Sullivan) llamado casi igual que el republicano (Dan S. Sullivan). Después, no se cumplieron los peores augurios: no hubo agentes federales armados en los centros de votación, y los mil observadores mandados por el Gobierno a los 50 Estados no protagonizaron ningún incidente.
A eso del mediodía, David Becker, director ejecutivo del Centro para la Innovación Electoral, referente en materia del derecho al voto en Washington, hablaba con alivio de la jornada “más tranquila” que recordaba, tras un año en el que Trump y sus aliados se desvivieron por sembrar dudas sobre el proceso electoral. Todo indica que los funcionarios y empleados electorales, así como jueces federales de todo el país y un ejército de activistas de los derechos civiles, lograron torcer el brazo al presidente en su deseo de “nacionalizar” las elecciones, pese a que la ley indica que organizarlas no es un asunto de incumbencia federal.
En su entrevista con el Times, Trump renegó aparentemente de ese historial de negacionista electoral. También anunció su disposición a trabajar con los demócratas en el Capitolio, aunque no quepa esperar mucho de esa colaboración.
Él mismo había dicho el día anterior que piensa afrontar un Congreso hostil convertido en el “Señor Veto”, como le permite la Constitución. Tampoco parece probable que los demócratas vayan a perder la oportunidad de hacerle la vida imposible en los dos años que le quedan en la Casa Blanca.
Cuando sus nuevos diputados juren el cargo el próximo 3 de enero, quedará oficialmente inaugurada la temporada del pato cojo, otra metáfora de Washington, que sirve para describir a un presidente con los días atados y las manos atadas. Y los demócratas se enfrentarán a un dilema: cómo hacer responsables a Trump y a sus aliados del caos y la brutalidad de los últimos dos años sin quedarse en el revanchismo.
Source: El País · Iker Seisdedos
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