Llego al restaurante, un bar de menú de currantes normal y corriente, a eso de las tres, con hambre. Me asignan una mesa, pero antes de sentarme a comer, necesito usar el baño. Lo encuentro al fondo del local. Tras una puerta, aparecen un lavamanos solitario y un pequeño pasillo con dos puertas más. Tras la primera puerta hay un bodegón de urinario masculino, retrete salpicado y charco en el suelo. En la segunda puerta hay un cartel pegado con celo con un mensaje a boli que reza “la puerta no cierra”. En efecto, la puerta no tiene ni pomo, y no cierra. Queda entreabierta. Es el baño adaptado para personas con movilidad reducida, y también el de mujeres, una habitación cuadrada de tres metros por tres. No tengo el brazo lo suficientemente largo (ni yo ni nadie, supongo) para resolver la situación como lo he hecho otras veces en circunstancias similares, pero más estrechas: manteniendo la puerta cerrada apoyándome en ella con una mano extendida mientras meo en cuclillas y de puntillas con el bolso colgando del cuello para que no toque el suelo, porque no hay ni gancho ni taburete a la vista donde dejarlo. Mientras sopeso la situación aparece otra mujer con intención de usar el baño. Tras un par de vistazos y de escuetas deliberaciones nos organizamos para aguantar la puerta, montar guardia la una para la otra y mear por turnos.

Tres horas más tarde, ya en casa, después de haberle dado unas cuantas vueltas al asunto, publico solo dos frases en mi cuenta de X: “Tenemos que hablar de los baños de bares y restaurantes. Qué vergüenza”. Un día y decenas de miles de visualizaciones y reacciones después, una aplastante mayoría de los comentarios son expresiones de asco o variaciones del clásico intemporal “el estado del baño es un reflejo del estado de la cocina”. Aquí, una voz dentro de mí dice “¡alto!”. He trabajado más de veinticinco años en bares y restaurantes de todo tipo y condición y nunca he visto pis en el suelo de una cocina. Pero he visto baños que he limpiado yo misma pasar de 10 a 0 en salubridad en cuestión de minutos. “¡La gente es muy cerda!”, dicen. Y cuando una pregunta “¿quién es la gente?”, nadie levanta la mano.

Ninguno de esos testimonios responde “a veces es verdad que uno no se fija y mea fuera de la taza”, ni “tuve un apretón, hice un estropicio y me dio tanto apuro ser descubierto que pedí la cuenta y me largué sin tomar café ni decir ni mu”, ni “es mi culpa que no hubiese donde colgar el bolso. Antes había un gancho de diseño superchulo. Tan chulo que me lo llevé. En mi casa queda de cine”. La suciedad en los baños de bares y restaurantes la provocan entes abstractos como “los otros” o “los guarros”, o el hostelero, que no limpia lo suficientemente rápido, ni lo bastante a menudo, ni lo bastante bien.

El dispensador roto y la puerta que no cierra son fallos de mantenimiento atribuibles al propietario del bar, que podrían resolverse con voluntad, cinco euros, un destornillador y cinco minutos. Hay casos en los que la dejadez clama al cielo: no existe un español que no pueda nombrar al menos diez maneras distintas que tiene un pestillo de no funcionar.

Pero el pis en el suelo y la mierda en las paredes son mérito de los clientes. La responsabilidad por la falta de papel higiénico habría que discutir de qué lado cae: en España se roban desde los taburetes hasta las escobillas del váter, y hay muchos hosteleros hartos de ser un Sísifo empujando una roca cuesta arriba contra el vandalismo, teniendo que reponer el dispensador de jabón tres veces a la semana, por hurto.

El marrón, al final, se acaba posando siempre en las manos enguantadas del eslabón más débil de la cadena: el ayudante de camarero o la señora de la limpieza.

Se dice que se puede certificar la calidad de un bar por el estado de sus baños. Pero la frase se queda corta: los baños de nuestros bares son el espejo del alma de todos nosotros: hosteleros y usuarios. Y me reafirmo en lo que publiqué en mi tuit: qué vergüenza.

Source: El País · Maria Nicolau

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