Hay una pregunta que se repite en la acampada de Sol: “¿Nos vamos o nos quedamos?”. El debate se extiende por las más de 1.500 tiendas como la rabia que encendió esta protesta la noche del 26 de septiembre tras la manifestación por el desahucio de Maricarmen Abascal. Casi un mes después, la incógnita sobre hasta cuándo resistir ha llegado esta semana a la primera página de La lona, el periódico de la ciudad montada en Sol. La respuesta no es sencilla. Tampoco unívoca. Algunos insisten en aguantar hasta la huelga general del 11 de noviembre. Otros quieren desacampar ya para organizar una segunda etapa de movilización en los barrios. Incluso hay quienes plantean una acampada indefinida hasta que se logren soluciones reales a la crisis de vivienda. La única certeza es que, antes de abandonar Sol, se debe publicar un manifiesto. Y los habitantes de esta ciudad laberíntica con 40 plazas ya han empezado a redactarlo.
Leyre Pérez es técnica de inclusión social y coordina el puesto de cuidados sanitarios, uno de los servicios autogestionados que tiene la acampada instalada sobre el kilómetro cero de España. “Tendría sentido empezar a levantar si se hace una preparación para resolver de qué manera queremos desacampar y qué va a pasar con las personas vulnerables”, asegura mientras atiende consultas que van desde primeros auxilios hasta malestar psicológico por la incertidumbre. Uno de los debates principales radica en qué alternativa se ofrecerá a las personas sin hogar acampadas una vez que concluya la protesta. Para Pérez, la retirada tiene “que ser un proceso espaciado en el tiempo para que pueda haber una gestión adecuada”.
El primer paso se ha dado esta semana: los acampados han iniciado la redacción del manifiesto con una lluvia de ideas. En la plaza de la Komuna, bajo el techo de una carpa, un grupo de jóvenes que no superan los 20 años debate en corrillo sobre qué reclamos debería incluir el texto. “Hay gente que opina que tenemos que irnos ya, pero seguimos descontentos”, cuenta Valeria, de 18 años. “Creemos que esto es una herramienta política que puede darnos mucha fuerza de cara a la huelga general. Hay que quedarse hasta ese día”, dice la joven, que lleva una sudadera verde con la inscripción “Escuela pública: de todos y para todos”.
Lo mismo opina Rita Fernández, de 60 años, que hace turnos de guardia en el puesto de información ubicado frente a la calle del Carmen. “La gente sigue donando y vamos a aguantar, al menos, hasta la huelga”, apunta la mujer que vive en Colmenar del Arroyo y también participó en el 15-M. “Nosotros estábamos más perdidos hace 15 años. Esta gente tiene las cosas muy claras y se defiende muy bien de toda la morralla que viene a provocar”, apunta. Desde el 26 de septiembre, los acampados han resistido distintos asaltos de grupos ultras. También han superado los intentos de desalojo del Gobierno de la Comunidad de Madrid, que presentó dos medidas cautelares al Tribunal Superior de Justicia que fueron rechazadas.
Pero el consenso absoluto que reinaba durante las primeras semanas ante cada provocación empieza a resquebrajarse. El jueves pasado, se celebró una asamblea extraordinaria para debatir el futuro de la protesta y resultó imposible definir una fecha de desacampada. Tras más de tres horas de debate, solo se acordó que el camino para el final del campamento debe contemplar la articulación con los barrios de Madrid, un manifiesto con las principales demandas y un acto de “cierre memorable”.
Hay personas que ya se han retirado de Sol, según informan desde la comisión de Comunicación. “Son individualidades, pero los colectivos quieren seguir estando y ya se está trabajando en un manifiesto”, aclaran. Pero al igual que algunos se van, otros llegan cada día. De hecho, han llegado personas a acampar que nada tenían que ver con la reivindicación original, pero han encontrado acomodo ahí a sus propios problemas. Lo cierto es que casi un mes después de que se pusiera la primera tienda, la sociedad creada en Sol es dinámica y se autorregula con 10 comisiones que tienen sus competencias estrictamente delimitadas. Uno de los roles centrales de la comisión de urbanismo es reasignar las tiendas vacías a quienes buscan unirse a la acampada. En su puesto tienen una mesa con dos urnas: una que dice “tengo hueco” y otra con la frase “busco hueco”. Los interesados deben completar una ficha con su nombre, teléfono de contacto e indicar cuántos días planean quedarse. La lista de espera se actualiza cada jornada y los días de lluvia puede ascender hasta 30 personas.
Entre quienes buscan levantar el campamento lo antes posible, se repite el argumento de que la acampada ya ha cumplido su principal objetivo de visibilizar la crisis de vivienda. La protesta de Sol ha desencadenado una convocatoria anticipada de elecciones generales para el 29 de noviembre y la primera huelga general en 14 años. “Yo soy de la opinión de desacampar y redactar un manifiesto con nuestras peticiones”, asegura Aitana Varona, de 18 años. “Mi objetivo es lograr que la gente de aquí llegue a los barrios para organizar una huelga efectiva”, asegura la joven, que estudia el grado de Filología Clásica y realiza turnos en la carpa del pulmón, en la zona central de Sol, para servir la comida.
Otros manifestantes también han pedido desacampar en vídeos publicados en las redes sociales. Oriol Erausquin, profesor de Sociología que ha participado en la acampada desde el primer día, ha advertido en su cuenta de Instagram de que si las acampadas “se estiran demasiado, pierden impacto político, se vuelven difíciles de gestionar y empiezan a convertirse en parte del paisaje”.
Este sábado la acampada cumplirá su primer mes con cientos de personas que se resisten a abandonar una movilización que ya ha traspasado fronteras. La protesta se ha convertido en un faro para las movilizaciones por la vivienda en Lisboa y Oporto, mientras que en el laberinto de calles improvisadas en el centro de Madrid, la pregunta sobre hasta cuándo aguantarán tiene una sola respuesta: “No lo sabemos”.
Source: El País · Milagros Alonso
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