Contaba en sus redes sociales el líder de Lori Meyers, Antonio López, Noni (Loja, Granada, 45 años), que se habían “cansado de tocar en festivales” y por eso daban el martes 13 de octubre un concierto en la sala El Sol de Madrid para unas 300 personas. El concierto era verdad, pero lo del cansancio era una broma. “Una tontería”, confirmaba él mismo a EL PAÍS en la zona de reservado del mítico local horas antes del recital. Es el primero en 15 años que recuerdan dar en ese formato, es decir, un repertorio completo en una sala de aforo pequeño, cara a cara con su público. En su trayectoria predominan los festivales: más de cien actuaciones en ese tipo de escenarios, del Primavera Sound de 2004 al Benicàssim, Bella Vista o Ebrovisión de este mismo verano. El guitarrista y covocalista, Alejandro Méndez (Granada, 45 años), reconocía tener algo de nervios, “sales de tu zona de confort”, sobre todo en cuanto a cuestiones técnicas. Completa el trío como miembro oficial Alfredo Núñez, batería.

Lori Meyers nació en Granada en 1998, en un momento en el que la provincia estaba en ebullición. En 2003 sacaron su primer disco, Viaje de estudios. Y en 2026 siguen funcionando en una escena que se parece poco a aquella. En casi tres décadas, son pocos los festivales en España que no los han tenido en una edición u otra. Noni define a los Lori como “currelas de los festivales”. Consolidaron ese modelo en plena crisis económica, cuando se crearon muchos de los que siguen en activo –SOS 4.8 antes de ser Warm Up, Arenal Sound, Low– a la vez que los grandes comenzaban a programar a más artistas nacionales, más baratos que los internacionales. Lori Meyers y sus éxitos –Emborracharme, Luces de neón– se erigieron así en emblema de la etapa dorada del indie, el movimiento cultural milenial de los 2010. Mantenerse en esa rueda –también siguen ahí Sidonie, Dorian o La Habitación Roja– les permite algo impensable para muchos músicos de nueva hornada: pasarse, como se han pasado ellos, cinco años sin canciones nuevas pero sin parar de tocar en grandes escenarios.

En El Sol fue diferente. Presentaban Disonancia, su nuevo álbum, grabado a lo largo de año y medio en el estudio de casa de Noni, en Granada. Es el octavo de su carrera. Lo produce Ferran Gisbert, guitarrista y colaborador del productor Alizzz, y con él exploran el pop y los sintetizadores, continúan con cierta psicodelia a la que ya se habían sumado en anteriores trabajos e incluso hacen alguna incursión sutilmente latina –Tus amigos–. En su concierto de El Sol, el pasado 13 de octubre, el aforo, de entrada gratuita, lo conformaban algunos amigos de los Lori, pero sobre todo fans que o bien habían hecho cola o bien habían conseguido invitación. La primera seguidora llegó a las 16:30 de la tarde. Era Susana, de 51 años: “Me apetece verlos así, en un local pequeño”.

“Cuánto tiempo sin veros sin tantas vallas, tan cerquita”, arrancó Noni a las nueve en punto de la noche, corroborando lo especial de la situación. Acompañados de sus músicos habituales (bajo, guitarra y teclado), en total eran seis en la tarima. Lógicamente, comenzaron con temas de Disonancia. Pero el público vibró de verdad, también lógicamente, con sus clásicos, el primero, Tokio ya no nos quiere. Víctor, de 32 años, agradecía tenerlos a cinco metros de distancia después de muchos años viéndoles de lejos, y los calificaba de “indie histórico”: para él y para toda una generación, lo que hace no tanto fue moderno ya tiene elementos de nostalgia. “Son casi arqueología musical”, iba incluso un poco más allá Paco, de 50, con camiseta de fútbol con grafía de Lori Meyers.

Para los próximos meses, los granadinos no quieren renunciar a nada. El plan es hacer este invierno una gira de salas –la única fecha anunciada hasta el momento es el 29 de enero en México–; y hacia la época de calor, volver a su confort —en 2027 están ya en el cartel del SanSan y del Mar de Jávea–. Son conscientes de que el sistema de macrofestivales está siendo cuestionado e incluso empieza a dar signos de desgaste, pero ellos no lo rechazan: al contrario, afirman amarlo. “Las burbujas estallan cuando la gente quiere, no cuando lo dice ni la prensa ni nadie. Se quedarán los que cuiden a la gente”, sostiene el vocalista en la conversación en el reservado con EL PAÍS. “En festivales se gana en que tienes mejores escenarios, mejores producciones; pero se mercantiliza todo un poco y se pierde algo la esencia de la programación de una sala”, concede el guitarrista.

Una industria que ya no es para bandas

Lori Meyers sobrevive –600.000 oyentes mensuales en la plataforma Spotify– en una industria que en 2026 premia las colaboraciones por encima de los discos y a los solistas por encima de las bandas. “Nosotros éramos cuatro colegas que ensayábamos en una cochera. Ahora te basta con internet. La sociedad es más cómoda y cada vez estamos todos más solos. Y solo te evitas muchos problemas, mucho que discutir y mucho que compartir”, razona Noni para tratar de entender el motivo. Pero ellos, claro, defienden a las bandas. “Tienen otra energía”, según Alejandro. En el tiempo que llevan activos, hasta la palabra indie ha cambiado su significado. “En nuestra época se ponía esa etiqueta a quien se salía un poco del esquema. Ahora, para mí indie es [el dúo británico] Sleaford Mods: uno con el ordenador y el otro rapeando. Nosotros, si somos algo, es un grupo de rock: bajo, batería, guitarra y teclado”, zanja Noni. Ellos han estado desde 2006 vinculados a la discográfica Universal Music.

Con alguna excepción como Malafollá –sobre la fama del carácter de su tierra–, las letras de Disonancia tratan el asunto atemporal universal: el amor. “Tengo muchos problemas con el amor, como todo el mundo”, dice Noni, autor de los diez temas, “aunque también hablo de amor filosófico, o a uno mismo”. No parece haber tenido tentaciones de hacer un disco con tintes políticos como algunos grupos nacionales que se han hecho últimamente un hueco: “Me la pela toda la política. La política es simplemente un error”. Al preguntarle por la vivienda se explaya algo más: “Vivo de alquiler. Entiendo el problema de los jóvenes, nosotros nos salvamos de milagro”. El concierto de presentación de Disonancia se celebró a trescientos metros de la Puerta del Sol, donde para entonces ya llevaban un par de semanas acampados en protesta cientos de chavales –por edad, hermanos pequeños o hijos de sus seguidores–, pero no hubo referencias.

Tras una hora y cuarto de directo, en los bises llegó Mi realidad, la canción durante la que más móviles se alzaron. Noni, Alejandro y Alfredo acabaron en El Sol con sus toallas empapadas, cerveza en mano, contentos. Su público también. La prueba del tiempo y del cara a cara había sido superada.

Source: El País · Belén Remacha

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