Las amenazas que se ciernen sobre las democracias occidentales, y en particular sobre Europa, son conocidas. La enfermedad ha sido diagnosticada. Y no va a desaparecer de la noche a la mañana. Por eso, más que lamerse las heridas ante un presente cargado de incertidumbres —de la inteligencia artificial a la deriva totalitaria, del desmembramiento del viejo orden mundial al auge de la polarización y del odio—, tal vez valga la pena pasar a la acción. Ofrecer “confianza” a los ciudadanos frente al desasosiego imperante y “esperanza” ante quienes tratan de certificar la muerte del proyecto comunitario. Aunque el optimismo nazca más de la voluntad que del análisis de los hechos, hay que salir a jugar la partida de ajedrez para no ser, como Stefan Zweig, espectadores de una decadencia largamente anunciada.

Esos dos conceptos (esperanza y confianza como reverso del miedo) y la idea de dar la batalla y mirar adelante han sido el hilo de Ariadna del foro World In Progress (WIP) que, organizado por PRISA, el grupo de editor de EL PAÍS, ha celebrado este lunes la primera de sus dos jornadas en Barcelona. Líderes políticos, institucionales y empresariales, así como intelectuales y académicos, han debatido en torno a los retos de un mundo abiertamente hostil, sobre todo para los valores fundacionales de Europa, que, convertida en “laboratorio” de un choque de fuerzas que empujan en direcciones opuestas, vive una “encrucijada”, como ha señalado Arancha González Laya, presidenta de un foro donde han estado muy presentes las víctimas del accidente ferroviario de Urda (Toledo). WIP ha acogido también dos encuentros de alto nivel con aforo más reducido, uno con el exministro de Hacienda de Chile Andrés Velasco y otro con el presidente de LaLiga, Javier Tebas.

Las sombras que acechan no se han negado; al contrario, se han delineado con precisión, como para ayudar a buscar, también, puntos de luz. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha recordado al gran pensador europeo, Zweig, que vio cómo “un mundo desaparecía ante sus ojos”. No sería deseable, ha afirmado Sánchez, que asistiéramos ahora al fin del modelo de democracia liberal y valores humanos que representa la UE. Y, aunque todo parece ir mal (o nada parece ir demasiado bien), hay que seguir porque “ningún destino está escrito, depende de las decisiones que tomemos”. Con las elecciones del 29-N a la vuelta de la esquina, y el superciclo electoral europeo (Francia, Italia, Polonia) en el horizonte, el presidente ha alertado sobre las “fuerzas que buscan debilitar Europa y socavar su unidad” cuando lo que se necesita es “fortalecerla”.

La guerra ha vuelto al escenario europeo (Ucrania). La rivalidad entre Estados Unidos y China es cada vez más acerada. Y el orden internacional se inclina a la ley de la selva (Gaza, Irán), mientras el papel de Naciones Unidas declina sin pausa. Rebeca Grynspan, candidata a secretaria general de la ONU y actual responsable de Comercio y Desarrollo, ha admitido que la institución se ha vuelto “reacia al riesgo” y que “necesita reformas” para ser más relevante en su papel a favor de la paz. “Es más necesaria que nunca. Se han desdibujado las lecciones del pasado y estamos en una encrucijada”.

A Europa, ante ese panorama, no le queda otra que ser “más fuerte, más autónoma y estar más unida”, aunque sin renunciar a sus señas de identidad. Y ese robustecimiento pasa, también, por las armas, como ha dicho de forma más clara el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, partidario de avanzar hacia “un auténtico ejército europeo” capaz de “disuadir” a otras potencias, como Rusia, de las tentaciones imperialistas que despliega cada vez con menos rubor. Para ese fin es esencial alcanzar la “autonomía estratégica” (también en inteligencia artificial), como ha dicho el presidente de Indra, Ángel Simón, que ha vinculado la defensa con el bienestar de unos ciudadanos que expresan un descontento larvado con latigazos súbitos de violencia, como se ha visto en las calles de Milán, París o Barcelona: “No habrá mantequilla si no construimos cañones”.

Aunque el eco de los cañones (las acciones de guerra híbrida de Vladimir Putin) empieza a escucharse, los ciudadanos europeos parecen por ahora más preocupados por la mantequilla. La carestía de la vida, la crisis de los servicios públicos y, sobre todo, la dificultad para acceder a una vivienda (requisito para cualquier proyecto de vida) están en la raíz del desasosiego. Y por eso el futuro de las democracias, objeto central de preocupación del WIP, pasa necesariamente por la “cohesión social”, por un “proyecto compartido que transforme la incertidumbre y confianza y esperanza”, ha dicho el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. En un “tiempo de incertidumbres” y ante un mundo “en refundación global”, los gobiernos deben proporcionar “seguridad”, ha agregado el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, que ha alertado sobre las “falsas promesas” que ofrecen “todas las formas de totalitarismo”, como también atestiguó Zweig en El Mundo de ayer, un libro con pasajes que parecen hablar sorprendentemente del hoy.

El WIP ha transitado por la amenaza de la extrema derecha, la erosión de la diplomacia a manos del “poder duro” y el uso de la economía (Ormuz) como arma de guerra. Esas (no) reglas del juego perjudican a Europa... y a América Latina, socio de presente y de futuro ante una administración de Donald Trump abiertamente hostil al proyecto de la UE. El acuerdo de comercio con Mercosur ha sido un paso de gigante. Pero no hay por qué parar ahí, han coincidido voces a uno y otro lado del Atlántico. El ex alto representante de la UE para asuntos exteriores, Josep Borrell, ha dicho que crear un área de libre comercio entre las dos regiones lanzaría “un poderosísimo mensaje político”, y ha animado a América Latina a avanzar en su propia integración.

Las democracias tienen también sus urgencias, y por eso la ralentización del crecimiento económico, los retos que plantea la inmigración o las próximas convocatorias electorales han ocupado parte del debate. La contienda se libra primero en España, y después en Francia e Italia, que parecen protagonizar un cambio de papeles (la inestabilidad ha cruzado los Alpes), un signo más de los tiempos. Édouard Philippe, ex primer ministro y candidato al Elíseo la próxima primavera, ha advertido de que una victoria de la ultra Marine Le Pen socavaría la “confianza” de los socios. Matteo Renzi, también ex jefe de gobierno en su país, ha pedido recuperar el espíritu de los padres fundadores de la UE: “Dieron el mensaje de que Europa era el lugar de la esperanza. Hoy hay que devolver esa vitalidad y entusiasmo al proyecto europeo”.

Source: El País · Jesús García Bueno

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