Aquellas noches de EL PAÍS tenían, cuando el periódico ya estaba recién hecho, una mirada. La mirada de Augusto Delkáder, fallecido este viernes en Madrid. Era su modo de decir qué le parecía bien o qué no supimos hacer para explicar lo que había ocurrido en el mundo o en este país que él se sabía de memoria. De noche y de día.
Y qué noches nos enseñó Delkáder en aquel periódico que luego, al salir a la calle, resultaba tan circunspecto, tan internacional y tan adusto. Después del cierre, EL PAÍS también se reía, y muchas veces era Delkáder el que nos procuraba la risa, el que explicaba con pocas palabras lo que estaba ocurriendo y aún no se podía decir.
Daba igual que la noticia que mandara ese día en el diario fuera un acontecimiento del mundo o un recado nacional, o el resultado extraordinario de una tarde de toros: ahí estaba Delkáder, explicando aquel universo que se entendía mejor al borde de los bares.
Todo le concernía, y de todo sabía: de lo que pasaba en la calle, en la política o en la tercera planta del periódico, donde se alojaba el director, Juan Luis Cebrián. Lo cierto es que Delkáder estaba en toda la redacción y de todo sabía, empezando por lo que le pasara a Cádiz, su tierra inolvidable.
Recuerdo la primera vez que lo vi mirar así, como si él estuviera en el meollo mismo de la noticia que acababa de ocurrir. Fue cuando había nacido en Londres la primera niña probeta. Augusto quería buscar de cualquier modo que esa noticia fuera más que un breve en el periódico al que él se debía.
Se empeñó entonces, buscando información que él mismo tenía en los cajones, en convertirla en lo más importante de lo que ocurrió en esos días. Nos puso a trabajar como si estuviéramos tratando de ganarle al Times de Londres y él anduviera deseando que aquella noticia fuera más que unas líneas. Para él, en ese momento, esa noticia mundial, era una manera de mejorar la vida y EL PAÍS la tenía que dar mejor que nadie.
Era emocionante ver a Delkáder, que prácticamente no firmaba nunca, sentir que cualquier latido de la vida, del mundo, de su tierra o de España le concernía como si lo abrasara. Su gesto de mando era mirar. Paseaba por las mesas donde trabajábamos con parsimonia, siempre mirando, disponible, pero también ceñudo, cuando aún no le llegaba el momento de vaciar lo que sabía para que el redactor supiera que ya él lo sabía también.
Era más que un redactor jefe o que un director adjunto, y mucho más que un periodista que viniera a ver qué ocurría. Él ya llegaba sabiendo algo que los otros no sabrían.
Su pasión fue también escuchar: escuchaba para saber, seguramente, pero daba la impresión de que lo que le escuchaba al redactor era parte de lo que ya sabía. Era, en aquellos primeros tiempos de EL PAÍS, un silencioso sabio que, cuando nos llevaba a la calle, a hablar con sus amigos del diario, callaba también como si estuviera hablando a solas y hacia dentro. “En caso de duda, haz periodismo”. Era su frase.
La primera vez que lo vi por la Redacción, paseando con Martín Prieto, él estaba todavía entre Cádiz y EL PAÍS. Hasta que le ganó la Redacción de EL PAÍS, el periódico de su vida, como fue el Diario de Cádiz, al que nunca le quitó ojo. Era más de Cádiz que ninguno, y Cádiz, su periodismo, su gente, les fueron fieles a su modo de querer la ciudad.
Fue después de una corrida de toros, a la medianoche, cuando se acercó a la mesa de Joaquín Vidal, el gran cronista. Al momento de pasar por aquella parte del diario donde hacíamos Cultura, y donde era excepcional el trabajo de Joaquín, Delkader exclamó: “Hoy hemos hecho un buen periódico”. Y siguió andando.
Source: El País · Juan Cruz
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