Los padres de Guillem Agulló, el joven valenciano que en 1993 fue asesinado por un grupo neonazi por su convicción antifascista, no se rinden. Han pasado 33 años, pero este miércoles siguen luchando por el nombre de su hijo. En un acto en el Ateneo de Madrid este miércoles, han pedido al actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y al ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, que sea reconocido como víctima de terrorismo. La familia Agulló ha dado a conocer una carta con más de 200 firmas en la que reclaman justicia y reparación, recordando, además, que “el poder judicial no estuvo a la altura”.

“A los familiares nos preocupa que la decisión sobre el reconocimiento quede en manos de quienes actuaron con falta de diligencia; no fueron capaces de ver el trasfondo ultraderechista que motivó el asesinato de nuestro hijo y además contribuyeron a la impunidad de los asesinos. El Estado tiene un perfil garante de derechos que el Gobierno debe cumplir. Y ya que el poder judicial no estuvo a la altura, rogamos al ejecutivo que asuma su responsabilidad, repare el daño y honre la memoria de quienes fueron injustamente tratados. La restitución a nuestro hijo Guillem, además, supone lanzar un mensaje claro y contundente de la democracia española frente a quienes pretenden destruirla”, se lee en la misiva que fue entregada en abril de este año y que ha sido respaldada por más de 200 personalidades del ámbito jurídico, político, mediático, como los diputados en el Congreso Gabriel Rufián y Àgueda Micó.

Guillem Agulló nunca ocultó su convicción nacionalista ni antifascista, ni siquiera el día de su asesinato. El 11 de abril de 1993, cuando se encontró con un grupo de ultraderechistas durante una acampada con amigos en la localidad castellonense de Montanejos, portaba un brazalete que le había bordado su madre con el lema “Nazis no”. El mensaje incendió la violencia. Su asesino, Pedro José Cuevas, empuñó una navaja y le atravesó el corazón. Después de cometer el crimen, los agresores se marcharon cantando el Cara al sol.

Cuando Guillem fue asesinado, tenía una prometedora carrera de nadador por delante. Había sido preseleccionado para los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Tras el impacto que le causó el asesinato de la dominicana Lucrecia Pérez, el primer crimen xenófobo de España, también se prometió combatir el odio y reiteró su compromiso político con el grupo antifascista Sharp y con el nacionalista Maulets. “Tenía todo para convertirse en un líder de izquierda”, afirma el sociólogo Rafael Xambó, quien ha investigado y escrito un libro sobre el crimen. “Era un buen amigo, una persona querida, tenía buen carácter. Representa todo lo que nos han robado”, explica ahora a EL PAÍS.

Las evidencias eran contundentes, pero el asesinato fue despolitizado por la Audiencia Provincial de Castellón. Los letrados lo enmarcaron en una pelea juvenil. El periódico valenciano Las Provincias, recuerda con amargura Xambó, “también emprendió una campaña muy tóxica. La primera noticia del caso la titularon: ‘Según investigaciones policiales, el homicidio de Montejos no es político’”. Las posturas se contraponen con el testimonio de un amigo de Guillem Agulló, quien años después confesó que el joven estaba amenazado por la extrema derecha y que había pensado en marcharse de Valencia. Incluso, un miembro del grupúsculo nazi Acción Radical (AR) en Burjassot avisó a los agresores de la presencia del antifascista en Montanejos.

En la agresión participaron, al menos, cinco hombres. Aunque el fiscal y la acusación pidieron hasta 28 años de prisión para cada uno de ellos, el único condenado fue Pedro José Cuevas. La sentencia contemplaba 14 años, pero salió de la cárcel después de cuatro años por buen comportamiento. En 2005, el homicida volvió a ser detenido en la Operación Panzer que desmanteló una presunta red neonazi, pero dos años después se presentó en las listas por Chiva (Valencia) de Alianza Nacional (AN). “La estructura de la justicia continuaba siendo franquista. Ese es uno de los graves problemas del sistema español, que nunca hubo una limpieza”, critica Xambó.

El nombre de Guillem ha sido inmortalizado en libros, películas y hasta en un premio que Les Corts Valencianes entregaban cada 25 de abril a personas y entidades que luchan contra los delitos de odio. En 2024, el premio fue eliminado gracias a la mayoría de PP y Vox y a propuesta del grupo ultra. En su momento, alegaron que el nombre del reconocimiento fue una “decisión unilateral” del expresidente del parlamento valenciano Enric Morera, de Compromís.

Después de 33 años, el joven asesinado sigue siendo un símbolo de la lucha antifascista, aunque los grupos de ultraderecha siguen gritando frases como “¿Dónde están? No se ven los amigos de Guillem". Si el Estado lo reconoce como víctima del terrorismo, dice Xambó, ese gesto “sería considerado un delito grave” y la familia encontrará un gesto de reparación 33 años después del asesinato que marcó a una generación.

Source: El País · Israel Aguilar Esquivel

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