La Tierra se mueve de tres maneras: sobre sí misma, con la rotación; alrededor del Sol, con la traslación; y oscilando como una peonza, en un lentísimo movimiento que tarda en completarse unos 26.000 años y que se conoce como precesión. Debido a su existencia, el cielo de hoy es distinto al que vieron otros hombres y mujeres a lo largo de la historia. Con el esoterismo europeo de la primera mitad del siglo XX se popularizó la idea de que las eras astrológicas marcaban el signo de los tiempos, según donde estuviera el Sol en el primer día de primavera: la Antigua Grecia y la República romana coincidieron con la era de Aries, el cristianismo con la de Piscis y pronto llegará la de Acuario, si no lo ha hecho ya. La New Age se subió al carro, y Raphael se desató cantando aquello de Aquarius. Los 2.000 años de duración de cada era son flexibles: Carl Jung, por ejemplo, situaba el inicio de Acuario entre 2000 y 2200. La astrología tradicional, que prefiere medir los cambios de época con las conjunciones de los señores del tiempo, Júpiter y Saturno, que se unen ópticamente en el cielo cada 20 años, dice que el momento importante fue el 21 de diciembre de 2020, cuando se produjo la primera “gran conjunción” en Acuario desde la Edad Media. Las redes pensaron que, esta vez sí, iba a comenzar el nuevo tiempo, pero muy alejado de la paz y el amor que profetizó la interpretación hippie. Simbólicamente, Acuario es la ciencia y la tecnología, el progreso, la inteligencia, la comunidad y la revolución, pero todo ello de una forma desapegada y etérea, incluso implacable, porque es un signo de aire. El wifi de casa, por ejemplo, sería muy Acuario.

Hayamos entrado o no en una nueva era, estos últimos seis años han sido profundamente acuarianos. En ellos han ocurrido avances deslumbrantes cuyos efectos perdurarán en el tiempo (una nueva vacuna consiguió vencer a una pandemia, la inteligencia artificial se empezó a desplegar afectando a todas las áreas del conocimiento), pero las redes y sus dueños cada vez ejercen más poder, y la economía se ha ido desligando de la realidad. Lo que más nos ata a la tierra, el trabajo, ha empezado a perder su sentido e incluso su lugar físico con el auge del teletrabajo. Las revueltas europeas avisan de que la correa de la clase trabajadora, obligada a pagar una renta esclava para conservar un techo, está muy tensa. Mientras, las tecnológicas aspiran a ser ligeras. La salida a Bolsa de Anthropic será una de las mayores de la historia, con apenas 5.300 empleados y una facturación de 6,6 millones de dólares por cada uno. Microsoft, cuarta empresa del globo, ha ofrecido una salida voluntaria a 60.000 personas, una cuarta parte de la plantilla, a pesar de una facturación disparada sobre el papel. El orgullo y la identidad que proporciona el trabajo bien hecho también están amenazados: las máquinas completan mejor que nosotros muchas tareas. Como ha dicho Terence Tao, el matemático más famoso, “estamos entrando, a regañadientes pero estamos entrando, en una nueva era en la que son posibles cosas nuevas y emocionantes. Pero algunas cosas se están perdiendo, y la pregunta es qué podemos conservar que tenga valor y de qué podemos desprendernos”.

La idea de una inminente era de Acuario es atractiva porque siempre creemos estar estrenando la época más importante de la Historia, con cambios tecnológicos y sociales radicales. Pero aunque solo sea una metáfora, esos cambios se sienten en la propia carne.

Source: El País · Delia Rodríguez

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