Con solo 28 años, Lucas Pavanato, hasta ahora un simple concejal de São Paulo, se erigió el pasado 4 de octubre en el segundo diputado con más apoyo de todo Brasil al superar los tres millones de votos. Unos días después, Pavanato, un popular youtuber ultra, era condenado a pagar 20.000 reales (casi 4.000 dólares) por daños morales a una mujer a la que encontró por la calle y ridiculizó en uno de sus vídeos con el propósito de alimentar la guerra contra el feminismo. Antes de las votaciones, ya había tenido problemas con la justicia —aunque acabaría ganando el recurso— por llamar a la diputada trans Erika Hilton “el travesti de Lula”. Nada que sorprenda en su trayectoria, jalonada de problemas judiciales por los contenidos que distribuye en redes.
Pavanato ha seguido los pasos del único que logró superarlo en votos en la carrera por un escaño en el Congreso de Brasilia. Nikolas Ferreira es solo un poco mayor que él (30 años) y estos días se ha distinguido como el gran agitador de la campaña presidencial de Flávio Bolsonaro. Su éxito en las redes impresiona: tiene 25 millones de seguidores en Instagram y ha alcanzado hasta 410 millones de visualizaciones, “más que Kim Kardashian”, como subrayan sus rivales con asombro, a la vez que acrecientan las sospechas de que las grandes plataformas tecnológicas juegan a favor de Bolsonaro.
Ferreira —al que aquí todo el mundo conoce simplemente por Nikolas— ya fue diputado con solo 26 años y sus actuaciones también le han colocado en multitud de líos judiciales. Una de las más sonadas ocurrió el 8 de marzo, Día de la Mujer, de 2023, cuando se presentó en la Cámara tocado con una peluca rubia para ridiculizar al tiempo a los trans y a las feministas diciendo que él mismo se declaraba mujer. Ha prodigado declaraciones contra el colectivo gay y llegó a afirmar que la homosexualidad “es un pecado que aleja a las personas de Dios”. También se niega a tratar de mujer a Erika Hilton, la tercera diputada más votada, aunque con la mitad de sufragios que el dúo de jóvenes estrellas ultras.
Ferreira y Pavanato encarnan las nuevas tendencias de la sociedad brasileña. Un reciente trabajo del instituto demoscópico Ipsos-Ipec, que pregunta periódicamente por las posiciones ciudadanas en materia de costumbres, sitúa el arraigo de los valores conservadores en las cifras más altas registradas desde 2018, cuando alcanzaron su cima, precisamente, el mismo año que Bolsonaro padre accedió al poder. Por franjas de edad, la que experimenta mayor crecimiento es la de los dos influencers-diputados: la que se sitúa entre 25 y 34 años.
La encuesta no ofrece dudas sobre la fortaleza de las opiniones conservadoras en la sociedad brasileña. En una escala de 0 (máximo progresismo) a 1 (máximo conservadurismo), la media alcanza 0,68. Se considera un conservadurismo alto a partir de 0,7 y ahí se sitúa el 55% de la población. Los mayores crecimientos se registran también entre las personas de rentas altas y en las capitales, no en sus periferias más pobres. Es más acusado entre los evangélicos que entre los católicos. Y mucho más entre los hombres que entre las mujeres.
Que el 82% de los votantes de Bolsonaro se identifiquen con el conservadurismo en las costumbres no extraña nada. Lo llamativo es que lo haga también el 49% de los electores del Partido de los Trabajadores (PT), cuatro puntos más que los que defienden postulados progresistas en cuestiones como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o el punitivismo penal.
Hay una obvia correlación entre la creencia en determinados valores y el voto, aunque Márcia Cavallari, directora general de Ipsos-Ipec, matiza: “No es el conservadurismo de la población lo que está llevando a esta ola de la derecha que hemos visto en las elecciones al Congreso y a los Estados, se trata de una tendencia que se ha asentado independientemente de quien gobierne”. Por eso el PT se ve obligado a realizar equilibrismos ante la división de su electorado. “Para Lula es más difícil posicionarse en esas cuestiones de costumbres porque su electorado no es homogéneamente progresista”, subraya Cavallari.
Esta campaña lo está mostrando de forma evidente. Lula no ha vuelto a decir, como en 2022, que el aborto es una cuestión de salud pública, porque lo rechazan tres de cada cuatro brasileños. El presidente también ha tenido que desdecirse de su postura histórica contra la reducción de la mayoría de edad penal y ahora se declara dispuesto a rebajarla a 16 años. Lo piden más del 70%, una opinión que Cavallari relaciona con los casos cada vez más habituales de adolescentes que roban celulares en la calle. En 2025, el Anuario de Seguridad Pública contabilizó 830.890 sustracciones de teléfonos móviles.
La primera preocupación de los brasileños es la seguridad y el apoyo a las políticas de mano dura —el gran reclamo electoral de Bolsonaro— resulta cada vez más abrumador. Hay un dato especialmente llamativo: por primera vez, más de la mitad de los brasileños (52%) respaldaría la pena de muerte. El 78% se declara favorable a la cadena perpetua para los crímenes más graves. Hay una excepción: aunque hayan subido, siguen siendo minoría los partidarios de liberalizar el porte de armas. En ese aspecto ha sido Bolsonaro el que ha tenido que olvidar las propuestas de su padre, quien propugnaba que cada brasileño tuviese un arma en casa. Incluso en los últimos días el candidato del PL ha acabado matizando una primera declaración en la que se manifestaba favorable a suprimir el registro que permite seguir el rastro de las municiones.
El peso de la religión en la sociedad, encabezado por la imparable influencia de los evangélicos, que ya suman el 30%, resulta palmaria. “Aquí un candidato no se podría permitir, como hizo en su día la presidenta chilena Michelle Bachelet, declararse ateo o agnóstico”, comenta Cláudio Couto, profesor de Ciencia Política de la Fundación Getúlio Vargas. Couto no niega la mayor, aunque establece una excepción: “La sociedad es conservadora en las costumbres, pero no en el orden económico. En ese aspecto aún defiende el papel de un Estado mayor”.
“Pero esto ya va más allá del conservadurismo, esto es otra cosa diferente del conservadurismo propiamente dicho, es ultraconservadurismo”, subraya el profesor, quien resalta el gran número de diputados con discursos duros contra el aborto o los derechos de las mujeres que lograron escaños en las elecciones al Congreso y a los Estados celebradas al mismo tiempo que la primera vuelta de las presidenciales. Esas elecciones lo que revelaron fue una sustitución de las derechas clásicas por el radicalismo del PL de la familia Bolsonaro. La izquierda no avanzó, pero tampoco perdió posiciones.
Couto apunta que ese centroderecha clásico empezó hace años a introducir tímidamente la cuestión de la defensa de los valores tradicionales. Hasta que, con el tiempo, ha acabado arrastrado por las posiciones ultras. “Es su momento, está claro”, certifica el politólogo. “Es el grupo emergente, el que se corresponde con las posiciones cada vez más prevalentes en la sociedad brasileña”.
Source: El País · Xosé Hermida
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