La máscara de moderación con la que Flávio Bolsonaro intentó confundir a los brasileños durante la campaña electoral se le ha caído en cuanto los resultados de las urnas, conocidos el domingo, frustraron su pretensión de alcanzar la presidencia del mayor país de América Latina. A la hora de la verdad, Bolsonaro hijo ha revelado la misma naturaleza que su padre, impedido de optar a la presidencia tras ser condenado por tramar un golpe de Estado cuando perdió las elecciones hace cuatro años.

Al igual que hizo en 2022 el padre, Jair, la primera reacción de su hijo mayor y candidato por designación suya fue no reconocer el limpio triunfo del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Al día siguiente, Flávio Bolsonaro pareció rectificar, aseguró que ejercería como líder de la oposición y, frente a los rumores de una supuesta marcha al extranjero, proclamó solemnemente que se quedaría en Brasil “como último obstáculo frente a la destrucción del país”. Engañó a todo el mundo, empezando por sus más estrechos colaboradores. Solo unas horas después, protagonizó una fuga de sainete a Estados Unidos a través de Argentina. Y una vez instalado allí junto a su familia, dirigió una delirante carta a los brasileños en la que, sin la menor base, volvía sobre la tesis del fraude electoral y se autodenominaba presidente electo, aunque luego lo rectificase en una versión posterior.

Flávio Bolsonaro se presenta como un perseguido político porque, tras conocerse su derrota, el juez del Supremo Tribunal Federal (STF) Alexandre de Moraes le ordenó la entrega del pasaporte por su presunta implicación en una trama de blanqueo de dinero cuya investigación está bajo secreto. Se puede cuestionar la precipitación de la medida de Moraes. Pero por muchas jeremiadas que pregone el excandidato, Brasil es, con todos sus defectos, una democracia que le proporciona herramientas legales suficientes para defenderse. Su huida supone un desprecio a los casi 60 millones de brasileños que le votaron y a los que había prometido representar.

La teoría conspirativa no la sostienen ya ni los principales dirigentes de la formación política de los Bolsonaro, el Partido Liberal (PL). Carece de sentido el argumento que esgrime el prófugo sobre la discutible decisión judicial, en medio de la jornada electoral, de prolongar dos horas más el horario de votaciones. En ese periodo extra no votaron más que 34.000 personas, cuando Lula ha ganado por casi 4,5 millones de votos de diferencia.

Aunque fuera de Brasil también hay quien sigue con la monserga del fraude. No es otro que Donald Trump, especialista en esas teorías conspiratorias cuando las cosas se le tuercen. En ese aspecto sus émulos más fieles han sido los bolsonaristas, que en 2022 copiaron en Brasilia el asalto al Capitolio que los trumpistas habían protagonizado dos años antes en Washington, en ambos casos para rebelarse ante una derrota electoral. La huida de Bolsonaro ha contado con la imprescindible complicidad de la Administración Trump. La otra pieza que completa el vodevil es Javier Milei, que tampoco ha reconocido el triunfo de Lula. El argentino acudió en campaña a Brasil para apoyar a Bolsonaro y arrojar un chaparrón de insultos a Lula. Ahora la cobertura de su Gobierno también ha sido esencial para facilitar la fuga del excandidato brasileño a sabiendas de que este estaba huyendo de la justicia de su país. Trump y Milei, Milei y Trump, dos transparentes ejemplos del respeto de estos líderes por los procedimientos legales, por la diplomacia en las relaciones internacionales y por la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas

Source: El País

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