A primera vista, la escena roza la ironía: tras un despliegue vertiginoso de texturas, volúmenes imposibles, combinaciones audaces y tendencias destinadas a redefinir el vestidor global, la música se apaga y el diseñador sale a saludar a su público entregado. ¿Y qué lleva puesto? Una camiseta gris o negra de corte impecable pero anodino, unos vaqueros rectos y unas zapatillas blancas. Ni rastro del maximalismo o la vanguardia que acaba de desfilar por la pasarela.

El fenómeno ha llamado la atención incluso de Highsnobiety, la plataforma multicanal de moda, consultoría cultural y estilo de vida fundada en Berlín en 2005, que tras los desfiles de primavera-verano de 2027 publicó un artículo titulado Why Did All These Designers Dress Alike? (¿Por qué todos estos diseñadores visten igual?). Su autor, Jake Silbert, reparó en que más de una docena de diseñadores habían comparecido para saludar al público con atuendos prácticamente intercambiables. Entre ellos figuraban Pierpaolo Piccioli, en Balenciaga; Jack McCollough y Lazaro Hernandez, en Loewe, y Julian Klausner, en Dries Van Noten. Pero hay más, desde Jonathan Anderson, diseñador de Dior, a Matthieu Blazy, de Chanel. Diferentes firmas, diferentes universos creativos y, sin embargo, una silueta bastante parecida: parte superior holgada, vaqueros y una actitud que parece decir que el trabajo importante ya está hecho y que cuanto más complejo es el espectáculo creativo, más neutra es la armadura personal.

El uniforme funciona como una especie de firma visual, pero también puede ofrecer cierta protección"

Ana Locking

La estampa tiene algo de uniforme corporativo, aunque aquí no hay corbatas reglamentarias ni códigos de vestimenta impuestos por Recursos Humanos. Tampoco parece que nadie haya convocado una reunión para decidir que el nuevo dress code de la creatividad consiste en vestirse como si uno fuera a comprar el pan. Lo interesante es que esta coincidencia se produce precisamente en un sector que ha convertido la diferenciación en un imperativo comercial. Cada temporada exige nuevas ideas, nuevos relatos y nuevas imágenes; sus protagonistas, sin embargo, parecen haber encontrado una fórmula personal de la que no necesitan escapar. ¿Por qué figuras que promueven el cambio constante deciden inmovilizar su propia imagen?

Para Arnaud Maillard y Álvaro Castejón, el dúo detrás de la firma Alvarno, esta elección responde, en primer lugar, a la propia naturaleza del oficio y a una postura frente a la historia de la moda. “Muchas veces es una cuestión práctica y de sentirse uno mismo siempre. Puede que también sea un manifiesto de pertenencia a esta generación actual rompiendo los estándares de clasicismo y buen gusto de los grandes nombres de la moda del siglo XX”, explican.

En una industria donde la inmediatez devora cualquier intento de estrategia estilística personal, la sobriedad simplifica el terreno de juego. “Cuanto menos elementos externos interfieran entre lo que propones y tu propia personalidad, siempre es mejor”, sostienen Maillard y Castejón. Además, señalan una diferencia fundamental según la relación del diseñador con su producto: “En ese aspecto, los diseñadores hombres que diseñan para mujer lo tienen más fácil porque no piensan en ellos mismos cuando imaginan una prenda. Las mujeres suelen profundizar más, ya que son ellas mismas las que se lo pondrían”.

En su caso particular, rechazan la idea del disfraz o la impostura: “Es una manera de ser coherente contigo mismo, simplemente un fiel reflejo de nosotros mismos en el día a día. Hay muchas ocasiones especiales para jugar con tu look de manera creativa, pero la comodidad y la neutralidad son lo que nos sale de manera natural”.

El vaquero ha dejado de ser únicamente una prenda democrática para convertirse en una especie de credencial de autenticidad. No hace falta parecer importante cuando se supone que ya lo eres"

La hipótesis resulta interesante porque sitúa el uniforme en una tradición de informalidad que también puede leerse como una forma de distanciamiento respecto a la elegancia tradicional. Frente a la figura del diseñador impecablemente vestido, consciente de cada detalle de su apariencia, emerge otra que parece reivindicar que la autoridad creativa no necesita acreditarse mediante un traje. El vaquero ha dejado de ser únicamente una prenda democrática para convertirse, en determinados círculos profesionales, en una especie de credencial de autenticidad. No hace falta parecer importante cuando se supone que ya lo eres.

La diseñadora Ana Locking propone una lectura que va más allá de la mera funcionalidad y conecta esta tendencia con la historia del arte contemporáneo. “A mí me resulta muy interesante esa aparente contradicción, porque creo que detrás de esa uniformidad hay bastante más pensamiento del que parece”, reflexiona. “Me vienen a la memoria artistas como Joseph Beuys, con su inseparable sombrero de fieltro y su chaleco que adquirieron dimensiones muy simbólicas, o Andy Warhol, con sus pelucas plateadas, sus gafas y aquella imagen tan deliberadamente construida. Ambos desarrollaron una identidad visual muy reconocible que acabó formando parte de su propio discurso artístico”.

Para la creadora y jurado de Drag Race España, el uniforme del diseñador desplaza el protagonismo directamente hacia la pasarela: “En el caso de los diseñadores sucede algo parecido, esa uniformidad desplaza el protagonismo hacia el trabajo aunque exenta de simbolismos artísticos. El diseñador parece decirnos que lo importante es aquello que crea y no necesariamente lo que lleva puesto. Aunque, paradójicamente, esa aparente renuncia al protagonismo puede acabar construyendo una imagen de autor mucho más poderosa de lo que inicialmente se había propuesto”.

En cuanto a la teoría de que este estilismo es una herramienta para ahorrar energía mental frente a la fatiga de decisiones del día a día, Locking matiza: “Seguramente hay una parte práctica. La industria de la moda trabaja a una velocidad enorme, con una presión constante por producir novedades, y puedo entender perfectamente que alguien que dedica su vida a tomar decisiones estéticas de tanta repercusión internacional quiera simplificar las que afectan a su propia vestimenta. Pero reducirlo a una cuestión de comodidad quizá sea limitar demasiado la interpretación”.

Sin embargo, para ella el uniforme también puede proporcionar una continuidad personal frente a una profesión que te obliga a cambiar constantemente. “Eso me parece especialmente interesante: mientras todo a tu alrededor se transforma, tú conservas ciertos elementos que te permiten reconocerte al margen de los cambios externos”. En su caso personal, sin embargo, el juego de vestirse sigue siendo innegociable: “Para mí, la ropa es una fuente de placer y experimentación personal, así que no sé si yo sería capaz de renunciar a ella para ahorrar energía mental. Probablemente terminaría echando de menos el juego”.

El diseñador parece decirnos que lo importante es aquello que crea y no lo que lleva puesto. Aunque, paradójicamente, esa aparente renuncia al protagonismo puede acabar construyendo una poderosa imagen de autor”

Ana Locking

La figura del diseñador como icono pop no es nueva, pero sí ha cambiado drásticamente de lenguaje. “Durante buena parte del siglo XX, algunos grandes diseñadores fueron personajes públicos. Pero con la expansión de los medios de comunicación y después de las redes sociales, el diseñador se ha convertido también en una figura que debe representar continuamente su propia marca”, avanza Locking. “Warhol comprendió extraordinariamente bien esa relación entre autor, imagen y celebridad. Su propia apariencia terminó funcionando casi como una prolongación de su obra. Y creo que algunos diseñadores contemporáneos han construido algo parecido: una imagen tan reconocible que puede identificarse inmediatamente con su universo creativo, como sucedía con Karl Lagerfeld, cuyo aspecto era casi tan reconocible como las casas de moda para las que trabajaba”.

Precisamente, Maillard y Castejón vivieron muy de cerca la construcción de ese personaje legendario con quien trabajaron mano a mano a comienzos de los 2000 en Chanel y Fendi, respectivamente: “En el caso de Karl, era otra época. Él podía pasar horas preparando el personaje o la marioneta, como él decía. Entre pelo, maquillaje, elegir el look que siempre parecía el mismo pero nunca era igual, invertía varias horas al día. Una vez su uniforme estaba completo, se consideraba listo para enfrentarse al mundo. Ahora todo es mucho más relajado en apariencia. Elegir un jersey de cashmere negro y unos vaqueros no debería llevar mucho tiempo”.

Para Locking, este uniforme actúa al mismo tiempo como firma comercial y escudo: “El uniforme funciona como una especie de firma visual, pero también puede ofrecer cierta protección. En una industria obsesionada con juzgar constantemente la apariencia, mantener una imagen estable te permite sustraerte, al menos parcialmente, a esa exigencia de novedad”.

Karl Lagerfeld podía pasar horas preparando el personaje o la marioneta, como él decía. Entre pelo, maquillaje, elegir el look que siempre parecía el mismo pero nunca era igual, invertía varias horas al día"

Arnaud Maillard y Álvaro Castejón

Esta aparente neutralidad no está exenta de una lectura crítica sobre el privilegio. “Hay una cuestión que me parece importante señalar, que es que esta libertad para uniformarse ha sido históricamente mucho más masculina”, advierte la diseñadora. “A un hombre creativo se le permite aparecer siempre con la misma camiseta y eso puede interpretarse como una señal de rigor intelectual, de alguien tan concentrado en su trabajo que no necesita preocuparse por su apariencia. A las mujeres, en cambio, se nos sigue juzgando de otra manera. Nuestra imagen continúa sometida a unas exigencias mucho mayores. Y me pregunto si esa supuesta neutralidad del uniforme masculino no es también una forma de privilegio”.

Quizá esa sea la diferencia entre quienes consideran el vestuario cotidiano una herramienta y quienes lo entienden como una parte irrenunciable de su lenguaje creativo. En cualquier caso, la paradoja permanece y en una industria que vive de convencer al mundo de que siempre hay algo nuevo que ponerse, sus gurús espirituales han encontrado su mayor signo de distinción en vestirse como si no tuvieran nada que demostrar.

Source: El País · Álvaro Fernández-Espina

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