La primera vez que se documentó de forma oficial que el siluro ―especie exótica invasora― nadaba por el pantano de Iznájar (Córdoba), el mayor de Andalucía, fue en 2011. Pero los pescadores ya habían detectado años antes, en 2003, la presencia de ejemplares pequeños de medio kilo. No se trata de un pez cualquiera: puede superar los dos metros y pesar 100 kilos, como algunos de los ejemplares que se pescan ahora allí. Y tiene un apetito voraz, ya que se estima que consumen diariamente entre un 2% y un 4% de su peso; en los ejemplares de mayor tamaño, equivale a entre dos y cuatro kilos.

Aunque nadie sabe realmente cuántos siluros habitan en Iznájar, el daño ambiental es evidente. Un estudio científico reciente ha analizado los datos de los concursos de pesca recreativa de carpas y barbos que se han celebrado allí entre 2008 y 2025 y ha concluido que la captura de ambas especies ha descendido un 76%. La media de lo que pesca cada participante —peces que se devuelven al agua vivos— ha bajado de 4,6 kilos a la hora a 1,1 kilos.

“En 2008, casi todos los pescadores apresaban algo. En 2025, dos de cada cinco volvieron a casa sin conseguir ni una sola pieza”, señala el autor de la investigación, Carlos Fernández, catedrático emérito de Zoología de la Universidad de Córdoba. El trabajo muestra, al mismo tiempo, que al impacto de predación y ecológico se une el social, “porque la pesquería de la zona atrae a personas a estos pueblos y es un valor añadido en una zona que ya sufre despoblación”, apunta Fernández.

La investigación, publicada en la revista Fisheries Management and Ecology, se basa en 175 concursos oficiales en los que participaron 1.877 personas. Siempre con las mismas reglas: una caña por persona, cuatro horas de pesca, pesaje por jueces y devolución de los peces vivos al agua. “Al comparar datos tomados de la misma forma, si un año se pesca menos que otro, la diferencia no se debe a que la actividad se realice durante más o menos tiempo, sino a lo que hay o no hay en el agua”, explica el investigador.

El desplome se concentró en los primeros años del estudio. En 2011 ya se había producido cerca de tres cuartas partes de la caída y, desde entonces, no se ha recuperado nunca. “Lo que encaja con las fechas (2003) en las que los pescadores locales vieron los primeros ejemplares”, comenta Fernández.

Del black bass, otra de las especies que se pescan en Iznájar, también exótica invasora, no hay concursos y, por lo tanto, tampoco datos de capturas. Pero José Manuel García, presidente de la Asociación Medioambiental de Pescadores del pantano de Iznájar (Amapila), asegura que también han notado una gran reducción de la especie.

“El black bass es más fácil de capturar para el siluro que una carpa porque, cuando la hembra desova, el macho se queda al cuidado del nido. Como es muy territorial, no huye ni teme al siluro, pero en cuanto este abre la boca, va dentro”, explica. La carpa, en cambio, desova en la orilla y se aleja después, por lo que tiene más fácil escapar.

Al barbo le penaliza que pone los huevos en los ríos tributarios del pantano entre marzo y mayo. Cuando llega ese momento, los siluros se adentran hasta donde pueden en esos cauces y forman un tapón al intentar atrapar a sus presas. “Es tremendo, se pueden meter 400 o 500 individuos y no puede pasar ningún barbo, ni para arriba ni para abajo”, describe García. El pescador recuerda que la pesca de esta especie está vedada de febrero a julio.

Pesca ilegal

Fue el biólogo alemán Roland Lorkowsky quien introdujo 32 alevines en 1974 procedentes del Danubio en el río Segre, en la cuenca del Ebro, para fomentar su pesca deportiva. Ahora, el siluro está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que impide su pesca deportiva, para evitar más sueltas. Y en caso de que se capture algún ejemplar de forma accidental, hay que sacrificarlo. No se puede devolver al agua. A pesar de ello, en Iznájar existe pesca ilegal para conseguir trofeos de siluro. Son personas que llegan de fuera expresamente a por él y que lo devuelven vivo al agua, señalan los pescadores. Esta práctica se mantiene “por la falta de control y alimenta la población de un depredador que está acabando con la pesca tradicional”, añade el investigador.

Los miembros de Amapila sí tienen permiso para capturarlo, pero como una labor de control de la especie. “No hay nadie que lo haga más que nosotros y lo intentamos dentro de nuestras posibilidades, porque la administración no hace nada”, aclara García. Este año han sacado unos 500 ejemplares.

Tampoco tienen contenedores cercanos para tirar los restos. “Los metemos en unas bolsas de plástico que nos ha dado el ayuntamiento de Rute, porque a ver quién se los lleva en el coche con las babas que sueltan y el olor”. De ahí los trasladan a contenedores de residuos normales, ya que no cuentan con otros.

“La colaboración de estos clubes de pesca es imprescindible para que funcione la contención del siluro”, señala el investigador. Aunque advierte que “erradicar el siluro en un embalse del tamaño de Iznájar no es realista”. Lo que sería posible es “frenar su avance y reducir la población”, pero para eso “hacen falta recursos”, concreta.

De momento, el invasor continúa su avance ayudado por personas que lo trasladan de un lugar a otro porque les gusta pescarlo. Una paradoja, “porque allí donde llega la pesca tradicional es la que sale perdiendo”, dice Fernández. De hecho, ya se está reproduciendo en el Bajo Guadalquivir, lo que supone una amenaza para los ecosistemas del Parque Nacional de Doñana.

Source: El País · Esther Sánchez

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